Jorge León Gustà reseña ‘Dices’, de Eduardo Moga

TODO CONCLUYE EN ESTAR ATORMENTADO

por Jorge León Gustà

Los Papeles de Brighton publican una segunda edición del libro de Eduardo Moga Dices, que apareció por primera vez en 2013, con una peripecia editorial que su autor comenta en las páginas introductorias. También puede encontrarse en el segundo volumen de Ser de incertidumbre, pero el lector tendrá entre sus manos una versión completamente renovada. El largo poema, en sí, no ha cambiado, pero sí las citas que se intercalan en él, tal como advierte Moga en la introducción del libro: “he actualizado las citas ajenas que jalonan el texto, incorporando otras, más recientes, que los lectores puedan reconocer”. En un principio, sorprende la afirmación. Efectivamente, algunos de los personajes que firmaban las citas anteriores han sido probablemente olvidados o enterrados por el tiempo, como Araceli López, Eduardo García Serrano, Bernardo Álvarez o Juan Antonio Reig Pla. Otra cosa son Aznar, Rajoy, Esperanza Aguirre o Salvador Sostres, junto a Jiménez Losantos, personajes de la derecha política y mediática que creo que quedarán permanentemente impresos en nuestra memoria.

En primer lugar, sorprende que se mezclen elementos tan heterogéneos, usos tan dispares del lenguaje como son un texto poético y declaraciones orales (en su mayoría) ajenas a lo literario. Es la técnica del collage pictórico llevado al terreno de la poesía: el uso de materiales originalmente no plásticos, desde fragmentos de periódicos y de revistas hasta el conocido calcetín de Tàpies. Moga sigue, al fin y al cabo, el camino iniciado en Insumisión, su libro anterior.

En segundo lugar, el lector se preguntará cómo es posible que cambien las citas. ¿Acaso no hay una íntima relación entre texto poético y cita? Evidentemente, sí; pero esta relación se produce de un modo especial. Una ojeada general al libro nos permite comprender cómo se produce esta relación.

Dices es un largo monólogo en el que su protagonista se dirige a sí mismo, con nombre reconocible: Eduardo. De ahí el título, que empieza, de manera anafórica, muchas de las frases del discurso: “Dices, Eduardo, te dices, te acumulas…”. En otros casos, la repetición anafórica se produce con otro verbo: “Oyes, Eduardo…”, “haces preguntas…”, etc. No siempre se repite de manera exacta la fórmula (resultaría demasiado rígido y frío), pero en todo momento se construye un discurso interior en el que el protagonista se dirige a sí mismo y se cuestiona su propia vida y su forma de ser: “Dices que, cuando amas, te ensombreces” (p. 26); “…no has tenido respeto por las sombras ajenas, por las bocas ajenas”; o bien: “Lo que dices muerde” (p. 35).

Pero este monólogo tiene un origen, que no aparece hasta entrado el poema: la presencia de la madre moribunda: “Oyes el morir de tu madre” (p. 39). Esta figura se hace omnipresente y atraviesa todo el monólogo: “Dices y se aproximan: seres metálicos, levedades, tu madre muriendo, tú” (p. 48).

De este modo, el Eduardo de Dices se convierte en una contrafigura de Carmen Sotillo, la viuda de Mario que va desgranando su vida a lo largo de una noche durante la vela del cadáver. Pero, mientras que en Cinco horas con Mario el monólogo de la viuda se convierte en una divagación narrativa que nos ayuda a reconstruir la vida del difunto, el monólogo de Eduardo constituye una divagación lírica que conforma una confesión sobre el carácter del propio yo con sus obsesiones: su relación con los demás y el miedo a la muerte. “Dices tu cadáver, Eduardo, y tu cadáver comparece. Es este que aún escribe, anudado al infortunio…”. El tono realista de Delibes se transmuta, aquí, en un tono expresionista y desgarrado, característico de su autor: la voz, la boca, los labios, entendido como un ente autónomo en sí mismo, que habla y al hacerlo, hiere al que le escucha, porque “esa boca, Eduardo, eres tú, y esa boca vaticina, […] esa boca configura la oscuridad como una incisión candente en el vientre de la misericordia” (p. 24).

