Entrevista capotiana a Luis Ingelmo

por Toni Montesinos

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Se me hace difícil contestar esta pregunta por la repentina aparición de ese «jamás», tajante, rotundo, fatídico. Jamás es mucho tiempo, más del que nadie podría soportar. Jamás suena a paraíso o a infierno, que son lo mismo. Y a mí me cuesta siquiera imaginar que me vaya a quedar para siempre en un mismo sitio: no lo he hecho nunca, ni pienso hacerlo. He vivido en urbes inmensas, en ciudades medianas, así como en pueblos. No quita que mañana por la mañana decida irme a vivir a Oslo, a Reikiavik, a Nuuk, o a la canadiense península del Labrador. Y quedarme por allí, qué sé yo, seis años, o diez, para después regresar aquí. O no. Sea donde fuere, tendría que ser una ciudad, eso queda fuera de toda duda. No soporto el provincialismo, que es expresión de la más arraigada de las dolencias humanas: la idiocia. Idiota, para los griegos de la Antigüedad, era el individuo personal, el privado, o sea, uno mismo. De ahí pasó al latín clásico significando «persona» para degenerar en el latín más tardío hacia «ignorante». A mí, la verdad, esta asociación entre persona privada e ignorancia me resulta muy sugerente: cuanto más se es uno mismo, más zopenco y más avestruz se es. Como que quien se emperra en su privacidad es que está, justamente, privado de algo: de lucidez, de apertura mental, de sutileza en sus observaciones. Así que dadme una ciudad, mejor cuanto más grande y más septentrional, que el resto ya vendrá por sí solo.

¿Prefiere los animales a la gente?

Esta es una curiosa distinción, la de animales vs. gente. He tenido el placer de tratar con algunos animales que mostraban cualidades más humanas que mucha gente. Es igualmente cierto, por otra parte, que me he topado con hombres más cafres que un bisonte en celo y con mujeres más ladinas que una arpía (ya sé que la arpía no es, propiamente, un animal que Lineo se sintiera a gusto clasificando, pero el símil se entiende, ¿no?). En cualquier caso, creo que, aunque no la deteste, no estoy particularmente cómodo rodeado de gente. Hay una especie de medidor interno en alguna parte de mi cerebro, o de mis tripas, que me indica y me avisa de si la dosis diaria de gente se ha sobrepasado. Llevo mejor, es verdad, la soledad que la compañía. Será porque soy poco rebañego y que le hago ascos visibles, sin disimularlos, al gregarismo. Me relaciono mejor, en este mismo sentido, con un gato que con un perro: no pongo en tela de juicio las cualidades de lealtad y empatía del cánido; sin embargo, la actitud mayestática e indiferente del felino me resulta más atractiva.

¿Es usted cruel?

No con los demás. Si en alguna ocasión mis acciones han sido crueles a los ojos de otra persona, tuvo que serlo sin que me apercibiera de ello: si he mostrado crueldad en mis gestos o actos, fue de manera involuntaria. La crueldad la reservo para mí mismo, pues siempre encuentro algún motivo para darme una colleja o para tiznarme el alma con improperios.

¿Tiene muchos amigos?

Tengo los justos. Podrían contarse con los dedos de las manos, e incluso con una sola mano.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

Las amistades vienen y se van como los días: sin avisar. Mientras duran, son siempre bienvenidos los gestos amables y las palabras de apoyo. Una vez que se van, no me invade la nostalgia por ellas.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

Sí, claro, igual que yo me decepciono a mí mismo y les decepciono a ellos. Así son las cosas, repletas de sinsabores. La decepción es una constante en la vida, se te aparece de modo fugaz cuando eres joven, pero conforme va pasando el tiempo se instala en tu interior paulatinamente para, más tarde, dar muestras de estar a sus anchas a la menor ocasión que se le conceda.

¿Es usted una persona sincera? 

La sinceridad está sobrevalorada y, a mi juicio, mal comprendida. En este teatrillo de ferias que es la vida, nadie es quien dice ser, ni nadie actúa impulsado por sus pensamientos o sus sentimientos. Todos mentimos a espuertas y todos ocultamos nuestras intenciones, por prudencia, por pereza o por malicia. Yo soy mil yoes, tantos como situaciones en las que me encuentro: en el trabajo surge un yo, distinto del que sale con padres y hermanos, diferente del que se muestra cuando estoy con mi propia familia, ni parecido al que trata con amistades o amigos. Soy, así pues, legión. ¿Cuál será la vara de medir que dictamine el principio de sinceridad válido para todos esos contextos? ¿Es que hay uno solo, acaso?

