Juan González Soto sobre ‘Entre el barro y la nieve’, de Máximo Hernández

LA VOZ REUNIDA DE MÁXIMO HERNÁNDEZ

por Juan González Soto

Juan González SotoFelizmente, se publica, en una edición magnífica, la poesía reunida de Máximo Hernández (Larache, 1953): Entre el barro y la nieve (2016). Acaso el lector, sin él mismo saberlo, reclamaba esta reunión poética. No es frecuente en estos tiempos encontrar versos con una voz tan lúcida en la introspección, tan cautelosa en la búsqueda del poema, a la vez luminoso y sombrío, una voz discreta y atenta hacia lo íntimo y esencial, vigilante y reservada frente a lo llamativo, profunda en la indagación poética, una voz tan sabia como cuidadosa en la modulación rítmica, en sus sugerencias, sus ecos, sus significados.

La edición, realizada por Juan Luis Calbarro (Palma de Mallorca: Los Papeles de Brighton, 2016), contiene los poemarios y las plaquettes que Máximo Hernández ha ido publicando desde el lejano 1995. Contiene también, recogidos en el apartado final, “Exentos”, cuantos poemas no fueron escritos para formar parte de un conjunto mayor o de un libro. En cualquier caso, se muestran en esta poesía reunida, lo que puede considerarse la obra completa, por ahora, recopilada y reordenada por el propio poeta.

Además, la totalidad de la obra reunida va precedida por muy valiosos documentos: un cuidadoso estudio, haciendo las veces de presentación, firmado por Juan Luis Calbarro, un largo poema en endecasílabos blancos de Ángel Fernández Benéitez (“Tú cantas el dolor, Máximo amigo,/ en la distancia justa”), un extenso estudio firmado por Eduardo Moga, otro más que suscribe María Ángeles Pérez López, dos breves pero útiles comentarios de Juan Manuel Rodríguez Tobal y de Tomás Sánchez Santiago. Siguen a todo lo que ya va dicho una detallada información bibliográfica y unas palabras previas del propio poeta. En definitiva, el lector atento no puede sino agradecer cuanto tiene ante sí, cuanto queda reunido en el voluminoso Entre el barro y la nieve, de manera tan completa y tan rigurosa, tan adecuado desarrollo filológico.

Fue La eficiencia del cielo (2000) el primer poemario que yo conocí de Máximo Hernández. Me sorprendieron la precisión métrica, la intensa brevedad, la concisión descriptiva, la exactitud lírica. El lector discurría, poema a poema, a través de aquella eficacia subrayada en el mero título. Las mínimas cosas de la casa, personajes de cómic, las estaciones del año, objetos y juegos de la infancia, sensaciones humildemente allegadas, las pequeñeces diarias, todo, o casi todo, se congregaba en pequeños poemas que iluminaban cuanto nombraban.

Después conocí el que había sido el poemario inmediatamente anterior, Matriz de la ceniza (1999). Me sobrecogió su perfecta geometría. Aún más me estremeció el comprobar que estaba enteramente dedicado a la muerte, a la muerte como colofón perfecto, como fulguración magnífica. El título ya era, en sí mismo, la precisa culminación de cuanto el poeta diría luego, verso a verso, y con tanta sabiduría: las palabras “matriz” y “ceniza” se aunaban en un equilibrio muy preciso.

Leo ahora el poema “¡Lázaro, sal fuera!”. Me conmueven el puntual avance de los endecasílabos y los alejandrinos, el mesurado, y a la vez contundente, monólogo del resucitado, su ligero, meditado, resentimiento, sus palabras de hombre en paz en su sepulcro y ahora, y de repente, incomodado a voces en el título: “Ahora que ya conozco la levedad del aire/ a qué otra vez la densidad del cuerpo”. Vuelvo a leer el poema que cierra Matriz de la ceniza, “Último gesto de Cesare Pavese”. Percibo cómo el poeta, sabiamente, logra alejarse de la noción de muerte como equivalencia de dolor y negación: “Basta ya de palabras vacías como hombres”. Percibo cómo el poeta, hábilmente, y mediante la palabra poética, logra superar la muerte como fatalidad irreductible: “No quiero una palabra transformada en sudario/ con que enterrar al muerto que llevamos encima”.