Y aquí es donde se produce el gran dilema, el desgarro íntimo de este Eduardo: el deseo de encontrar un mundo más puro e ideal, pues vive “con la esperanza de descubrir otro cuerpo, otro yo, en el que volcar una inocencia devastadora” (p. 26), que se opone al convencimiento íntimo de que esta posibilidad no existe: la experiencia (incluso la experiencia de la muerte cercana) muestra que la armonía es un afán imposible de alcanzar, pues en este mundo, todo es discordia: “la repulsión es más poderosa que la atracción: no hay afinidad entre las cosas de este mundo: todo se apresta a disgregarse, en un innumerable aquelarre de amputaciones y fugas” (p. 49). Se acoge así Moga a una tradición que puede remontarse a La Celestina (si es que no a Petrarca), para quien el mundo todo es caos, sin orden ni concierto: “Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla”, como Fernando de Rojas empieza el prólogo a su gran obra.

De manera que lo que nos rodea es el caos: “Todo confluye, pues, en estar atormentado” (p. 53). De ahí la crispación en la que vive el protagonista de este monólogo (crispación interior, consigo mismo), y crispación exterior en la que confluye el mundo. Esta es la función de las citas, los elementos extrapoéticos del collage: aunar al ser atormentado por su conciencia la crispación del mundo. De este modo, tanto da si se mantienen las citas de la primera edición como si se leen las nuevas aportaciones: parece que nuestro mundo arde en este caos, en esta crispación en la que parece vivir la derecha de nuestro país (política, mediática). De ahí que vayan desfilando las declaraciones de Díaz Ayuso, Miguel Ángel Tellado (azote de herejes), Jiménez Losantos (de nuevo), Santiago Abascal (por supuesto). Pero también se añaden otras voces, como el ministro Ábalos y su inefable asesor Koldo (¿tiene apellido?), o Yolanda Díaz, de un espacio político teóricamente opuesto, lo que produce, si cabe, una mayor sensación de caos. En definitiva, “todo confluye, pues, en estar atormentado”.

(Publicado en la web Caravansari, sin fecha [16 de julio de 2026])

Jorge León Gustà

El deseo cuando el mito se apaga

Eros, tiempo y lenguaje en Follar por amor, amar por placer

por Antonio Sánchez Sola

Cubierta de 'Follar por amor, amar por placer', de Silvia Rins (2026).

El poemario Follar por amor, amar por placer se inscribe en una de las corrientes menos complacientes —y por ello más necesarias— de la poesía erótica contemporánea: aquella que no busca ni la exaltación del cuerpo como fetiche ni la sublimación romántica del deseo, sino su persistencia problemática en el tiempo, su desgaste, su reaprendizaje y su dimensión ética.

Desde el «Prólogo para leer como epílogo», firmado por Silvia Rins, se plantea una inversión semántica que actúa como eje conceptual del libro: el desplazamiento de jerarquías entre amor, placer, sexo y afecto, no como provocación gratuita, sino como gesto crítico.

Uno de los primeros méritos del poemario es su conciencia de tradición. El texto dialoga abiertamente con una genealogía amplia: de la mística (Teresa de Ávila, San Juan) a la poesía amorosa moderna (Bécquer, Salinas), del mito clásico (Circe, Cupido, Cronos) a la cultura pop y científica contemporánea. Sin embargo, este diálogo no se articula desde la reverencia, sino desde la relectura irreverente. Así, en poemas como «En los brazos de Circe», el mito es desmontado para evidenciar el sesgo patriarcal del relato clásico: la hechicera ya no es la corruptora, sino la depositaria de una compasión corporal que el héroe traiciona. La erótica aquí no idealiza: denuncia.

Desde un punto de vista teórico, el libro se sitúa en la estela de lo que Georges Bataille definió como una erótica de la continuidad perdida del ser, pero lo hace desde una posición desencantada: el éxtasis ya no promete trascendencia. En textos como «Parábola de Cupido y el Tiempo» o «Rescoldos”, el deseo aparece sometido al desgaste biológico y emocional. El cuerpo no es eterno ni heroico: envejece, se reseca, se cansa. La sexualidad deja de ser conquista para convertirse en lenguaje mínimo, en gesto de resistencia frente al tiempo.

