La parábola de un poeta. Una entrevista con Isaac Gómez Calderón

por Gabriel Petter

El nuevo libro del poeta español Isaac Gómez Calderón, La parábola del arcoíris, representa, en palabras del propio autor, la posibilidad para el lector de realizar una meditación sobre, en, con el lenguaje como símbolo. La obra está disponible para su venta a todo el mundo en Amazon.

Isaac Gómez Calderón no se ajusta a las definiciones convencionales de artista. Especialista en creación digital, con larga experiencia en el entorno corporativo, máster en comunicación audiovisual por la Universidad de Valencia, músico, poeta de vocación, el español lanza su segundo libro, La parábola del arcoíris (Los Papeles de Brighton, 2016), después de una larga pausa, tras haber publicado fragmentariamente Menarquia del ave adolescente, en 2004. Actualmente reside en Barcelona, después de seis años viviendo en Catar. Isaac y su esposa, Irene Büntemeyer, preparan la traducción al español, directa del alemán, de la obra del gran vate Stefan George (1868-1933). Culto, con amplias citas que van desde Goethe a Kandinsky, Isaac enseña más de lo que conversa –no es de extrañar que tenga experiencia como profesor invitado en el área de la educación superior. Y aunque esta entrevista realizada por correo electrónico siga un guión estándar, el flujo de la conversación es libre como el pensamiento de este multiartista aún poco conocido por el público brasileño. Beber de sus fuentes es enriquecerse un poco con la clarividencia de un hombre sensible que desea, con su poética, revelar la realidad más alta detrás del mundo que se nos presenta. Un mundo de belleza insospechada, lírica, tan necesaria en estos tiempos oscuros en que vivimos.

Isaac Gómez Calderón

GP: Cuando leí el libro por primera vez me despertó la curiosidad el título. Parece hacer referencia a una narrativa simbólica que se torna más intensa al conocer las voces de los personajes que habitan el interior del sus páginas. ¿Cómo definirías tu parábola?

IGC: Más que de personajes que habitan un libro, yo hablaría de un libro que sirve de habitáculo –templo, quisiera, a la manera en que en la Grecia antigua una forma específica contenía a un dios- a dos voces determinadas y a una tercera que no lo está. Estas dos primeras establecen un diálogo entre sí y son las del yo y la conciencia, las de lo divino y el poeta, las de lo eterno y un hombre en busca de la palabra de lo eterno. La tercera voz, elidida, implícita en todo el texto, pertenece a la persona a quien invoca el primer poema, “Lirio”. Es una presencia femenina que anuncia el alba de la obra y sin la que es imposible el nacimiento, el parto del verbo. Ella sopla donde quiere.

Asimismo, y dado que esta no es una obra de ficción sino que se quiere poética en su sentido tradicional, es decir, perteneciente a lo que se ha dado en llamar la filosofía perenne (philosophia perennis), a mí no me gusta hablar de personajes sino de personas.

Este es un ejercicio artístico que se lleva a cabo en una landa solitaria sobre la que gravita, como un enorme cielo, la fe en la Imaginación que, como indica Victoria Cirlot en su maravilloso prólogo, es “exacta y precisa”: esto es otro modo de decir que las voces del libro no son ficciones en un sentido novelístico o prosaico.

Efectivamente se trata de poesía simbólica –que no simbolista. El símbolo se diferencia, como también se apunta en el prólogo, de la alegoría, “siempre muerta”. La alegoría se relaciona iconográficamente con el símbolo pero carece de la vitalidad y capacidad fecundativa de este. El símbolo es, en palabras de Valentin Tomberg, una “operación mágica, mental, psíquica y moral que despierta nuevas nociones, ideas, sentimientos y aspiraciones, lo que significa que requiere una actividad más profunda que la del mero estudio o explicación intelectual”. Juan Eduardo Cirlot, en el prólogo a la primera edición de su Diccionario de símbolos, menciona “la intuición de que, detrás de la metáfora, hay algo más que una sustitución de la realidad”, es decir, hay una realidad más alta, y crear es tras este velo un método o disciplina de conocimiento, o quizá una disciplina del recuerdo de esta realidad simbólica, elevada, desde la que manan, como si de una fuente se tratase, las aguas que desembocan en nuestro mundo físico. La materia es símbolo coagulado, llovido, convertido en laguna. Goethe: “Todo lo perecedero es un sólo símbolo, lo insuficiente llega hasta aquí; lo inenarrable está aquí cumplido, lo eterno femenino nos atrae”.

Lo que hace a este libro diferente es que aquí el símbolo es la misma palabra, perecedera en cuanto posterior a Babel, eterna en cuanto Palabra. A través de la meditación en el lenguaje llegamos al Lenguaje. Es decir, este libro es ante todo la posibilidad para el lector de realizar una meditación sobre, en, con el lenguaje como símbolo.

GP: Este no es el primer libro que has escrito. ¿Cuándo y cómo empezó tu interés por la poesía? ¿Qué buscas en, con ella?

