José Enrique Martínez escribe sobre ‘Memoria del ave encanecida’

EN EL RINCÓN DEL BOSQUE

por José Enrique Martínez

José Enrique MartínezEl poeta de provincias suele elaborar morosamente sus versos, sin la urgencia de la publicación o de la fama. Los poetas de Zamora, en concreto, forman un grupo valiosísimo a la luz de maestros como Claudio Rodríguez, García Calvo, Hilario Tundidor y de otros más cercanos en edad como Tomás Sánchez Santiago. Son sus nombres Máximo Hernández, Juan Luis Calbarro, Ezequías Blanco, Rodríguez Tobal… Añadamos el nombre de Ángel Fernández Benéitez, del que hace un tiempo reseñamos aquí Blanda le sea (2010), poemas de tonalidad melancólica; monólogos dramáticos extensos para modelar reposadamente el pensamiento. En 2015 apareció Perdulario. Antología poética (1978-2013), con piezas de todos sus libros y excelente prólogo inicial de Máximo Hernández. El nuevo poemario, Memoria del ave encanecida, es de formato pequeño y lo introduce un prólogo magnífico de Eduardo Moga. Poemario diferente de los anteriores, dispone de unidad métrica, rítmica y de fondo: son 55 poemas de idéntica contextura: cuatro cuartetas octosilábicas cada uno: en total, 880 versos en forma de canción. Es a mi parecer un poema de poemas, un único texto lírico organizado en los fragmentos indicados. Me permitirá el poeta que use una carta personal que aclara el titulo y el libro mismo: al regreso de una cena con amigos, «me quedé en la ciudad sin coche y hube de regresar a casa a pie, recorriendo la vereda del río por zona frondosa. Serían las tres de la mañana y oí, por primera vez, un extraño cantar. Recordé el inglés nightingale y supuse que era el ruiseñor. Vinieron los primeros versos y se completaron los siguientes».

De ahí el comienzo: «Quien a lo oscuro canta/ la noche lo desvela»; y de ahí, brotando de la noche, las sucesivas referencias: un sentimiento íntimo, gozoso, lo apartado, la soledad, el misterio, el canto, la voz secreta, lo escondido, la ceguera simbólica, el deseo y, por supuesto, los elementos de la naturaleza, aludidos o sugeridos: «Diga fresco o lucina,/ senderos diga, plata,/ horizonte infinito,/ caído reverbero». Adviértase la levedad de canción del poemario, la delicadeza expresiva del poeta, que no sólo expresa sentimientos íntimos o la soledad de la noche, sino pensamientos como estos: «Más conoce quien solo/ acude en lo apartado/ a secreto hilandero,/ pues lo suyo practica». Se trata de trascender la mera sensación del canto del ave en un poemario de «verbo abrasado», como dice uno de los poemas.

(Publicado en Filandón, suplemento literario de Diario de León, 6 de noviembre de 2016).

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