La voz poética es otro de los elementos más complejos y ricos del poemario. Se trata de una voz múltiple, cambiante, que alterna registros cultos y obscenos, líricos y narrativos, solemnes e irónicos, sin que esa hibridez resulte caprichosa. Por el contrario, responde a una concepción del deseo como experiencia contradictoria. Poemas como «Safe word» o «Horror vacui» llevan al extremo esa ambigüedad: el placer aparece atravesado por la dependencia, el poder, el miedo y la entrega, sin que el texto se refugie en la corrección moral ni en el exhibicionismo pornográfico. Desde una lectura feminista y queer, este punto es crucial: el libro no estetiza el consentimiento, lo problematiza.

Formalmente, el poemario despliega una notable variedad: verso libre, poema en prosa, composiciones métricas breves, textos narrativos extensos. Esta heterogeneidad responde a lo que podría leerse como una estética del agotamiento del molde: ninguna forma basta por sí sola para decir el deseo cuando este ha dejado de ser lineal. El tono cancioneril de poemas como «Divina canción» convive con la prosa torrencial de «Los invencibles» u «Horror vacui», donde el lenguaje parece desbordar su propia capacidad de contención.

Uno de los aspectos más significativos del libro es su ética del cuidado, poco habitual en la poesía erótica tradicional. Frente a la exaltación del orgasmo o la novedad, el texto reivindica la rutina, la costumbre, incluso la torpeza. «Oda a los calzoncillos» o «La voz a ti no debida» desplazan el foco hacia los gestos domésticos, los restos materiales del convivir, convirtiéndolos en signos eróticos de primer orden. Desde esta perspectiva, el poemario se acerca a lo que Roland Barthes denominó «el discurso amoroso menor»: aquel que se sostiene en lo aparentemente insignificante.

Asimismo, el libro asume una posición crítica frente al imaginario neoliberal del deseo ilimitado. En «Inventario octosilábico» o «La culpa no fue de la monotonía», el sexo es sometido a la lógica de la estadística, el control y la prevención, evidenciando cómo incluso la intimidad ha sido colonizada por el lenguaje de la gestión. La monotonía no es el enemigo; lo es la expectativa de intensidad constante. Este planteamiento sitúa el poemario en un territorio claramente contemporáneo.

En términos de género literario, Follar por amor, amar por placer se distancia tanto de la poesía amorosa confesional como de la erótica celebratoria. No hay aquí promesa de redención ni nostalgia idealizante. El deseo se presenta como una práctica situada, atravesada por el tiempo, el cuerpo, la memoria y la pérdida. El poema final, «Otra manera de morir», no cierra con un clímax, sino con una afirmación radical y sobria: tocar la vida, aun en su fragilidad, como último gesto de sentido.

En el panorama de la poesía erótica contemporánea en lengua española, Follar por amor, amar por placer aporta un enfoque poco transitado y, precisamente por ello, valiente: el de escribir el deseo sin coartadas trascendentes, sin nostalgia de absoluto y sin la coacción de la intensidad obligatoria. El libro asume el riesgo de nombrar una sexualidad que no promete redención ni épica, pero sí responsabilidad, cuidado y verdad corporal. En un contexto literario donde el erotismo oscila con frecuencia entre la estetización complaciente y la provocación vacía, este poemario se sitúa en un lugar incómodo y fértil: el de quienes se atreven a pensar el amor y el placer cuando ya no sirven como consuelo, sino como práctica consciente de resistencia frente al tiempo. Esa es, quizá, su mayor aportación: demostrar que también en el desgaste, en la repetición y en lo frágil puede haber una poética radicalmente contemporánea.

(Poémame, 21 de febrero de 2026).