IGC: Efectivamente este es, en rigor, mi segundo libro. El primero, Menarquia del ave adolescente, lo concluí en 2004, hace ya trece años. Ocurre que fue publicándose de manera fragmentaria: en la antigua Ciberayllu, dirigida por Domingo Castilla, de la Universidad de Missouri. En el blog del poeta y traductor de Hilda Hilst, John Keene, con su traducción al inglés. En la antología Poesía para nadie, que publicó La Tapadera en Valencia en 2005. En la revista Lunas Rojas, donde habían publicado, entre otros, Juan Carlos Mestre o Enrique Falcón. En la revista Fósforo, dirigida por Gonzalo Esparza. Incluso uno de los poemas de aquel libro presentaba el catálogo de una exposición del escultor Gonzalo Serrano. Así que, como ves, el libro se publicó, pero de forma fragmentaria. No descarto publicar en el futuro Menarquia del ave adolescente completo, revisado y reescrito.

Te habrá llamado la atención el tiempo considerable que ha transcurrido entre aquel primer libro y este último, que escribí en seis meses de 2015. Más de una década de distancia separan a ambos poemarios. Este es un tema que aparece transfigurado en La parábola del arcoíris, el de esta década de silencio en la que no escribí ningún verso.

Más que el recuerdo de que en algún momento comenzara mi interés por la poesía, yo lo que recuerdo más bien es ser reclutado por ella -cuando yo no la conocía para nada. Tenía nueve años cuando escribí una serie de poemas sin saber muy bien lo que hacía ni cómo, pero que aún parecen interpelarme.

Y ya que me has hecho recordar, déjame agradecer a Amadeo Tàrrega, mi profesor de entonces, el no haber dejado inadvertidos aquellos versos infantiles y por haber mostrado, ya entonces, fe en mis cualidades como escritor.

En cuanto a si este libro ha satisfecho mis aspiraciones como poeta, por supuesto que no. Mi favorito ahora es el que he comenzado a escribir en Barcelona. Siempre es el que está en proceso. Sabes que La parábola fue escrito en Doha, Catar, donde viví los últimos seis años.

Podéis encontrar versos de Menarquia del ave adolescente y en forma de diseños y videopoemas en mi página de Instagram.

GP: A veces, leyendo el libro, me sobrecoge una gran soledad melancólica, como si los personajes que hablan a través del poeta estuviesen hablando para todos. ¿Es la poesía un ejercicio solitario? ¿Por qué esta Parábola del arcoíris parece contener una melancolía tan grande?

IGC: Has empleado dos palabras, soledad y melancolía, que están relacionadas pero no son lo mismo. En cuanto a la soledad, sí hay una ausencia de primer rango que precede a y es causa de este poemario: la ausencia de la palabra. En mi opinión no podemos experimentar soledad más intensa, ya que sólo somos merced a la palabra: “Kein ding sei wo das wort gebricht”: “ninguna cosa sea donde falte la palabra” (Stefan George).

Acerca de Stefan George, él es un poeta moderno capital y a mi mujer y a mí nos entristece mucho que no haya una versión satisfactoria en castellano de su obra, esto es y con todos mis respetos, escrita por un poeta español que conozca bien la lengua alemana aparte de la suya propia y no sea un mero traductor. Te digo esto, Gabriel, porque me gustaría contarte que mi mujer, Irene Büntemeyer, y yo, hemos comenzado la ingente tarea de traducción de George y pronto esperamos ver frutos.

Hay traducciones que cumplen una labor divulgativa, pero en el caso de George las versiones existentes en castellano le hacen, en nuestra opinión, un flaco favor. Deberíamos de aceptar sólo obras traducidas por poetas, como la excelente Hojas de hierba que hizo Eduardo Moga de la obra de Walt Whitman. Se nota (y mucho) que es un autor quien habla español a través de Whitman.

En cuanto a la melancolía, yo diría que hay algunos fragmentos que son como dices melancólicos, pero lo son de un modo dirimido, hay como una recapitulación de una melancolía que no tiene hoy presencia ni es reciente, sino que tiene que ver con la época de silencio que he mencionado antes.

No calificaría el libro de melancólico sino que precisamente versa sobre la luz que disuelve la melancolía, ese fluido negro que parece consumirse, como el petróleo, como el cadáver del tiempo, con la llama.

Y sí, la poesía es siempre un ejercicio solitario. Freud describe al artista como aquel que para relacionarse con los demás efectúa un magnífico rodeo. Su figura es en cierto modo análoga a la de quien marcha a la soledad del desierto en una búsqueda –en este caso, a la búsqueda de la palabra- y vuelve más tarde para compartir su fruto, hallazgo o verbo con sus semejantes. Al final todos escribimos para que nos quieran, como célebremente respondió Lorca a una pregunta acerca de su vocación poética. Claro está, los poetas queremos lo que quiere todo el mundo: amar, sobre todo; y si es posible, ser amados.

Lo que sucede es que la aventura de darle a quien amo lo mejor que conozco tiene o ha tenido para mí implícito el desierto, tiene implícita la soledad, no necesariamente melancólica. La hermosísima soledad del desierto.

GP: Una cosa que me llamó (mucho) la atención fue la adenda que se encuentra al final del libro. En ella te refieres a varias obras que versan sobre la eterna dualidad razón/emoción. ¿Es este un dilema para el poeta con vocación científica? Hablo de ti, claro (risas).

IGC: Acordé junto con mi editor -el director de Los Papeles de Brighton y también poeta Juan Luis Calbarro– completar el volumen no con una adenda que diseccionara los poemas vivos, sino como una serie de emblemas tomados de las innumerables imágenes raíces que hicieron posible el crecimiento orgánico de este poemario.

