Eduardo Moga reseña ‘Naturalezas muertas’, de Moisés Galindo

Moisés Galindo, cuyo poemario Las formas de la nada reseñé en el número 7 de la revista Estación Poesía, en 2016, publica su quinto libro de versos, Naturalezas muertas, de la mano de Los Papeles de Brighton. Galindo insiste —y hace bien, si así lo siente— en una poesía metafísica, cuyo núcleo es la reflexión sobre la nada como sustancia y sostén de la vida. Alrededor de este eje giran una serie de motivos simbólicos que lo amplían y enriquecen: el miedo, la sangre, el vacío, la oscuridad y la luz. Sin embargo, Galindo sabe que para que la poesía sea metafísica, ha de ser también carnal, y se aplica a ello con obstinada sensibilidad. Sus poemas utilizan un arsenal de inquietantes metáforas, que hablan del absurdo ontológico y la zozobra existencial, pero lo hacen con un lenguaje dinámico, matérico, corporal. Una luz muy blanca, que a menudo se sutiliza hasta la transparencia, los enfoca a todos, y los versos breves, decantados con rigor, dejan traslucir una sonrisa, aun hablando del olvido o de la muerte. La poesía de Moisés Galindo denuesta la oquedad de todo, pero da ganas de vivir, y, pese a su delgadez, está llena. La nada de la que nos habla es una realidad tangible, en la que se refugia y perpetúa el ser. Cobra dimensión de cuerpo y hace posible el tacto y la pasión. El poeta subvierte la linealidad conceptual y llena el vacío de una esperanza tangible, de una materialidad invisible, pero afanosa. José Antonio Arcediano, el prologuista del volumen, lo ha sintetizado certeramente: “La nada deja de ser pura y simple ausencia del ser para convertirse en una especie de estado al que el ente (el yo individualizado) puede acceder y con el que puede confundirse, en el que puede diluirse, disgregarse…”. Dos asuntos más conciernen al poeta: la naturaleza y el sufrimiento animal (los gatos menudean en los poemas de Naturalezas muertas), como ya ha demostrado en entregas anteriores —en Aral, publicado en 2016, trata la devastación del mar de Aral, que fuera el cuarto lago más grande del mundo, y que los trasvases y la contaminación de los soviéticos han convertido en un desierto—, y el amor, que siempre irrumpe, como contrapeso o corroboración, en los alifafes existenciales. Estos son algunos poemas del libro:

EN TRÁNSITO

¿Y este crecer hacia la nada qué es sino mi sangre,
la oscuridad que en mí respira en forma de aire,
de mundo, de no?

IMPERMANENCIA

¿Por qué este puro movimiento
de la nada, esta luz que atraviesa
la sangre como una forma de amor?

TRANSFUSIÓN

¿Cómo habitar sin desasirme,
sin tomarte en mi nada
como lo haría un pájaro o un árbol?

XXXVI

No estás.

No sé qué hacer con tanto amor
en este piso vacío.

Continuar en la nada
nuestra propia casa.

Eduardo Moga

(Extracto de Eduardo Moga, “Lecturas en la prisión (y 5)”,
en su blog Corónicas de Españia, 18 de mayo de 2020).

Santiago A. López Navia publica ‘Tregua’, su último libro de poemas

por José Luis Panero

¡Mis queridos palomiteros! Santiago A. López Navia publica Tregua, su último libro de poemas.

Como sabéis, ya sea de forma solitaria, en pareja o de forma grupal, el cine ha logrado introducir la poesía en su metraje, buscando pretextos que permitan emitir unos versos hacia el espectador. Por ello, cada vez son más los filmes que exhiben poesía, bien sea recitada de pasada, bien sea porque es el pilar de su argumento. Ahí tenemos, por ejemplo, Hannah y sus hermanas (Woody Allen, 1986) o Esplendor en la hierba (Elia Kazan, 1961).

Y por ello, no podemos quedarnos al margen de reseñar otro gran trabajo poético. Se trata del duodécimo poemario de López Navia, laureado poeta, cervantista y académico, entre otras distinciones reseñables, de quien ya informamos cuando la editorial La Discreta celebró sus 20 años de naufragio, puesto que él fue uno de sus grandes y primeros impulsores.

Volviendo a Tregua, el autor señala a este periodista que “a tiempo de ponerle el título, cuando lo terminé este pasado verano, pensaba en el sentido íntimo que esa palabra tenía para mí tras una etapa dura e intensa de varios años. De ninguna manera podía prever entonces que ese título, Tregua, podría servir ahora para enunciar una necesidad tan urgente como la que estamos sintiendo. La vida teje casualidades extrañas. Algo querrá decir, quizá. Quién sabe”.