Basilio Fernández: entre el abismo y la consagración, sobre ‘El esplendor y la amargura’, de Eduardo Moga

Moisés Galindo
Por Moisés Galindo

El esplendor y la amargura. La poesía de Basilio Fernández, el fascinante y voluminoso libro —un kilo doscientos gramos de peso y casi setecientas cincuenta páginas en edición impecable de Los Papeles de Brighton— del poeta y crítico Eduardo Moga, viene a subsanar una antigua deuda con uno de los poetas españoles más fascinantes y secretos del siglo XX: Basilio Fernández. El que suscribe esto —otro larreísta nacido, curiosamente, un mismo día de julio— tampoco lo conocía, hasta que, a finales de la primera década del siglo XXI, el autor de La luz oída (1996), Insumisión (2013) o Mi padre (2019) le comentó que estaba preparando su tesis doctoral sobre un autor prácticamente desconocido que apenas si había publicado en vida un puñado de poemas, pero que era excepcional. Así lo demostraban las pocas ediciones de su poesía —Poemas (1927-1987) en la desaparecida Libros del Pexe (1991), Antología poética en Edilesa (2007) y Antología. 1927-1987 en Trea (2009); todas con edición o selección, introducción o presentación, y notas, de Emiliano Fernández, su sobrino; su Poesía completa (1927-1987) saldría posteriormente en 2015 en la editorial Impronta, también con edición a cargo de Emiliano Fernández— que la concesión del Premio Nacional de Poesía en 1992, a título póstumo —el único hasta el momento—, ayudó a ampliar.

El esplendor y la amargura es la transcripción, ampliación y puesta al día de la tesis doctoral que Moga defendió allá por el 2011; el estudio más extenso y completo de la poesía del poeta leonés, afincado en Gijón hasta su muerte en 1987. El título del libro sintetiza las dos esferas que interactúan constantemente en su obra: la deslumbrante imaginería verbal propia del creacionismo —que, poco a poco, se fue esencializando— junto a una hondura existencial dominada por el sentimiento de decepción y derrota que se acentuaría con el paso de los años: «el deslumbramiento de la forma, la crepitación exultante del lenguaje y, al mismo tiempo, la oscuridad superlativa de la angustia». Un «descenso a los infiernos», como escribe Moga, que tiene que ver con las complejidades de su pensamiento y las contradicciones que le suponía integrar en su vida la continuidad del negocio familiar y su propio sustento, con un destino como poeta especialmente dotado: «nací a la extrañeza, / y al bienestar de los rincones familiares, / discontinuo y sin sueño / como el que no espera visitas. / Nunca necesité afanes para diluirme, / ni testigos para la emancipación al menudeo; […] Ahora me asomo a los proyectos olvidados / y a las citas equivocadas en los planes del / viento. / Solo una mano inadvertida repara la tramoya», escribe en el poema «El 28 de julio de un año sin gloria».

Y, como él mismo anota en otro de sus poemas, la «dejadez» sentida, la inconsistencia y levedad de cualquier acción humana —sin propósito último—, decanta la balanza hacia un paulatino aislamiento y adelgazamiento de su obra —y de su vida como poeta— hasta hacerla prácticamente desaparecer. Como los casos de Emily Dickinson o Agustín Gómez Arcos —que, o no vio publicada la obra en vida, o era, a pesar de la consideración internacional, un completo desconocido en su país de origen—, Basilio Fernández es un extraordinario poeta marginal, un verdadero outsider de las letras, que Eduardo Moga disecciona con elegancia —véanse las sutiles correcciones al albacea del legado de Basilio Fernández— y precisión —la estructura arborescente del volumen abarca los aspectos más relevantes de su temática y retórica, y el extenso aparato de notas que lo acompaña es como otro libro dentro del libro que amplifica y enriquece su interpretación—, mediante un lenguaje modulado, imaginativo, y riquísimo —se nota, y mucho, el poeta que lo acompaña— que lo alejan de la escritura, casi siempre enlatada, de este tipo de estudios doctorales.

En este sentido, al igual que Un cor furtiu, de Xavier Pla, la monumental biografía de Josep Pla, El esplendor y la amargura, el ensayo más importante hasta ahora sobre el poeta y la poesía de Basilio Fernández, tiene el mérito de leerse como una novela, como una suerte de ficción filológica que convierte su lectura en algo mucho más atractivo y memorable; la oportunidad de una experiencia que no deberíamos desaprovechar.

Cubierta de 'El esplendor y la amargura', de Eduardo Moga

(Publicado en Qué Leer, 1 de diciembre de 2025)

‘El esplendor y la amargura. La poesía de Basilio Fernández’: el rescate de un leonés desconocido

Eduardo Moga rellena todos los vacíos de la vida y la obra del poeta Basilio Fernández López (1909-1987) en El esplendor y la amargura, un espléndido estudio académico, imprescindible en las bibliotecas universitarias.