Mi idea era usar imágenes contemporáneas, como los diagramas vocálicos del Stimmung de Stockhausen, pero asuntos relativos a derechos de propiedad intelectual me obligaron a buscarlas en la antigüedad, en el medievo y en el periodo que va desde el comienzo de la edad moderna hasta el modernismo: la última imagen es la del Árbol de la vida de Gustav Klimt. Eran épocas en las que, de todos modos, ya había buscado, y que me son también contemporáneas en cuanto que, mediante la palabra, coexisten conmigo aquí y ahora.

En cuanto al dilema razón versus emoción al que te refieres, no creo que se trate tanto de esa oposición, sino de la dupla razón (no versus) y espíritu. No creo que en estos tiempos el objeto del arte deba ser, al contrario de lo que parece aún pensarse, el sentimiento o la emoción, y la pasión mucho menos. Al respecto recomiendo leer De lo espiritual en el arte, de V. Kandinsky.

La verdadera oposición de que se trata en la adenda es la de ciencia versus arte, intelectualismo versus esteticismo; en resumen, la pretendida y anticuada oposición entre dos modos de conocimiento supuestamente enfrentados: el disgregador y analítico del intelecto y el espiritual que corresponde a toda obra de arte auténtica. Que la oposición es sólo aparente es lo que intento, entre otras cosas, sugerir con la serie de emblemas que componen la adenda. Como he dicho, esta complementa, no explica, el texto poético. Así que ser un poeta con cierta formación científica no es tanto un dilema como una bendición. Una ciencia espiritual y un arte científico es lo que buscaron figuras enormes como Goethe.

GP: En tiempos en los que la “razón” parece ser una especie de mantra, la poesía parece un ejercicio hermético de subjetividad. Un amigo mío, también poeta, me dijo una frase que parece traducir un fuerte sentimiento de rechazo contra esta supremacía de la razón: “necesitamos reencantar el mundo.” ¿Qué piensas? ¿Nos hemos perdido un poco en los caminos de la razón?

IGC: Te agradezco que me formules esta pregunta y que lo hagas de este modo, porque prácticamente estás describiendo la misión del arte: la de encantar el mundo. Si se trata de reencantar, hemos de suponer que lo que estuvo encantado ya no lo está, asumimos una infancia y un paraíso perdidos y entramos de lleno en la teleología con la promesa, o aspiración, de reencantarlo: de vestirlo de nuevo con su viejo fuego o bien, como prefiero, con una gloria nueva.

Pero yo, y aquí difiero de tu compañero, no creo que la facultad racional sea problema alguno en esta tarea de (re)encantamiento. Al contrario. Y tampoco creo que vivamos en un mundo que se caracterice por estar ordenado de acuerdo con criterios racionales: no hay más que contemplar el irracionalismo y la brutalidad crecientes, casi animales, de nuestro tiempo. Creo que la crítica de tu compañero habría que dirigirla contra la tiranía de la tecnología, no de la razón. Y aún así mi posición sería la misma: si la razón te limita, ilumínala con el arte: si la tecnología te oprime y la simultaneidad devora el espacio de tu interioridad, ilumínala con el arte.

(Cinema e Artes, Fortaleza, 28 de abril de 2017. Entrevista original en portugués, aquí. En castellano, aquí. En inglés, aquí).

Entrevista capotiana a Máximo Hernández

por Toni Montesinos

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Mi hogar.

¿Prefiere los animales a la gente?

No

¿Es usted cruel?

Supongo que todos lo somos alguna vez, incluso sin darnos cuenta.

¿Tiene muchos amigos?

No. Supongo que solo los merecidos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

Las que yo no tengo, que son muchas. Pero no las encuentro fácilmente.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

Solo cuando se empeñan en no mostrar las cualidades de las que yo carezco.

¿Es usted una persona sincera?

Casi siempre. Aunque a veces, pocas, por no hacer daño prefiero el silencio.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

Leyendo, escribiendo, escuchando música (preferiblemente de entre 1955 y 1975), viendo una buena película (preferiblemente de antes de los 60).

¿Qué le da más miedo?

Socialmente, los fanatismos. Individualmente, la enfermedad invalidante.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

Ya soy muy mayor para que nada me escandalice, pero cabrearme, me cabrean la gran mayoría de políticos actuales.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Vivir: es decir leer, escuchar música, disfrutar del buen cine…

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

No. Bueno, pasear tranquilo con mi mujer, si es que eso entra en la categoría de ejercicio físico.

¿Sabe cocinar?

No.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

Edmundo Dantes.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Tantas y tan usadas que han llegado a no significar nada: libertad, igualdad (la de fraternidad ya ni la considero, esa se ha perdido totalmente).

¿Y la más peligrosa?

Las palabras solo son peligrosas según con quien se junten. Por ejemplo: yo y creo, cuando se juntan, suelen entrañar mucho peligro.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

Sí, pero me he contenido.

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Un amigo me decía hace poco que soy una especie de patriota humanista. Quiero encontrarme a gusto en esa definición.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Acabo de pasar a ese estado: jubilado.

¿Cuáles son sus vicios principales?

Los vicios solo son vicios si se confiesan.

¿Y sus virtudes?

