Juan González Soto sobre ‘Entre el barro y la nieve’, de Máximo Hernández

LA VOZ REUNIDA DE MÁXIMO HERNÁNDEZ

por Juan González Soto

Juan González SotoFelizmente, se publica, en una edición magnífica, la poesía reunida de Máximo Hernández (Larache, 1953): Entre el barro y la nieve (2016). Acaso el lector, sin él mismo saberlo, reclamaba esta reunión poética. No es frecuente en estos tiempos encontrar versos con una voz tan lúcida en la introspección, tan cautelosa en la búsqueda del poema, a la vez luminoso y sombrío, una voz discreta y atenta hacia lo íntimo y esencial, vigilante y reservada frente a lo llamativo, profunda en la indagación poética, una voz tan sabia como cuidadosa en la modulación rítmica, en sus sugerencias, sus ecos, sus significados.

La edición, realizada por Juan Luis Calbarro (Palma de Mallorca: Los Papeles de Brighton, 2016), contiene los poemarios y las plaquettes que Máximo Hernández ha ido publicando desde el lejano 1995. Contiene también, recogidos en el apartado final, “Exentos”, cuantos poemas no fueron escritos para formar parte de un conjunto mayor o de un libro. En cualquier caso, se muestran en esta poesía reunida, lo que puede considerarse la obra completa, por ahora, recopilada y reordenada por el propio poeta.

Además, la totalidad de la obra reunida va precedida por muy valiosos documentos: un cuidadoso estudio, haciendo las veces de presentación, firmado por Juan Luis Calbarro, un largo poema en endecasílabos blancos de Ángel Fernández Benéitez (“Tú cantas el dolor, Máximo amigo,/ en la distancia justa”), un extenso estudio firmado por Eduardo Moga, otro más que suscribe María Ángeles Pérez López, dos breves pero útiles comentarios de Juan Manuel Rodríguez Tobal y de Tomás Sánchez Santiago. Siguen a todo lo que ya va dicho una detallada información bibliográfica y unas palabras previas del propio poeta. En definitiva, el lector atento no puede sino agradecer cuanto tiene ante sí, cuanto queda reunido en el voluminoso Entre el barro y la nieve, de manera tan completa y tan rigurosa, tan adecuado desarrollo filológico.

Fue La eficiencia del cielo (2000) el primer poemario que yo conocí de Máximo Hernández. Me sorprendieron la precisión métrica, la intensa brevedad, la concisión descriptiva, la exactitud lírica. El lector discurría, poema a poema, a través de aquella eficacia subrayada en el mero título. Las mínimas cosas de la casa, personajes de cómic, las estaciones del año, objetos y juegos de la infancia, sensaciones humildemente allegadas, las pequeñeces diarias, todo, o casi todo, se congregaba en pequeños poemas que iluminaban cuanto nombraban.

Después conocí el que había sido el poemario inmediatamente anterior, Matriz de la ceniza (1999). Me sobrecogió su perfecta geometría. Aún más me estremeció el comprobar que estaba enteramente dedicado a la muerte, a la muerte como colofón perfecto, como fulguración magnífica. El título ya era, en sí mismo, la precisa culminación de cuanto el poeta diría luego, verso a verso, y con tanta sabiduría: las palabras “matriz” y “ceniza” se aunaban en un equilibrio muy preciso.

Leo ahora el poema “¡Lázaro, sal fuera!”. Me conmueven el puntual avance de los endecasílabos y los alejandrinos, el mesurado, y a la vez contundente, monólogo del resucitado, su ligero, meditado, resentimiento, sus palabras de hombre en paz en su sepulcro y ahora, y de repente, incomodado a voces en el título: “Ahora que ya conozco la levedad del aire/ a qué otra vez la densidad del cuerpo”. Vuelvo a leer el poema que cierra Matriz de la ceniza, “Último gesto de Cesare Pavese”. Percibo cómo el poeta, sabiamente, logra alejarse de la noción de muerte como equivalencia de dolor y negación: “Basta ya de palabras vacías como hombres”. Percibo cómo el poeta, hábilmente, y mediante la palabra poética, logra superar la muerte como fatalidad irreductible: “No quiero una palabra transformada en sudario/ con que enterrar al muerto que llevamos encima”.

El lector atento sabrá recibir a este poeta cuya obra nos convoca ahora a todos. Bienvenida esta reunión Entre el barro y la nieve, esta gran poesía reunida de Máximo Hernández. La lectura de su obra completa suscita el enigma de cómo un poeta que habla de los lugares concretos en que habitan los seres y las cosas, del universo inmanente, provoca, sin embargo, tan profunda sed de trascendencia.

(Publicado en La Opinión de Zamora, 4 de marzo de 2017).

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Entrevista capotiana a Máximo Hernández

por Toni Montesinos

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Mi hogar.

¿Prefiere los animales a la gente?

No

¿Es usted cruel?

Supongo que todos lo somos alguna vez, incluso sin darnos cuenta.

¿Tiene muchos amigos?

No. Supongo que solo los merecidos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

Las que yo no tengo, que son muchas. Pero no las encuentro fácilmente.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

Solo cuando se empeñan en no mostrar las cualidades de las que yo carezco.

¿Es usted una persona sincera?

Casi siempre. Aunque a veces, pocas, por no hacer daño prefiero el silencio.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

Leyendo, escribiendo, escuchando música (preferiblemente de entre 1955 y 1975), viendo una buena película (preferiblemente de antes de los 60).

¿Qué le da más miedo?

Socialmente, los fanatismos. Individualmente, la enfermedad invalidante.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

Ya soy muy mayor para que nada me escandalice, pero cabrearme, me cabrean la gran mayoría de políticos actuales.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Vivir: es decir leer, escuchar música, disfrutar del buen cine…

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

No. Bueno, pasear tranquilo con mi mujer, si es que eso entra en la categoría de ejercicio físico.

¿Sabe cocinar?

No.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

Edmundo Dantes.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Tantas y tan usadas que han llegado a no significar nada: libertad, igualdad (la de fraternidad ya ni la considero, esa se ha perdido totalmente).

¿Y la más peligrosa?

Las palabras solo son peligrosas según con quien se junten. Por ejemplo: yo y creo, cuando se juntan, suelen entrañar mucho peligro.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

Sí, pero me he contenido.

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Un amigo me decía hace poco que soy una especie de patriota humanista. Quiero encontrarme a gusto en esa definición.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Acabo de pasar a ese estado: jubilado.

¿Cuáles son sus vicios principales?

Los vicios solo son vicios si se confiesan.

¿Y sus virtudes?

Para esto siempre es mejor aplicarse aquello de “dime de qué presumes…”

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

Supongo que una botella de oxígeno. Después, cuando viera que no había solución, las de todo el mundo: mujer, hijas, padres, hermanos, en fin eso tan denostado últimamente pero a lo que todos nos aferramos, la familia.

maximo-hernandez Máximo Hernández, Entre el barro y la nieve

(Del blog de Toni Montesinos)