Poemas para combatir el coronavirus

Varios autores, Poemas para combatir el coronavirus, 114 pp.

Colección Mayor, 15

ISBN: 978-84-123329-3-3

El Departamento de Lengua Española y Literatura del IES Ágora (Alcobendas) presenta como  recurso especial, dentro de su programación del curso 2020-2021, la serie Poemas para combatir el coronavirus, un conjunto de cuarenta y dos videopoemas recitados por sus propios autores.

Cuarenta y dos escritores españoles de diversas generaciones, procedencias y orientaciones estéticas han colaborado con sus versos en la edición de sendos videopoemas, en los que ellos mismos recitan y comentan sus textos. Entre los poetas colaboradores se encuentran algunos ampliamente consagrados, otros más jóvenes y, también, un puñado de alumnos y profesores del Ágora. Se da la circunstancia de que alguna de las alumnas del instituto han estudiado durante el curso, en la asignatura de Lengua y Literatura, la obra de un par de poetas con los que ahora comparten este proyecto.

Al publicar los vídeos, se transcriben también los respectivos textos y se dan breves claves biográficas de sus autores. Los profesores disponen, así, de una herramienta  educativa que, además, aproxima a los alumnos la figura del poeta de carne y hueso. Hoy, todo este material adopta la forma de un libro de papel.

Los poetas participantes son los siguientes:

Cristina Ruano (Madrid, 2003)
Cristina Kassandra Iotu (Slatina, Rumanía, 2002)
Rocío Acebal Doval (Oviedo, Asturias, 1997)
Carlos Catena Cózar (Torres de Albánchez, Jaén, 1995)
María Elena Higueruelo (Torredonjimeno, Jaén, 1994)
Juan F. Rivero (Sevilla, 1991)
Raquel Vázquez (Lugo, 1990)
Isa Pérez Rod (Cádiz, 1990)
Azahara Alonso (Oviedo, Asturias, 1988)
Azahara Palomeque (El Sur, 1986)
Víctor Peña Dacosta (Plasencia, Cáceres, 1985)
Ben Clark (Ibiza, 1984)
Néstor Villazón (Gijón, Asturias, 1982)
Gloria Jimeno Castro (Madrid, 1976)
Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1973)
Martín Rodríguez-Gaona (Lima, Perú, 1969)
Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968)
Ignacio Martín (Salamanca, 1968)
María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967)
Teresa Domingo Català (Tarragona, 1967)
Juan Luis Calbarro (Zamora, 1966)
Ignacio González del Rey Rodríguez (Gijón, Asturias, 1966)
Benito Pascual (Zamora, 1966)
Oswaldo Guerra Sánchez (Las Palmas de Gran Canaria, 1966)
Ricardo Hernández Bravo (El Paso, La Palma, 1966)
Julio Marinas (Zamora, 1964)
Moisés Galindo (Suria, Barcelona, 1963)
Eduardo Moga (Barcelona, 1962)
Arturo Tendero (Albacete, 1961)
Santiago A. López Navia (Madrid, 1961)
Ramón García Mateos (Salamanca, 1960)
Javier Pérez Walias (Plasencia, Cáceres, 1960)
Juan López-Carrillo (La Ampolla, Tarragona, 1960)
Aquiles García Brito (La Isleta, Las Palmas, 1959)
Alfredo Gavín (Ribarroja del Ebro, Tarragona, 1957)
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957)
Antonio Rigo (Palma de Mallorca, 1957)
Ángel Fernández Benéitez (Zamora, 1955)
Máximo Hernández (Larache, Marruecos, 1953)
Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951)
Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950)

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Entrevista capotiana a Pedro Calbarro

por Toni Montesinos

Cubierta de 'Cuando el Diablo no sabe qué hacer', de Pedro Calbarro


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía   que   nunca   escribió.   Lo   tituló   «Autorretrato»   (en  Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con   astucia   y   brillantez.   Aquellas   preguntas   que   sirvieron   para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pedro Calbarro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Mar. Aquí se me presentan dos opciones. Una, el norte, más fresco y gastronómicamente más potente. Dos, el mediterráneo, más caluroso. Mejor un pueblo grande, con accesos y todas las facilidades comerciales y sanitarias (voy para mayor), pero el caso es que me gustaría tener un balconcito que mirase al mar.