El libro –volumen editado por Los Papeles de Brighton está dedicado con el alma a Carlos Fernández Alonso y retoma el discurso de sus anteriores heterónimos, Jacobo Sadness y Antero Freire. El lamento existencial, próximo a la poesía desarraigada de la postguerra, se suma aquí a los homenajes a poetas admirados, una serie de delicados haikus y el tópico del ‘silentium amoris’.

Y todo ello es el resultado de un trabajo editorial eficiente y delicado de Juan Luis Calbarro, autor de un prólogo exquisito y autorizado donde los haya.

Aunque por razones obvias no se ha podido presentar públicamente, Tregua puede adquirirse a través de Amazon. Por la trayectoria de López Navia y su dominio en el territorio de la poesía, la ocasión resulta propicia para que os acompañe estos días. Estoy convencido de que lo vais a disfrutar.

José Luis Panero

(Del blog de José Luis Panero, Palomitas de maíz, COPE, 23 de marzo de 2020).

José Enrique Martínez escribe sobre ‘Entre el barro y la nieve’

EL TRINO, LA PALABRA

por José Enrique Martínez

José Enrique MartínezBuena parte de los poetas zamoranos, un grupo de eficaz empuje lírico, se concierta para presentar la poesía reunida de Máximo Hernández, que con el título Entre el barro y la nieve forma un volumen de más de setecientas páginas: nueve poemarios más los poemas sueltos publicados en revistas. Juan Luis Calbarro, Ángel Fernández Benéitez, Juan Manuel Rodríguez Tobal y Tomás Sánchez Santiago, poetas de Zamora, a los que se unen María Ángeles Pérez López y Eduardo Moga, escriben las setenta páginas primeras, verdaderos estudios de la obra de Máximo Hernández, “uno de los poetas más importantes del panorama poético zamorano y nacional”, al decir de Calbarro, el cual estudia el conjunto de la obra del poeta, del que destaca “el compromiso ético, los contenidos existenciales, las estructuras cerradas y unitarias —circulares o cíclicas—, la pluralidad de voces y una tendencia a la alegoría” que se acrecienta en los libros últimos. Fernández Benéitez escribe una extensa epístola en verso, de empaque clásico; el resto de los nombrados estudia con ahínco algunos de los grandes poemarios del autor de Entre el barro y la nieve, el cual nos ofrece, asimismo, su idea de la poesía como “intuir lo escueto” y el intento de reorganizar “las partículas que le llegan del hilo de luz que iluminó aquel instante de intuición”; la segunda idea importante alude a la poesía como compromiso con el hombre y la palabra que él siempre ha procurado.

De la inmersión gozosa en la lectura del copioso volumen apenas pueden dar cuenta las líneas que siguen. Entre el barro y la nieve recoge, en efecto, aquel compromiso con la vida del que habla el poeta.

Ello no impide el necesario artificio, que Máximo Hernández vierte en todo tipo de versos, del empaque del alejandrino a la gracia de las seguidillas. La sencilla manifestación de los afectos da lugar a poemas como “Buenos días”, del poemario Celebración del tiempo. Otros libros suyos son Matriz de la ceniza, de potencia rítmica y verbal, de fuerza imaginativa y hondura de pensamiento, con poemas excelsos como el dedicado a “Dylan Thomas en su última noche” o “Impresiones de un ahogado”. La eficiencia del cielo lo forman poemas breves en versos menores; en él el poeta es metaforizado como Supermán por “ese juego continuo/ de disfraces y máscaras”, entre otras cosas; Zooilógico y La conspiración del dolor son otros títulos de esta magna poesía reunida de Máximo Hernández.

(Publicado en Filandón, suplemento cultural de Diario de León, el 4 de junio de 2017).

Juan González Soto sobre ‘Entre el barro y la nieve’, de Máximo Hernández

LA VOZ REUNIDA DE MÁXIMO HERNÁNDEZ

por Juan González Soto

Juan González SotoFelizmente, se publica, en una edición magnífica, la poesía reunida de Máximo Hernández (Larache, 1953): Entre el barro y la nieve (2016). Acaso el lector, sin él mismo saberlo, reclamaba esta reunión poética. No es frecuente en estos tiempos encontrar versos con una voz tan lúcida en la introspección, tan cautelosa en la búsqueda del poema, a la vez luminoso y sombrío, una voz discreta y atenta hacia lo íntimo y esencial, vigilante y reservada frente a lo llamativo, profunda en la indagación poética, una voz tan sabia como cuidadosa en la modulación rítmica, en sus sugerencias, sus ecos, sus significados.