Para esto siempre es mejor aplicarse aquello de “dime de qué presumes…”

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

Supongo que una botella de oxígeno. Después, cuando viera que no había solución, las de todo el mundo: mujer, hijas, padres, hermanos, en fin eso tan denostado últimamente pero a lo que todos nos aferramos, la familia.

maximo-hernandez Máximo Hernández, Entre el barro y la nieve

(Del blog de Toni Montesinos)

“Que a los políticos no les interese la historia de las ideas nos deja indefensos ante ideologías tan débiles como el nacionalismo o el populismo”

FERNANDO NAVARRO, DIPUTADO DE CIUDADANOS POR BALEARES, PUBLICA EL ENSAYO SOCIALISTAS UTÓPICOS EN LOS PAPELES DE BRIGHTON

De todos los pensadores que reseña, ¿cuál cree que ejerció mayor influencia en el pensamiento del siglo XX?

Sin duda alguna Saint-Simon, que es el más profundo de todos ellos y de paso el más simpático. No solo dejó tras de sí una religión de corta vida, sino que influyó decisivamente en pensadores como Augusto Comte y, mucho más de lo que el alemán reconocía, en Marx.

¿Qué ha querido mostrar de estos pensadores? ¿Cuál es su enfoque?

Con frecuencia lo más interesante no es lo que decían, sino lo que asumían inadvertidamente. Por ejemplo, la creencia en que el funcionamiento de la sociedad podía ser definido científicamente en el laboratorio de la razón y trasladado sin más a la realidad.

El autor del prólogo del libro elogia la ironía que inspira sus semblanzas. ¿Cuestión de estilo?

Las vidas y obras de Saint-Simon, Fourier, Owen, Cabet, Enfantin y Noyes tienen momentos extraordinariamente divertidos que con frecuencia se pasan por alto. Como si el historiador pensara: “esto es un tema serio, así que tengo que expurgarlo de sus aspectos más ridículos”. Esto es un error, no solo porque hace la historia más aburrida, sino porque en esos aspectos es donde mejor se pueden ver sus errores de planteamiento.

Un político que escribe sobre política –hoy y en España– resulta algo insólito. ¿Por qué cree que es así? ¿Los políticos no deberían escribir –y leer– más sobre política?

Que a los políticos no les interese la historia de las ideas políticas contribuye, por ejemplo, a que estemos indefensos ante ideologías intelectualmente tan débiles como los nacionalismos o los populismos. O que se pueda llegar a pensar que la democracia liberal es una especie de fenómeno natural, cuando en realidad es una frágil construcción de la civilización. Un oasis en el desierto que difícilmente sabremos preservar si no conocemos sus fundamentos.

¿Tiene otros proyectos literarios? ¿Para cuándo Socialistas científicos?

En mi blog Navarth escribo cuando puedo una serie, bastante desordenada, que se llama Apuntes de teoría política, y en ella dediqué tres entradas a Marx. Recomiendo su lectura.

UTOPÍA Y REALISMO

¿La utopía es necesaria?

Decía J. K. Bluntschli: “La política debe ser idealista; la política debe ser realista. Estas dos afirmaciones son ciertas cuando van juntas, y falsas por separado”. Cabet y Owen lo descubrieron a su pesar cuando intentaron poner en práctica sus utopías sin haber tenido en cuenta la realidad.

¿Su experiencia en política tiene algo que ver con la utopía? ¿Algo de la actual política tiene que ver con la utopía? ¿Es necesario que sea así?

Ahora veo que la experiencia en política es imprescindible al hablar de política, porque proporciona una visión de la compleja red de restricciones entre las que las ideas deben abrirse camino en la realidad. Los socialistas utópicos, por el contrario, pensaban que la realidad podía ser construida en el laboratorio de la razón.

Fernando NavarroFoto de Jordi Avellà para El Mundo

(Publicado en El Mundo-El Día de Baleares, 3 de octubre de 2016, p. 41).

Ángel Fernández Benéitez, poeta

«LA POESÍA TIENE QUE RECUPERAR LA NATURALIDAD DE LA EXPRESIÓN»

«Soy un autor periférico, autoterapéutico que escribo desde las emociones y que, en estos momentos, no tengo que demostrar nataliaada»

Natalia Sánchez

El poeta Ángel Fernández Benéitez acaba de publicar un nuevo poemario. Su título Memoria del ave encanecida, con prólogo del crítico y poeta Eduardo Moga.

-¿Cómo nace esta nueva obra?

-Este libro se escribió de una manera muy rara. Los libros de poesía se hacen por acumulación, en general. Sin embargo este surgió por una casualidad desventurada. Dejé el coche en el aparcamiento del instituto, me lié y cuando volví a por él estaba cerrado, por lo que me tocó ir a pie hasta mi casa. Cuando llegué a Los Tres Árboles, no había nadie pero empecé a oír cantar a un pájaro. De repente me di cuenta de que era el ruiseñor, a quien nunca había oído cantar. Me quedé con aquella especie de posesión. Este canto fue el detonante de este poemario que salió todo como a raudales. Luego tuve mucho tiempo para corregirlo y revisarlo. Por mucho que leía y releía volvía a las andadas, es decir, prácticamente no corregí nada. Hay anacolutos o neologismos… que no sé si nos aventureros o desventurados, pero que son.