¿Prefiere los animales a la gente?

Aunque he conocido animales que son muy humanos y personas que son como animales, prefiero a la gente. Pero los animales son muy importantes en mi vida.

¿Es usted cruel?

No, definitivamente no. Aunque a veces la escritura me permita “soltarme el pelo”.

¿Tiene muchos amigos?

Pocos. Con el paso del tiempo se ha ido produciendo una especie de cribado natural en el que mi círculo de amistades se ha ido reduciendo paulatinamente, pero estoy cómodo así y los que tengo los valoro mucho.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

Si buscamos la palabra AMISTAD en el diccionario de la RAE, esas son las cualidades.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?

En muy pocas ocasiones, perdonado aunque no olvidado.

¿Es usted una persona sincera?

Intento serlo, aunque hay alguna vez que, por mecanismo de defensa, he soltado alguna mentira. Otra cosa es que me encanta vacilar a mi familia, bromeando.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

Me encanta el cine y la tecnología.

¿Qué le da más miedo?

Posiblemente una muerte larga y dolorosa.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

La intransigencia. No transijo con ella.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Pregunta complicada. Es que hago tantas cosas… Si no fuese lo que soy actualmente, posiblemente estaría metido en el mundo de los ordenadores y el diseño con ellos.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

No, pero me encanta reír.

¿Sabe cocinar?

Saber no, me gusta cocinar, y procuro elaborar recetas diferentes, no limitarme al huevo frito. Pero prácticamente soy cocinero de fin de semana, cuando hay más tiempo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

Me dan mucha envidia todos aquellos personajes que saben o han sabido jugar con las palabras de forma magistral. Cervantes, Quevedo… hasta Sabina (fíjate qué cambio).

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Amor, creo que en su sentido más puro engloba todas las virtudes que el ser humano puede ofrecer.

¿Y la más peligrosa?

Odio, por los mismos motivos que en la anterior pregunta, pero al contrario.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas?

Es complicada la pregunta en el momento que nos encontramos. Por supuesto, los extremos los elimino por defecto. Iría de cabeza con aquel político que no mirase por sus propios intereses y que no dijese cosas diferentes de un día para otro con tal de mantenerse en el poder o trepar a puestos superiores. Difícil, ¿no?

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Cualquier modificación más ambiciosa de mi pasado posiblemente habría cambiado mi presente, cosa de la que no estoy dispuesto a renunciar, así que mirando hacia el futuro, algo que me permitiese conocer más mundo y compartirlo con mi mujer.

¿Cuáles son sus vicios principales?

Me gusta disfrutar de la buena comida. Soy muy vago en casa.

¿Y sus virtudes?

No sé si es virtud o defecto, pero alguna vez me han dicho que a veces de bueno que soy, soy tonto. También soy bastante optimista.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

Seguramente mi mujer.

(En el blog de Toni Montesinos, Alma en las palabras, 8 de abril de 2021).