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

Esta es, a mi juicio, una pregunta tendenciosa, porque establece que el tiempo, nuestro tiempo, si es que es nuestro, se divide en ocupado (el del trabajo) y desocupado (el libre). Me niego a participar en la publicidad de esta dicotomía, pues ya se vale por sí sola para ser hegemónica. Yo querría que mi tiempo no fuera de nadie, ni siquiera mío, que no tuviera que entregárselo a nadie para poder subsistir a diario y para poder proveer a mi familia. Que no fuera el reloj quien dictase mi actitud o mi actividad, sino el simple y genuino gusto por llevar a cabo una escritura, una lectura, un paseo, una enseñanza.

¿Qué le da más miedo?

Entrevistas como esta. También las metáforas del vampiro y el zombi (vivir para siempre estando, en realidad, muerto).

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

El rebaño humano, el descuido del detalle, la mala fe. Las espiritualidad dirigida por líderes religiosos o políticos que emponzoñan el pensar y el sentir haciéndolo monolítico y ritual.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Tenemos una tendencia a idealizar los oficios o actividades de los demás: el piloto de avión a merced de los vientos que le traen y le llevan sin destino fijo, el marino mercante que transporta felicidad por mil puertos exóticos, con un amor en cada uno de ellos, el astronauta que roza con las yemas de los dedos el horizonte infinito, que casi le hace cosquillas en la nariz a su dios, el bombero infatigable y altruista como ángel guardián que apaga los fuegos infernales, el actor de cine rodeado de lujos y atenciones, el rockero vocinglero siempre de gira, durmiendo cada noche en un hotel distinto y al que siguen sus groupies en sustitución de su madre, su esposa o su novia, el poeta que carga con el peso de sentimientos indecibles y lucha para conformarlos con la palabra justa al arrullo de la brisa entre los lirios de un paisaje de postal. Nada de eso es verdad: son todos mentira. Todos pierden la pátina de glamour que los rodea en cuanto la actividad se vuelve rutinaria, igual que la pasión se va por el desagüe con el primer pedo del novio enamorado al despertar por la mañana.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

Me gustaría tener acceso a una piscina para poder nadar tanto como me lo pidiera el cuerpo, pero sin observadores ajenos ni compañías. O sea, no.

¿Sabe cocinar?

Sé poner ingredientes juntos en un recipiente y seguir una receta. Soy particularmente creativo con los bocadillos que me preparo, construyendo hipótesis de conjuntos disjuntos a partir de elementos que en un momento dado se me antojan apetitosos. Manipular los alimentos me proporciona un placer singular.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

Al último pájaro dodo. Lo formularía como una entrevista, en términos bastante similares a los de esta misma. Le preguntaría por su experiencia personal antes de la aparición del hombre en su isla. Querría saber qué sentía ante animales depredadores de sus nidos (cerdos, perros, gatos, ratas), si preferiría cambiarse por el cazador que le perseguía escopeta en mano, o si ese aspecto rollizo con el que se le retrató en el siglo XVII se debía a la falta de ejercicio o a que su apetito voraz le llevó, estando en cautividad, a engordar desproporcionadamente. Pero, más que nada, querría saber qué se le pasaba por la cabeza cuando tuvo la ocurrencia de perder musculatura en el pecho y de permitir que se le acortaran las alas, cómo prefirió la celda del suelo firme al ancho cielo. Trataría, por fin, de tirarle de la lengua y que confesara si fueron las carreras con Alicia lo que acabó matándolo, o si, hambriento –como siempre–, se comió el dedal que la niña le había dado para usarlo como trofeo en la competición y se ahogó.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Verdad (bien usada).

¿Y la más peligrosa?

Futuro (mal usada).

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

Solo a una persona, pero se trata de fantasías mentales. Aunque, en lugar de ser yo quien la matase, tendría el mismo efecto catártico y reparador si, pongamos por caso, la viera ahogándose en un río después de que su coche (imaginemos que se trata de una berlina azul marino, por mor del relato) se hubiera precipitado al vacío, que la pudiera observar impertérrito desde lo alto de un puente, que se la llevase la corriente y que jamás apareciera su cadáver.

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Desaprenderlo todo. Huir de mitos y de dioses.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Niño y niña, arbusto, pájaro y mudo pez en el mar, aunque no necesariamente en ese mismo orden.

¿Cuáles son sus vicios principales?

Creer en los vicios.

¿Y sus virtudes?

No creer en las virtudes.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

Vería que alguien me mira desde lo alto de un puente, sonriente y ufano, mientras mi berlina azul marino se hunde en las arcillosas aguas de un río. Tendría la mente en blanco, los pulmones encharcados y los ojos cegados. La muerte no llega en cinemascope, sino fría y callada.

Luis Ingelmo-LVPD2 Luis Ingelmo-LVPD1

(del blog de Toni Montesinos)

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