-¿Es su poemario más osado?

-Yo soy clásico, y no lo puedo evitar [risas]. Tiene su parte clásica, su parte popular porque el verso corto lo hace cantarín, pero también cuenta con todo tipo de licencias empezando por el primer verso «A quien oscuro canta/ la noche lo desvela», lo que es un anacoluto porque tendríamos que decir a quien lo oscuro canta. Lo pensé mucho pero si lo cambiaba, variaba mucho.

-¿Por qué métricamente recurre al verso corto de nuevo?

-Lo hice en formato de alejandrino, pero era igual de machacón. Al ser el verso corto parece que te invita a dejar que suene. Esa sencillez me gustaba mucho. Yo siempre había utilizado el heptasílabo, lo mío son los imparisílabos [risas] y además me he ido reafirmado porque he ido descubriendo que da igual el verso que elijas, en realidad lo que importa son los pies griegos, que suene. El heptasílabo responde a esta estructura y me pareció cantarín, quizá un poco en exceso. Ese poemario es muy surrealista, como fue también Espirales. Además es mucho más folclórico porque tiene sus pespuntes etnográficos y está enraizado en el campo porque es un libro salvaje. Yo no soy original.

-¿Por qué?

-Yo creo que ahora es imposible soy original. Fui original en mi primer libro en Espirales que, sin duda, fue el más arriesgado que he escrito. Este nuevo quizá sea algo, pero es tan cantarín que mitiga el riesgo.

-Esa musicalidad que defiende no es muy frecuente en la actualidad.

-Sin duda… pero yo en estos momentos ya no tengo que demostrar nada. Lo que he escrito lo he hecho toda mi vida outside porque Espirales era excesivo; fue escrito en una situación excesiva, en plena mili en una situación extraña. Cuaderno de otoño está hecho con la tarea del albañil, día a día con mi libreta iba anotando. Luego La mar inmóvil nació como este último poemario aunque cuando se publicó más de medio libro se despachó porque era excesivo, pero quizá porque yo soy excesivo [risas]. En Blanda le sea y Epistolio hice muchas concesiones a muchas modas. Ángelica Tanarro en una ocasión me dijo que tanto a ella como a mí nos importante muy poco la voz del poeta, dado ambos pensamos que no existe. No obstante, hay algo en la poesía que te hace volver, es como una droga a veces insana y dañina y otras veces, resulta salutífera.

-Para usted ¿qué está siendo?

-En mi caso siempre ha sido una droga mala. Siempre ha surgido de estados convulsos, quizá hasta muy muy convulsos. Sin embargo Cuaderno de otoño es más reflexivo igual que Blanda le sea, pero creo que yo soy excesivo [risas].

-Como poeta ¿cómo se siente?

-Soy un poeta provinciano, periférico y no me puedo clasificar. No he estado en los círculos y tampoco me ha interesado. Mi carrera poética no ha sido muy amplia porque entre Espirales y el segundo volumen pasaron más de diez años. El camino va viniendo y he querido vivir. Ahora creo que soy poeta autoterapéutico, me quedé enganchado y el mono me lo quito con otra dosis aunque publicar sea secundario.

-No cree en la voz poética, cada uno de sus poemarios es distinto, pero en esta nueva aportación retoma los temas que ha tocado en otras de sus criaturas literarias.

-Alguien dijo en una ocasión que siempre escribimos el mismo poema. Siempre estamos dándole vueltas a lo mismo. Hay cuatro temas metidos en nuestra cabeza que solo emergen cuando quieres que no salgan [risas]. Lo que tú sientes, no lo puedes evitar. Yo no escribo desde la razón, no soy cartesiano. El pienso, luego existo, no va conmigo. Mi máxima sería siento, luego existo. Escribo desde las sensaciones, no puedo por menos.

-Un poeta bebe de otros. ¿Qué influencias reconoce en Memoria del ave encanecida?

-De los poetas místicos, de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, dado que el libro tiene ciertas venas de erotismo, de paisajismo y pasión, pero es un libro que habla de la nada y ellos hablan de Dios y en este libro nunca aparece un Dios. Además siempre está presente Claudio Rodríguez y Jesús Hilario Tundidor, aunque quizá en este libro estén menos que en otros. Claudio es la claridad y la luz y Memoria del ave… es la oscuridad. En Claudio Rodríguez hay muchas cosas y personas y en este no hay nadie. Hay primeras, segundas y terceras personas que nunca sabes a ciencia cierta quién es.

-Dice que es un poemario muy cantarín. ¿Le gustarían que le musicaran?

-A mí ya me ha musicado una persona cercana, mi cuñado José un poeta de un único libro extraordinario. Otro alumno de Lanzarote se encargó de poner música a un par de poemas de Perdulario. Quizá alguno de los grupos actuales me descubran y quieran hacerlo…

-Usted es muy activo en Facebook, ¿por qué?

-Hubo una época que escribía constantemente porque era terapéutico para mí y creo que también para otras personas. Me enseñó mucho. Ahora me da más reparo escribir en las redes, aunque debo de reconocer que ha supuesto una cosa muy agradable porque he conocido a muchos poetas y es un vehículo para mostrar la poesía a quienes no le gusta. Creo que la poesía nació popular y es, en el fondo, popular. Es bueno que a través de las redes sociales se democratice el acceso a la poética y que se acerque a ella la gente con mayor naturalidad. Además, los poetas tienen que recuperar la naturalidad de la expresión.