El lector atento sabrá recibir a este poeta cuya obra nos convoca ahora a todos. Bienvenida esta reunión Entre el barro y la nieve, esta gran poesía reunida de Máximo Hernández. La lectura de su obra completa suscita el enigma de cómo un poeta que habla de los lugares concretos en que habitan los seres y las cosas, del universo inmanente, provoca, sin embargo, tan profunda sed de trascendencia.

(Publicado en La Opinión de Zamora, 4 de marzo de 2017).

Los Papeles de Brighton en ‘Cuadernos del Matemático’

La histórica revista literaria de Getafe, Cuadernos del Matemático, recoge en su muy recomendable número 55, correspondiente a febrero de 2017, dos trabajos referidos a nuestra casa. En primer lugar, reproduce los “Fragmentos crujientes sobre Larry Brown” de Luis Ingelmo: un jugoso extracto de su libro El crujido de la amapola al sangrar -publicado en nuestra colección Mayor- centrado en el autor norteamericano. Por su parte, Manuel Enrique Ferrero Hernández publica una versión de la presentación que hizo en octubre del poemario Memoria del ave encanecida, de Ángel Fernández Benéitez -publicado en Minúscula-, bajo el título “Última revelación del canto”. Enhorabuena y gracias a ambos, así como a Ezequías Blanco y su equipo.

Cuadernos del Matemático 55

José Enrique Martínez escribe sobre ‘Memoria del ave encanecida’

EN EL RINCÓN DEL BOSQUE

por José Enrique Martínez

José Enrique MartínezEl poeta de provincias suele elaborar morosamente sus versos, sin la urgencia de la publicación o de la fama. Los poetas de Zamora, en concreto, forman un grupo valiosísimo a la luz de maestros como Claudio Rodríguez, García Calvo, Hilario Tundidor y de otros más cercanos en edad como Tomás Sánchez Santiago. Son sus nombres Máximo Hernández, Juan Luis Calbarro, Ezequías Blanco, Rodríguez Tobal… Añadamos el nombre de Ángel Fernández Benéitez, del que hace un tiempo reseñamos aquí Blanda le sea (2010), poemas de tonalidad melancólica; monólogos dramáticos extensos para modelar reposadamente el pensamiento. En 2015 apareció Perdulario. Antología poética (1978-2013), con piezas de todos sus libros y excelente prólogo inicial de Máximo Hernández. El nuevo poemario, Memoria del ave encanecida, es de formato pequeño y lo introduce un prólogo magnífico de Eduardo Moga. Poemario diferente de los anteriores, dispone de unidad métrica, rítmica y de fondo: son 55 poemas de idéntica contextura: cuatro cuartetas octosilábicas cada uno: en total, 880 versos en forma de canción. Es a mi parecer un poema de poemas, un único texto lírico organizado en los fragmentos indicados. Me permitirá el poeta que use una carta personal que aclara el titulo y el libro mismo: al regreso de una cena con amigos, «me quedé en la ciudad sin coche y hube de regresar a casa a pie, recorriendo la vereda del río por zona frondosa. Serían las tres de la mañana y oí, por primera vez, un extraño cantar. Recordé el inglés nightingale y supuse que era el ruiseñor. Vinieron los primeros versos y se completaron los siguientes».

De ahí el comienzo: «Quien a lo oscuro canta/ la noche lo desvela»; y de ahí, brotando de la noche, las sucesivas referencias: un sentimiento íntimo, gozoso, lo apartado, la soledad, el misterio, el canto, la voz secreta, lo escondido, la ceguera simbólica, el deseo y, por supuesto, los elementos de la naturaleza, aludidos o sugeridos: «Diga fresco o lucina,/ senderos diga, plata,/ horizonte infinito,/ caído reverbero». Adviértase la levedad de canción del poemario, la delicadeza expresiva del poeta, que no sólo expresa sentimientos íntimos o la soledad de la noche, sino pensamientos como estos: «Más conoce quien solo/ acude en lo apartado/ a secreto hilandero,/ pues lo suyo practica». Se trata de trascender la mera sensación del canto del ave en un poemario de «verbo abrasado», como dice uno de los poemas.

(Publicado en Filandón, suplemento literario de Diario de León, 6 de noviembre de 2016).