Pedro Calbarro en Zamora, en febrero de 2021

Natalia Carbajosa reseña ‘Delicada Delhy’, de Tomás Sánchez Santiago

El escritor Tomás Sánchez Santiago lleva más de dos décadas acompañando a la figura y la obra de la pintora Delhy Tejero (Toro, Zamora, 1904 – Madrid, 1968), rescatándola del olvido y alumbrando en su justa medida las zonas oscuras de una artista fascinante en la que vida y arte forman un todo indivisible y coherente, incluso en sus aparentes contradicciones. El fruto más evidente de esta investigación minuciosa y entregada vio la luz en 2004 con la publicación, por parte de Sánchez Santiago y María Dolores Vila Tejero, de los Cuadernines (editada por la Diputación de Zamora y reeditada en 2018 por la editorial Eolas), breves anotaciones a modo de diario interior que la autora escribió a lo largo de más de treinta años de carrera artística. Los seis ensayos que conforman este nuevo volumen vienen a ser una especie de notas al margen, igualmente deudoras de las investigaciones llevadas a cabo por Sánchez Santiago desde finales del siglo pasado; pruebas de un redescubrimiento que, muy acertadamente, no culmina con la atención exclusivamente a la obra pictórica, muralista, gráfica y decorativa de Delhy Tejero. De ahí que el acompañamiento del término “personalidad” a “obra” en un título ya de por sí atrayente, Delicada Delhy, no sea baladí.
        La biografía de Delhy Tejero, compañera en la academia de Bellas Artes de San Fernando de otras pintoras como Maruja Mallo y Remedios Varo, alumna de la Residencia de Señoritas de María de Maeztu y participante de la efervescencia cultural del Madrid de las vanguardias, explica en parte las causas de su invisibilidad. El choque extremo entre su severa educación castellana y la modernidad que pretendía reinventarlo todo; su absoluta entrega al arte desde muy joven; una feroz independencia acompasada por la timidez, junto al deseo de asimilar cuanto se le presentaba, la llevaron a una vida errante durante la convulsa etapa de la Guerra Civil y la posterior contienda mundial (Marruecos, Italia, París). Y tras estas experiencias, a un posterior repliegue, marcado por un misticismo de inspiración teosófica, en una España en la que ya no encajaba, ni en los cauces oficiales, ni en los grupos artísticos que fueron surgiendo en sus márgenes; un “solitarismo”, como ella lo llamaba, permeado constantemente por la incertidumbre —también económica— y la soledad, desde el que no dejó de trabajar ni un solo día, aun cuando acuciada por sus propias tensiones no resueltas.
       Si los Cuadernines trazan por sí solos el retrato interior de la artista, al menos hasta donde éste, siempre escurridizo, se presta a ser observado, los ensayos de Sánchez Santiago ponen en relación la compleja mentalidad y los hechos relevantes en la vida de Delhy Tejero con el contexto histórico y artístico en el que le tocó vivir. Aflora así toda la variedad de estilos a los que la pintora se asomó: desde una juventud cercana al surrealismo y el cubismo pero que nunca abandonó la esencia de la forma, pasando por la abstracción emparentada con la espiritualidad kandinskiana y hasta una reinterpretación del costumbrismo en las figuras castellanas tradicionales, sin olvidar la obsesión por el autorretrato —la autoafirmación de quien se acercaba con horror a la vejez— o la fusión de las corrientes anteriores en concepciones personalísimas, tales como el “ingenuismo” o el “perlismo”.

Tomás Sánchez Santiago en 2018

Sin caer en ningún momento en un exceso de catalogación, Sánchez Santiago se acerca a Delhy Tejero desde la historia, la estética y la psique. En los vaivenes de una trayectoria no siempre bien entendida, devana con rigor y sin estridencias el hilo conductor que, a la manera de los pintores del movimiento Der blaue Reiter (paralelismo muy acertado, a mi entender), aspira a comunicar en la pintura ese universo interior arquetípico, ensimismado, rescatado como unidad anímica de entre los restos del naufragio existencial de un mundo incomprensible en su dolorida contemporaneidad. Así se refiere, por ejemplo, hasta en dos ocasiones, al siguiente cuadro, María Dolores, de 1954:
 
…representa a una muchacha de pie con una armónica en los labios y una postura ajena a las expectativas de lo que se entiende por una pose. El tratamiento simbólico de la obra —un aura de pájaros y arpegios— se halla dispuesto en consonancia con la propia figura, que presenta dos verticalidades diferentes (sombra o luz, adorno o lisura en la falda, gracia o tensión en la carga de la postura). ¿No es también en este sentido la obra de Delhy un reflejo de su espíritu, como ocurre con los grandes artistas cuando expresan un mundo interior en el cuadro, en el poema, en la sinfonía? (pág. 35)
 