-Hay voces nuevas que están emergiendo en Zamora. ¿Qué opina?

-Hay nuevos autores a tener en cuenta, como el poeta Manuel Enrique Ferrero Rodríguez, un autor que es muy interesante, y tengo la suerte de que algunos alumnos con los que mantengo contacto por Facebook tienen versos muy interesantes que deseo que vean la luz.

-¿Presentará su última criatura literaria?

-Sí, a principios de octubre de la mano Manuel Enrique Ferrero Rodríguez como presentador, me hizo el prólogo de Oscuras epopeyas, todavía por publicar, y en ciudades limítrofes de la mano de la editorial, Los papeles de Brighton. Memoria no pensaba que viera la luz. Se lo mandé al editor, quien se ha encargado de todo. Desde que dejé de presentarme a premios siempre he editado de manera muy casual y sin pretenderlo.

-Y ¿verá la luz Oscuras epopeyas?

-No lo sé. Es un libro integrado por pequeños relatos de personajes antiheróicos, involucré a muchas más gentes que me hicieron dibujos. Es un libro que ha surgido a lo largo de 20 años y mantener el tono y el espíritu durante este tiempo es complicado, pero tiene un tono muy claro existencialista.

(Publicado en La Opinón de Zamora, 22 de agosto de 2016, p. 6)

Ángel Fernández Benéitez, agosto 2016

Entrevista a Teresa Domingo Català en Tarragona Ràdio

Teresa Domingo Català habla de Destrucciones y de Los Papeles de Brighton en Tarragona Ràdio. Audio completo de la entrevista (en catalán).

(Emitido en Tarragona Ràdio el 15 de julio de 2014 a las 10:30)

Entrevista capotiana a Luis Ingelmo

por Toni Montesinos

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Se me hace difícil contestar esta pregunta por la repentina aparición de ese «jamás», tajante, rotundo, fatídico. Jamás es mucho tiempo, más del que nadie podría soportar. Jamás suena a paraíso o a infierno, que son lo mismo. Y a mí me cuesta siquiera imaginar que me vaya a quedar para siempre en un mismo sitio: no lo he hecho nunca, ni pienso hacerlo. He vivido en urbes inmensas, en ciudades medianas, así como en pueblos. No quita que mañana por la mañana decida irme a vivir a Oslo, a Reikiavik, a Nuuk, o a la canadiense península del Labrador. Y quedarme por allí, qué sé yo, seis años, o diez, para después regresar aquí. O no. Sea donde fuere, tendría que ser una ciudad, eso queda fuera de toda duda. No soporto el provincialismo, que es expresión de la más arraigada de las dolencias humanas: la idiocia. Idiota, para los griegos de la Antigüedad, era el individuo personal, el privado, o sea, uno mismo. De ahí pasó al latín clásico significando «persona» para degenerar en el latín más tardío hacia «ignorante». A mí, la verdad, esta asociación entre persona privada e ignorancia me resulta muy sugerente: cuanto más se es uno mismo, más zopenco y más avestruz se es. Como que quien se emperra en su privacidad es que está, justamente, privado de algo: de lucidez, de apertura mental, de sutileza en sus observaciones. Así que dadme una ciudad, mejor cuanto más grande y más septentrional, que el resto ya vendrá por sí solo.

¿Prefiere los animales a la gente?

Esta es una curiosa distinción, la de animales vs. gente. He tenido el placer de tratar con algunos animales que mostraban cualidades más humanas que mucha gente. Es igualmente cierto, por otra parte, que me he topado con hombres más cafres que un bisonte en celo y con mujeres más ladinas que una arpía (ya sé que la arpía no es, propiamente, un animal que Lineo se sintiera a gusto clasificando, pero el símil se entiende, ¿no?). En cualquier caso, creo que, aunque no la deteste, no estoy particularmente cómodo rodeado de gente. Hay una especie de medidor interno en alguna parte de mi cerebro, o de mis tripas, que me indica y me avisa de si la dosis diaria de gente se ha sobrepasado. Llevo mejor, es verdad, la soledad que la compañía. Será porque soy poco rebañego y que le hago ascos visibles, sin disimularlos, al gregarismo. Me relaciono mejor, en este mismo sentido, con un gato que con un perro: no pongo en tela de juicio las cualidades de lealtad y empatía del cánido; sin embargo, la actitud mayestática e indiferente del felino me resulta más atractiva.

¿Es usted cruel?

No con los demás. Si en alguna ocasión mis acciones han sido crueles a los ojos de otra persona, tuvo que serlo sin que me apercibiera de ello: si he mostrado crueldad en mis gestos o actos, fue de manera involuntaria. La crueldad la reservo para mí mismo, pues siempre encuentro algún motivo para darme una colleja o para tiznarme el alma con improperios.

¿Tiene muchos amigos?

Tengo los justos. Podrían contarse con los dedos de las manos, e incluso con una sola mano.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

Las amistades vienen y se van como los días: sin avisar. Mientras duran, son siempre bienvenidos los gestos amables y las palabras de apoyo. Una vez que se van, no me invade la nostalgia por ellas.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

Sí, claro, igual que yo me decepciono a mí mismo y les decepciono a ellos. Así son las cosas, repletas de sinsabores. La decepción es una constante en la vida, se te aparece de modo fugaz cuando eres joven, pero conforme va pasando el tiempo se instala en tu interior paulatinamente para, más tarde, dar muestras de estar a sus anchas a la menor ocasión que se le conceda.