David Torres sobre ‘Palabras para Ashraf’

PALABRAS PARA ASHRAF

por David Torres

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Arabia Saudí es uno de esos países donde los derechos humanos están escritos en papel higiénico. A menudo se nos olvida que los derechos humanos y, especialmente la libertad de expresión, no son manzanas caídas de los árboles sino dolorosas conquistas que han costado siglos, muchedumbres de muertos, toneladas de sangre y océanos de libros quemados. Hay otros derechos (al trabajo, a un salario justo, a la vivienda) que también se hallan en franco retroceso en occidente y por la misma razón: porque olvidamos cuánto esfuerzo llevó ganarlos. De vez en cuando aparece un mártir para recordarlo: aunque la palabra tiene connotaciones religiosas, no está mal traída ya que la inmensa mayoría de los mártires lo han sido en nombre de la religión y con su copyright encima. Empezando por aquel fulano llamado Jesucristo.

Ashraf Fayadh, poeta y comisario artístico palestino, fue condenado por un tribunal saudí a cuatro años de prisión y luego a muerte por los cargos de ateísmo, apostasía y ofensas al islam. Su delito: escribir versos. En un acto de gracia no poco gracioso, la pena de muerte ha sido conmutada por ocho años de prisión y 800 latigazos. Durante el proceso, como es habitual en Arabia Saudí, no tuvo derecho a un abogado y el juez ni siquiera se dignó a hablar con él. Lo que se oculta realmente tras la sentencia no es más que la reacción a la crítica política que se desprende de su poemario Instrucciones en el interior (2008) y a su grabación de imágenes de torturas por parte del régimen saudí. Aparte de las excusas religiosas, la sentencia contra Ashraf pretende erigirse en escarmiento contra toda la comunidad artística del país.

Es repugnante que los representantes de la comunidad internacional y muy especialmente de los países occidentales y europeos hayan permanecido en silencio ante éstas y otras no menos flagrantes violaciones de los derechos humanos. Es sencillamente ridículo que la ONU -ese solemne montón de vaciedades y basura paralelepípeda- nombrara el año anterior a Arabia Saudí defensora de los derechos humanos. El aliado fundamental de EEUU en el mundo árabe resulta, en muchos aspectos, una monarquía datilera, sanguinaria, retrógrada y paleolítica donde el culto al petróleo y al dinero está muy por encima de la vida y la dignidad humanas.

La editorial Los Papeles de Brighton acaba de publicar Palabras para Ashraf, un libro colectivo de apoyo y homenaje al poeta palestino que cuenta con un nutrida antología de textos firmados, entre otros, por Antonio Gamoneda, Aurora Luque, Beatriz Becerra, Ben Clark, Isabel Camblor, Jesús Ferrero, Jaime Siles, Jordi Doce, Juan Carlos Mestre, Marta Agudo y Román Piña Valls. Cuando Juan Luis Calbarro, poeta y director de la editorial, me pidió colaborar en el proyecto no lo dudé un instante. Los textos -la mayoría de ellos poemas- fueron cedidos desinteresadamente y los beneficios del libro están destinados íntegramente a una organización en defensa de los derechos humanos en Arabia Saudí.

Al enterarme de la condena contra Ashraf, de inmediato pensé en la fatwa contra Salman Rushdie en 1989 por la publicación de Los versos satánicos. Estaba terminando la carrera de Filología Hispánica y de repente la literatura medieval se hizo presente en plena posmodernidad y de un modo por completo inesperado. Ilustres especialistas en derecho internacional y profesores de árabe discutían en tertulias televisivas si la novela en cuestión era culpable del delito de apostasía o de blasfemia. En realidad, era culpable de un delito mucho peor: la literatura, ese faro que ilumina las tinieblas desde nuestros orígenes y que a lo largo de los siglos ha ido pariendo textos tan peligrosos como La Ilíada, Hamlet, El Quijote y la Declaración de los Derechos del Hombre. La historia de Ashraf nos recuerda que los inquisidores siguen ahí, aunque en nuestro orbe occidental ya no suelen vestir de clérigos. También nos advierte de que la literatura, grande y pequeña, buena y mala, siempre ofende, ya sea a base de viñetas sobre Mahoma, chistes de mal gusto, teatros de títeres o novelas machistas.