Por Marta Prieto Sarro

En junio de 1992 se produjo un hecho insólito: el Premio Nacional de Poesía se otorgaba a título póstumo en la persona de Basilio Fernández López por el conjunto de su obra, titulada Poesía 1927-1987, que había visto a luz también después de la muerte de su autor. El fallo del premio del Ministerio de Cultura pilló a la mayoría de los críticos literarios, por no decir a todos, a contrapié. Porque, por si ambas circunstancias ya eran extrañas de por sí, resultaba que su autor era un absoluto desconocido. Tras las líneas que Eduardo Moga rescata en la prensa del momento quedan patentes el estupor y la perplejidad vividos junto a las dudas sobre la calidad de sus poemas.

Cubierta de 'El esplendor y la amargura', de Eduardo Moga
Cubierta de El esplendor y la amargura, de Eduardo Moga

Sin embargo en León, la provincia de la que era natural el poeta, sí había quien le conocía. De mi entorno más próximo, José Enrique Martínez, profesor universitario y crítico literario en el suplemento cultural Filandón de Diario de León cuyas páginas capitaneaba con asombrosa lucidez (e inmediatez) Alfonso García Rodríguez. También estaban al corriente Antonio Gamoneda, involucrado claramente en la concesión del galardón, como más tarde se sabría, y convertido en descubridor de su obra para otros, incluido Eduardo Moga. Y Francisco Martínez García, que en su obra Historia de la Literatura Leonesa, publicada en 1982, había dejado escritas sobre él unas líneas preciosas al considerar que tal vez era «el único poeta leonés que tenía su reloj puesto a la hora del mundo, sin atrasos seculares». Aunque yo para entonces no le conocía, presumo que Tomás Sánchez Santiago también conocía la obra de Basilio Fernández a quien después calificaría como poeta «clandestino». No obstante, se trata de una lista que no pretende ser exhaustiva: habría más, por supuesto.

Basilio Fernández, el de Valverdín

Eduardo Moga, poeta y crítico él mismo, comienza su brillante estudio El esplendor y la amargura precisamente con aquella extrañeza, cuyas causas estaban más que justificadas. Basilio Fernández había nacido en Valverdín (León) en 1909 pero la familia se había trasladado siendo él niño a Gijón, donde regentó un almacén de ultramarinos. No puede decirse que fuera, en absoluto, un desarraigo, pero en el lugar se perdió su rastro a pesar de que él lo convertiría en materia poética. En Gijón trascurrió el resto de su vida, ligada a aquel negocio en el que nadie atisbó jamás su escondida afición al verso que solamente se puso de manifiesto tras su muerte en 1987. Fue de la mano de su sobrino Emiliano Fernández Prado (pues el poeta tampoco tuvo hijos) quien encontró aquel tesoro y lo publicó en 1991 en la editorial asturiana ya desaparecida Llibros del Pexe con el título de Poemas (1927-1987). Una nueva edición revisada y ampliada aparecería en 2015 publicada por la editorial Impronta.

A pesar de aquel reconocimiento, el extraño poeta ha seguido siendo un desconocido. Al menos en la que fue su tierra de nacimiento donde no recuerdo que, de manera pública, se haya reivindicado su memoria.

Basilio Fernández, primer plano
Basilio Fernández

Por eso ha sido todo un regalo la aparición de El esplendor y la amargura, una voluminosa publicación que transita por la biografía de un hombre que parecía que no tenía biografía (una apariencia fruto del desconocimiento), que bucea en sus relaciones literarias (que las tuvo en un época precisa de su vida: Gerardo Diego, Torrente Ballester, José María de Cossío, Luis Álvarez Piñer, Dionisio Ridruejo, Alberti) y que ofrece una interpretación espléndida y profunda de su poesía, de su discurrir por los ismos (ultraísmo, creacionismo, existencialismo), de sus influencias literarias y de los temas que la sustentan: la fugacidad del tiempo, la belleza, el amor, el caos, la vanidad, la luz, la oscuridad, la tristeza…

Todos saben que la codicia de vivir
cae fuera de propósito,
y que el tiempo clava el acontecer
sin treguas ni patrañas.