¿Es usted una persona sincera? 

La sinceridad está sobrevalorada y, a mi juicio, mal comprendida. En este teatrillo de ferias que es la vida, nadie es quien dice ser, ni nadie actúa impulsado por sus pensamientos o sus sentimientos. Todos mentimos a espuertas y todos ocultamos nuestras intenciones, por prudencia, por pereza o por malicia. Yo soy mil yoes, tantos como situaciones en las que me encuentro: en el trabajo surge un yo, distinto del que sale con padres y hermanos, diferente del que se muestra cuando estoy con mi propia familia, ni parecido al que trata con amistades o amigos. Soy, así pues, legión. ¿Cuál será la vara de medir que dictamine el principio de sinceridad válido para todos esos contextos? ¿Es que hay uno solo, acaso?

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

Esta es, a mi juicio, una pregunta tendenciosa, porque establece que el tiempo, nuestro tiempo, si es que es nuestro, se divide en ocupado (el del trabajo) y desocupado (el libre). Me niego a participar en la publicidad de esta dicotomía, pues ya se vale por sí sola para ser hegemónica. Yo querría que mi tiempo no fuera de nadie, ni siquiera mío, que no tuviera que entregárselo a nadie para poder subsistir a diario y para poder proveer a mi familia. Que no fuera el reloj quien dictase mi actitud o mi actividad, sino el simple y genuino gusto por llevar a cabo una escritura, una lectura, un paseo, una enseñanza.

¿Qué le da más miedo?

Entrevistas como esta. También las metáforas del vampiro y el zombi (vivir para siempre estando, en realidad, muerto).

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

El rebaño humano, el descuido del detalle, la mala fe. Las espiritualidad dirigida por líderes religiosos o políticos que emponzoñan el pensar y el sentir haciéndolo monolítico y ritual.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Tenemos una tendencia a idealizar los oficios o actividades de los demás: el piloto de avión a merced de los vientos que le traen y le llevan sin destino fijo, el marino mercante que transporta felicidad por mil puertos exóticos, con un amor en cada uno de ellos, el astronauta que roza con las yemas de los dedos el horizonte infinito, que casi le hace cosquillas en la nariz a su dios, el bombero infatigable y altruista como ángel guardián que apaga los fuegos infernales, el actor de cine rodeado de lujos y atenciones, el rockero vocinglero siempre de gira, durmiendo cada noche en un hotel distinto y al que siguen sus groupies en sustitución de su madre, su esposa o su novia, el poeta que carga con el peso de sentimientos indecibles y lucha para conformarlos con la palabra justa al arrullo de la brisa entre los lirios de un paisaje de postal. Nada de eso es verdad: son todos mentira. Todos pierden la pátina de glamour que los rodea en cuanto la actividad se vuelve rutinaria, igual que la pasión se va por el desagüe con el primer pedo del novio enamorado al despertar por la mañana.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

Me gustaría tener acceso a una piscina para poder nadar tanto como me lo pidiera el cuerpo, pero sin observadores ajenos ni compañías. O sea, no.

¿Sabe cocinar?

Sé poner ingredientes juntos en un recipiente y seguir una receta. Soy particularmente creativo con los bocadillos que me preparo, construyendo hipótesis de conjuntos disjuntos a partir de elementos que en un momento dado se me antojan apetitosos. Manipular los alimentos me proporciona un placer singular.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

Al último pájaro dodo. Lo formularía como una entrevista, en términos bastante similares a los de esta misma. Le preguntaría por su experiencia personal antes de la aparición del hombre en su isla. Querría saber qué sentía ante animales depredadores de sus nidos (cerdos, perros, gatos, ratas), si preferiría cambiarse por el cazador que le perseguía escopeta en mano, o si ese aspecto rollizo con el que se le retrató en el siglo XVII se debía a la falta de ejercicio o a que su apetito voraz le llevó, estando en cautividad, a engordar desproporcionadamente. Pero, más que nada, querría saber qué se le pasaba por la cabeza cuando tuvo la ocurrencia de perder musculatura en el pecho y de permitir que se le acortaran las alas, cómo prefirió la celda del suelo firme al ancho cielo. Trataría, por fin, de tirarle de la lengua y que confesara si fueron las carreras con Alicia lo que acabó matándolo, o si, hambriento –como siempre–, se comió el dedal que la niña le había dado para usarlo como trofeo en la competición y se ahogó.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Verdad (bien usada).

¿Y la más peligrosa?

Futuro (mal usada).

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

Solo a una persona, pero se trata de fantasías mentales. Aunque, en lugar de ser yo quien la matase, tendría el mismo efecto catártico y reparador si, pongamos por caso, la viera ahogándose en un río después de que su coche (imaginemos que se trata de una berlina azul marino, por mor del relato) se hubiera precipitado al vacío, que la pudiera observar impertérrito desde lo alto de un puente, que se la llevase la corriente y que jamás apareciera su cadáver.

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Desaprenderlo todo. Huir de mitos y de dioses.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Niño y niña, arbusto, pájaro y mudo pez en el mar, aunque no necesariamente en ese mismo orden.