…una muchacha retratada en una graciosa actitud de ensoñación, de despreocupación, sin asomo de marcialidad ni tensión en su postura, toca una armónica (y repárese, por cierto, en el nombre de este instrumento). A esa música acuden pájaros blancos y negros, rojos y azules que la rodean sin recelo, totalmente confiados, encantados y suspensos. Hay en el cuadro un aliento de elevación marcado por las rayas del vestido y por la insinuación de unas escalas musicales en fuga que ascienden, como sin duda asciende la melodía, hacia lo alto, más allá de los propios límites del cuadro, hacia una verticalidad que escapa por una altura misteriosa. Es, naturalmente, el mito de Orfeo; la posibilidad del apaciguamiento por medio del arte. (pág. 178)
 
         Escritos en distintos momentos y para diferentes ocasiones, los textos de Sánchez Santiago presentan, como la pintura de Delhy Tejero, una unidad no evidente en la superficie. Ofrecen pistas al lector para una manera de mirar sus creaciones que amplía y ubica en unas coordenadas espacio-temporales concretas la voz íntima de los Cuadernines. Trasladan las palabras de Elias Canetti sobre los diarios a los lienzos, cuando éste último afirma en La conciencia de las palabras: «En todo diario digno de este nombre hay siempre una serie de obsesiones, conflictos y problemas privados que reaparecen constantemente. Se extienden a lo largo de una vida, confiriéndole su peculiaridad. Quien logra superarlos, nos da la impresión de haberse extinguido. La lucha con ellos es tan necesaria como la tenacidad que los caracteriza». Algo parecido expresó el novelista Patrick Modiano en su discurso de recepción del Nobel, cuando se refirió a los episodios traumáticos como motor creativo para todo artista.
         Delhy Tejero no podía curarse de su “enfermedad” porque ésta consistía, con todas las luchas internas que le generaba día tras día y frente a una realidad vertiginosamente cambiante al principio e insoportablemente estancada después, en la fidelidad absoluta a su propia idea del arte. Por desgracia, ello contribuyó a que su obra se dispersara y su figura cayera en el olvido. Con Delicada Delhy, Sánchez Santiago nos la devuelve completa, alejada de los tópicos y de las tentaciones de llevarla adonde nunca estuvo ni quiso estar. Lectura imprescindible no sólo para quienes deseen indagar en la obra de Delhy Tejero, sino para cualquiera interesado en el arte de las vanguardias, en la poesía que éste contiene, y en sus hijos —a menudo hijas— inexplicablemente inadvertidos.

(Publicado en El coloquio de los perros, 26 de febrero de 2021).

Natalia Carbajosa
Natalia Carbajosa. Foto de Pablo Sánchez del Valle/AGM

“Tregua”, de Santiago A. López Navia, con música de Javier Ahijado

Por primera vez un texto publicado en Los Papeles de Brighton es musicado. Aquí os dejo este precioso tema de Javier Ahijado, cuya letra es el soneto que abre el libro homónimo de Santiago A. López Navia, publicado en nuestra Colección Mayor. Abre el disco “Y no hay más. Javier Ahijado canta a Santiago A. López Navia”.

José Ángel Barrueco / Miniaturas

Cubierta de 'Miniaturas' (2021), de José Ángel Barrueco

José Ángel Barrueco,

Miniaturas, 124 pp.

Colección Minúscula, 11

ISBN: 978-84-123329-1-9

En Miniaturas, José Ángel Barrueco recoge a modo de dietario las anotaciones de su blog Escrito en el viento entre 2007 y 2011. Se trata de 194 textos breves que hacen referencia a la vida del autor, a sus lecturas y a sus reflexiones.

Nacido en Zamora en 1972, Barrueco es licenciado en Ciencias de la Información. Ha publicado las novelas Recuerdos de un cine de barrio (1999), Monólogo de un canalla (2002), Te escribiré una novela (2003), Asco (2011), Vivir y morir en Lavapiés (2011) y Angustia (2014), la obra de teatro Vengo de matar a un hombre (2004), el libro de microrrelatos El hilo de la ficción (2004), los poemarios No hay camino al paraíso (junto a Javier Das, 2009), Los viajeros de la noche (2013) y El amor en los sanatorios (2014) y la selección de textos Para esas noches de insomnio (2009). Es columnista de opinión y crítico de cine y literatura en diversos medios. Mantiene desde hace quince años el blog Escrito en el viento.

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