Eduardo Moga recorre la poesía de Basilio Fernández para encontrar en ella «el sufrimiento por haber abandonado un proyecto de vida como escritor y los ideales de la juventud: la literatura, el amor y la libertad». Pero también, y esto resulta extraordinario, «el deslumbramiento de la forma, la crepitación exultante del lenguaje y, al mismo tiempo, la oscuridad superlativa de la angustia». Ahí están, pues, las claves que explican el título del estudio.

Gran estudio académico

No creo que exista la menor duda de que El esplendor y la amargura resulta hoy un estudio académico imprescindible sobre Basilio Fernández López que, al decir de Eduardo Moga, es «uno de los más silenciosos, desconocidos y mejores poetas españoles del siglo XX». Y que hoy está, más cerca que nunca de sus lectores. Sobre todo de los leoneses en cuya montaña nació, en una diminuta aldea del Torío:

El 28 de julio de un año sin gloria
Nací a la extrañeza
Y al bienestar de los rincones familiares,
discontinuo y sin sueño
como el que no espera visitas.

El esplendor y la amargura. La poesía de Basilio Fernández
Eduardo Moga
Los Papeles de Brighton, 2025
756 páginas

(Publicado en Heraldo de León, 18 de noviembre de 2025)

Fulgencio Martínez reseña ‘Días del indomable’

Alfredo Rodríguez ha publicado Días del indomable. Diario de un poeta (2010-2011) en la Colección Mayor de la editorial Los Papeles de Brighton. Se trata de una colección de textos hilvanados por la interrogación sobre el sentido que hoy pueda tener la escritura de poesía y, por extensión, la literatura y la cultura mismas. Desde el primer texto, que arranca con esta frase problemática o lapidaria, según el tono que el lector quiera darle: «Nos hemos acostumbrado a vivir sin poesía», dice Alfredo Rodríguez. «Hoy (el poeta) es un individuo extraño, sospechoso». «¿En qué consistirá la vida de poeta?, se pregunta una y otra vez la gente del común?».

Inevitablemente, todo diario crea su propio territorio interior, y para ello la voz narradora precisa afinarse en el trato de algunas obsesiones o preguntas. En el caso de Días del indomable, serán las cuestiones metapoéticas, la reflexión sobre el oficio de poeta ese leitmotiv y marca de territorio. Pero, además, el diario ha de construir su espejo, es decir, un lugar de observación, desde el que reconocerse y desde el que descifrar la vida. Pues, básicamente, un diario personal es un intento de descifrar el mundo, la vida propia o la vida en toda la extensión del término. Y no es poca cosa este empeño, ni hemos –los lectores, invitados a ese círculo– de tomar a egolatría la pasión del diarista por distinguirse del vulgo gris, o simplemente del público indiferente del siglo. El diario mantiene el sello romántico del individuo excepcional. Desde la novela epistolar a manera de diario del Werther, de Goethe, hasta los diarios filosóficos del gran poeta italiano Giacomo Leopardi, o del atormentado Sören Kierkegaard, hasta, ya en el siglo XX, Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez (este en verso y prosa, modernísimo), y los diarios de otro gran escritor italiano, Cesare Pavese (Oficio de vivir, Oficio de poeta), llega al mundo actual, de internet, donde todo quisque lanza al aire sus bagatelas (recordemos, incluso, hace nada, la moda de los aforismos, que ha dado pie a banales títulos publicados y a sinfín de tuiteros compulsivos).

Alfredo Rodríguez deja constancia de esa banalización del oficio de poeta a la vez que se banaliza la confesión que era el género de experiencia que transmitía el diario illo tempore. Incluso, aunque el diario tuviera la vocación inconfesable (o confesada, qué más da) de hacerse público, era una convención aceptada que solo se mostraba a unos elegidos. Entre el autor y el destinatario o destinatarios del diario había una secreta correspondencia en la discreción. Todo el mundo que se preciara, en aquella época romántica, era autor o autora de un diario personal; el elitismo del género literario del diario se daba por consabido.