¿Cuáles son sus vicios principales?

Creer en los vicios.

¿Y sus virtudes?

No creer en las virtudes.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

Vería que alguien me mira desde lo alto de un puente, sonriente y ufano, mientras mi berlina azul marino se hunde en las arcillosas aguas de un río. Tendría la mente en blanco, los pulmones encharcados y los ojos cegados. La muerte no llega en cinemascope, sino fría y callada.

Luis Ingelmo-LVPD2 Luis Ingelmo-LVPD1

(del blog de Toni Montesinos)

Entrevista capotiana a Carlos Juliá Braun

Por Toni Montesinos

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Castelórizo. Es esa isla diminuta del Dodecaneso que se encuentra frente a la costa turca; la isla griega más oriental. En ella se encuentra la Cueva Azul, seguramente la caverna más hermosa del mundo.

¿Prefiere los animales a la gente?

No puedes tener animales en un barco. No sé si es una respuesta.

¿Es usted cruel?

Se lo está preguntando a un poeta satírico… Solo cuando me provocan lo suficiente, que es con demasiada frecuencia (el Señor me perdone).

¿Tiene muchos amigos?

Prefiero tener amigas; pero, entiéndame, solo a efectos de mi vocación pastoral.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

Que inviten a metaxá con prodigalidad o, en su defecto, se dejen invitar.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

La capacidad de decepcionar del hombre es infinita y consustancial a su naturaleza; si no fuera por eso, ¿de qué escribiríamos los poetas satíricos? ¿A quién convertiríamos los cristianos?

¿Es usted una persona sincera? 

En esa precisa cuestión fundamental se basa enteramente mi trayectoria como pastor de almas.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

Navegando y orando.

¿Qué le da más miedo?

Perder la razón. Pero, como el Señor está de mi parte, suelo tenerla casi siempre.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

Hace mucho que no veo la televisión.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

En realidad no soy escritor: soy un marino con cierta predisposición a la prédica piadosa y a la sátira como ejercicio verbal, lo cual me convierte en escritor como efecto colateral, y en protodiácono greco-melquita en un complejo nudista solo gracias a la enorme generosidad de mi amigo el M. I. y Rvdmo. archimandrita padre Arkadios González y a un diploma que le había comprado online a la Universal Life Church (Modesto, California). Además, como hay que ganar dinero para mantener los aparejos del barco, también soy calafate, como mi padre; y, para malgastarlo, en los ratos libres abro una galería de arte. Pero, en definitiva, creo que nada de lo que hago me determina tanto como mi actividad de piloto de barco ni querría ser otra cosa.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

La navegación es algo ciertamente físico, aunque no dude que tiene una vertiente espiritual. En cuanto a la prédica del Evangelio, el archimandrita Arkadios podrá atestiguar que a veces me ha costado espesos sudores.

¿Sabe cocinar?

Soy perfectamente capaz de abrir latas de conservas sin sufrir un solo rasguño; y preparar cócteles es parte de mi programa pastoral de los últimos veranos, en que colaboro con el archimandrita Arkadios en su comunidad en Creta.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

A Cecilia Giménez.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Promesa.

¿Y la más peligrosa?

Compromiso.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

En algún período sórdido de mi vida, haber tenido a mano un objeto contundente habría sido fatal. Afortunadamente, el Señor los alejó de mi alcance.

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Tengo tendencia a no votar a los que, habiendo gobernado, han demostrado ya que no nos representan. Por hablar del ejemplo español, me refiero a partidos integrados indisolublemente en redes de corrupción; a políticos enrocados en sus privilegios de casta: PP, PSOE, IU o los nacionalistas. Mire que aquí me he puesto serio.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Miembro del equipo de George Clooney en Ocean’s Eleven.

¿Cuáles son sus vicios principales?

La pereza.

¿Y sus virtudes?

Un magnífico bronceado.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

Desgraciadamente, no necesito imaginármelo: en cierta ocasión, hará unos veinticinco años, singlando por el estrecho de Mesina, estuve a punto de ser engullido por el espíritu de Caribdis. Fue el primer barco que perdí, pero durante unos minutos pensé que no iba a ser eso lo peor que perdiera. Usted va a pensar que bromeo cuando se lo cuente, pero nada de lo que he dicho en esta entrevista ha sido más en serio… En esos instantes dramáticos se me vino a las mientes aquella secuencia de Atrapa a un ladrón en la que Cary Grant besa a Grace Kelly mientras esta lo tienta con su gargantilla de falsos diamantes e iluminan el cielo los fuegos artificiales. Aquellos fotogramas de un 1955 que se nos antoja castísimo, casi antediluviano, convirtieron a muchos de los que vimos aquella película de Hitchcock –incluso a los que ya la vimos en épocas mucho más liberales– en sátiros admiradores de una mujer sobrenatural a la que no había en el mundo corona de princesa que hiciese justicia. Quizá no se lo crea, pero ese cuello, esa piel blanca, ese rostro de ángel y ese beso fueron lo que pasó ante mis ojos cuando estuve a punto de morir ahogado. Que Dios, en su infinita misericordia, perdone mis pecados.

Carlos Juliá Braun, Siete sonetos piadosos

(Del blog de Toni Montesinos)