La edición, realizada por Juan Luis Calbarro (Palma de Mallorca: Los Papeles de Brighton, 2016), contiene los poemarios y las plaquettes que Máximo Hernández ha ido publicando desde el lejano 1995. Contiene también, recogidos en el apartado final, “Exentos”, cuantos poemas no fueron escritos para formar parte de un conjunto mayor o de un libro. En cualquier caso, se muestran en esta poesía reunida, lo que puede considerarse la obra completa, por ahora, recopilada y reordenada por el propio poeta.

Además, la totalidad de la obra reunida va precedida por muy valiosos documentos: un cuidadoso estudio, haciendo las veces de presentación, firmado por Juan Luis Calbarro, un largo poema en endecasílabos blancos de Ángel Fernández Benéitez (“Tú cantas el dolor, Máximo amigo,/ en la distancia justa”), un extenso estudio firmado por Eduardo Moga, otro más que suscribe María Ángeles Pérez López, dos breves pero útiles comentarios de Juan Manuel Rodríguez Tobal y de Tomás Sánchez Santiago. Siguen a todo lo que ya va dicho una detallada información bibliográfica y unas palabras previas del propio poeta. En definitiva, el lector atento no puede sino agradecer cuanto tiene ante sí, cuanto queda reunido en el voluminoso Entre el barro y la nieve, de manera tan completa y tan rigurosa, tan adecuado desarrollo filológico.

Fue La eficiencia del cielo (2000) el primer poemario que yo conocí de Máximo Hernández. Me sorprendieron la precisión métrica, la intensa brevedad, la concisión descriptiva, la exactitud lírica. El lector discurría, poema a poema, a través de aquella eficacia subrayada en el mero título. Las mínimas cosas de la casa, personajes de cómic, las estaciones del año, objetos y juegos de la infancia, sensaciones humildemente allegadas, las pequeñeces diarias, todo, o casi todo, se congregaba en pequeños poemas que iluminaban cuanto nombraban.

Después conocí el que había sido el poemario inmediatamente anterior, Matriz de la ceniza (1999). Me sobrecogió su perfecta geometría. Aún más me estremeció el comprobar que estaba enteramente dedicado a la muerte, a la muerte como colofón perfecto, como fulguración magnífica. El título ya era, en sí mismo, la precisa culminación de cuanto el poeta diría luego, verso a verso, y con tanta sabiduría: las palabras “matriz” y “ceniza” se aunaban en un equilibrio muy preciso.

Leo ahora el poema “¡Lázaro, sal fuera!”. Me conmueven el puntual avance de los endecasílabos y los alejandrinos, el mesurado, y a la vez contundente, monólogo del resucitado, su ligero, meditado, resentimiento, sus palabras de hombre en paz en su sepulcro y ahora, y de repente, incomodado a voces en el título: “Ahora que ya conozco la levedad del aire/ a qué otra vez la densidad del cuerpo”. Vuelvo a leer el poema que cierra Matriz de la ceniza, “Último gesto de Cesare Pavese”. Percibo cómo el poeta, sabiamente, logra alejarse de la noción de muerte como equivalencia de dolor y negación: “Basta ya de palabras vacías como hombres”. Percibo cómo el poeta, hábilmente, y mediante la palabra poética, logra superar la muerte como fatalidad irreductible: “No quiero una palabra transformada en sudario/ con que enterrar al muerto que llevamos encima”.

El lector atento sabrá recibir a este poeta cuya obra nos convoca ahora a todos. Bienvenida esta reunión Entre el barro y la nieve, esta gran poesía reunida de Máximo Hernández. La lectura de su obra completa suscita el enigma de cómo un poeta que habla de los lugares concretos en que habitan los seres y las cosas, del universo inmanente, provoca, sin embargo, tan profunda sed de trascendencia.

(Publicado en La Opinión de Zamora, 4 de marzo de 2017).

Los Papeles de Brighton en ‘Cuadernos del Matemático’

La histórica revista literaria de Getafe, Cuadernos del Matemático, recoge en su muy recomendable número 55, correspondiente a febrero de 2017, dos trabajos referidos a nuestra casa. En primer lugar, reproduce los “Fragmentos crujientes sobre Larry Brown” de Luis Ingelmo: un jugoso extracto de su libro El crujido de la amapola al sangrar -publicado en nuestra colección Mayor- centrado en el autor norteamericano. Por su parte, Manuel Enrique Ferrero Hernández publica una versión de la presentación que hizo en octubre del poemario Memoria del ave encanecida, de Ángel Fernández Benéitez -publicado en Minúscula-, bajo el título “Última revelación del canto”. Enhorabuena y gracias a ambos, así como a Ezequías Blanco y su equipo.

Cuadernos del Matemático 55