Las nuevas tecnologías y la banalización de la comunicación -no solo la literaria- han ahondado en la crisis del género diario. Alfredo Rodríguez es muy consciente de ello. Lo característico y creo que más valioso de su diario es que el poeta asume el preguntar por su vocación misma y lo hace con una escritura valiente, sin falsa modestia y sin los filtros que impone la corrección estupefaciente que echa a perder algunos bienintencionados productos culturales del día.

Cree Alfredo Rodríguez que, al final, la poesía es un «intercambio cultural», cosa entre poetas, aunque estos unas veces sean los lectores, otras los mismos editores, poetas de vocación, y casi siempre malos poetas.

«¿Y qué tiene que ver la poesía con la política?». Alfredo Rodríguez mantiene, como pocos poetas hoy hacen, la mirada a la hidra del poder. No se arredra ante aquellos que pueden o no catapultar al poeta en su viaje al Parnaso efímero de una feria, un premio o una estancia en la corte virreinal en «Napoles», que diría don Luis de Góngora. Nada tienen que ver, pero «¿por qué hay gente que se ha empeñado y se empeña siempre en mezclarlas?»». Y concluye así Alfredo Rodríguez: «Siempre los mismos. Siempre ahí, al pie del cañón, tratando de medrar…» Debería interesarnos mucho esta reflexión novedosa, en boca de un poeta consciente y en plena madurez, como es el poeta navarro. Constata y denuncia a la vez. Sin dar gritos, como una verdad dicha con el corazón abierto y con la ingenua constatación de un ser recién advenido al mundo y con la madura agudeza del estilo, en lo cual consiste el punto crítico del poeta, su lugar de observación a prueba de cualquier engaño, o peor, autoengaño. Un poco con esa misma lucidez –mezcla sencilla de ingenuidad y de agudeza curada de espanto– del autor de esa especie de diario que es la prosa cartesiana del Discurso del método.

No crea el lector, sin embargo, que en estas páginas del diario de un poeta no pueda haber lugar a las «risas» y a la admiración hacia los maestros, los poetas que le han afirmado en su vocación y dado ejemplo al autor de una resistencia moral y estética invencibles; indomables como él. Y como ese mismo diario en que están escritas las preguntas (más preguntas que respuestas) que cualquier escritor, tanto si empieza en el oficio como si se encuentra en medio de su carrera, debería hacerse.

Acierta Rodríguez a darle forma literaria a un tema metapoético, manteniendo el acuerdo, siempre frágil, entre el tema elegido, el punto de observación, crítico y sereno (con seriedad a la vez que jovialidad de niño o de dios), y el género del diario, el cual, más que el ensayo, está hoy en cuestión por el riesgo de banalizar cuanto toca. De ese modo sabiamente evita la página erudita intercalada en las anotaciones o la autopredicación a expensas del lector en que suele incurrir el diario. El autor de Días del indomable maneja, además, una prosa ágil, sencilla y de línea clara. En suma, Días del indomable es un libro que creo atrapará desde sus primeras líneas a aquellos que se sientan incómodos en la pendiente acrítica en que se mece desde hace tiempo la cultura española, y en particular la cultura literaria, donde los escritores medran y callan y viceversa. Pero también gustará a quienes amen lo maravilloso, como dice el autor del diario: la maravilla de ciudades como París, la amistad y la entrega sincera mantenida a lo largo de los días, no solo vivencia de un instante de fulgor. Y gustará, en fin, a aquel o aquella joven que empiece a amar la poesía, o a practicar un arte o tarea que le apasione y por el cual, sí, merezca vivir. Para el cual merezca vivir. Diario del indomable termina con estas líneas, en las que el autor confirma «lo que ya tenía él claro, en mente desde muy joven: que sin poesía la vida no vale nada. Eso pretende, a mi entender, este libro… Aquí queda dicho». Es esa transformación del valor de una tarea en el valor de la vida de quien la practica lo que, en el fondo, este libro nos transmite y el valor que nos contagia, casi sin darnos cuenta. Desde la fragilidad y la sencillez de quien todavía busca, como el poeta; como el gran poeta que es Alfredo Rodríguez.

(Publicado en Ágora. Papeles de Arte Gramático, Nueva Colección, núm. 19, parte 1, Alcantarilla (Murcia), verano de 2023, pp. 115-118).