(Publicado en Cuarto Poder, 9 de octubre de 2016)

Eduardo Moga comenta ‘Palabras para Ashraf’

Hace algunos meses, Juan Luis Calbarro, amigo, poeta y editor de Los Papeles de Brighton, el sello en el que aparecieron en 2014 mis Décimas de fiebre, tuvo la feliz iniciativa de publicar un libro en homenaje y que contribuyera a la liberación del poeta saudí Ashraf Fayad. Como ha explicado Juan Luis en diversos foros, Ashraf, poeta y comisario artístico, fue condenado por un tri­bunal saudí, primero, a cuatro años de prisión y, un año des­pués, a muerte, por los deli­tos de blasfemia, ateísmo y ofen­sas al Islam. Su error había sido escribir versos. Reciente­mente, gracias en parte al trabajo denodado de su familia y en parte a la enorme repulsa internacional, le ha sido conmutada la pena por la de ocho años de prisión más ochocientos latiga­zos, administrados en dieciséis series de cincuenta. Las verdaderas causas de su condena parecen ser la visión crítica de la realidad que encierra su poemario Instrucciones en el interior (2008), su posición influyente en la renovación del arte saudí y, también, que grabó y publicó imágenes de una actuación represiva por parte de la policía religiosa del régimen. Durante el proceso que lo abo­có a la muerte se había conculcado el derecho universal a la de­fensa: el juez ni siquiera había hablado con el reo. Pese a la conmutación de la pena capital impuesta inicialmente, el castigo que aún ha de soportar Ashraf es brutal: ocho años de cárcel y ochocientos latigazos. Tantos los atroces vergajazos como el hecho de que exista una policía religiosa o que se encarcele a la gente por ateísmo y ofensas a la religión, esto es, por expresar la propia opinión y el contenido de la conciencia individual, nos retrotraen de lleno a la Edad Media, que es el periodo histórico en el que el Islam se sitúa doctrinal y moralmente. Que se den situaciones así y casos como el de Ashraf —abundantes en muchos países, sobre todo en los musulmanes, aunque solo tengan eco en nuestras sociedades occidentales los que, por la personalidad y circunstancias particulares de los reos, salten a la palestra internacional— constituye una vergüenza universal y un baldón ignominioso para los propios mahometanos. Uno se pregunta, ante situaciones como esta, dónde están los musulmanes progresistas, si es que esto no es una contradicción en los términos; dónde, los que creen que la religión ha de respetar los derechos humanos y las libertades individuales; dónde, los que consideran que penas como las que ha de sufrir Ashraf degradan al género humano. Los que tanto se preocupan por que las mujeres puedan seguir tapándose como momias, o por disponer de un lugar para arrodillarse en dirección a La Meca y rezar a un dios inexistente pero cruel, harían mejor practicando la compasión e impugnando, por decencia, por dignidad, leyes como las saudíes, propias de los neanderthales (aunque es probable que los neanderthales fueran más caritativos que la Casa de Saúd).

Palabras para Ashraf

El libro pensado por Juan Luis ya existe: se titula Palabras para Ashraf: cuenta con un prólogo del propio Juan Luis Calbarro, otro de Mounir Fayad, hermano de Ashraf y una de las personas más implicadas en la lucha por su liberación, un hermoso poema de Ashraf, perteneciente a su libro Instrucciones en el interior, y las colaboraciones, en forma de poemas, relatos, artículos o pequeños ensayos, de 61 escritores españoles (y algunos hispanoamericanos), entre ellos algunos tan notables como Antonio Gamoneda, Jaime Siles, Félix de Azúa o Juan Carlos Mestre, y muchos excelentes amigos: Alfredo Gavín, Juan López-Carrillo, Jordi Doce, Marta Agudo, Juan Luis Calbarro, Kepa Murua, Luis Ingelmo, María Ángeles Pérez López, Máximo Hernández, Ramón García Mateos, Regino Mateo, Ricardo Hernández Bravo, Tomás Sánchez Santiago o Teresa Domingo Catalá, entre otros. Yo participo con dos entradas de mi blog anterior, Corónicas de Ingalaterra: “Alá no es grande”, publicado el 10 de enero de 2015, y dedicado, precisamente, a Ashraf Fayad, con ocasión de los atentados yihadistas contra el parisino Charlie Hebdo; y “Si insulta a mi madre, le espera un puñetazo”, aparecido nueve días más tarde, a raíz de las declaraciones del papa Francisco sobre la reacción violenta que cabía esperar si se criticaba a la Iglesia. Palabras para Ashraf, como todos los libros de Los Papeles de Brighton, se vende por Amazon, pero el producto de esa venta será destinado, íntegramente, a una ONG que actúe en pro de los derechos humanos en Arabia Saudí. Aunque nunca he incorporado mensajes publicitarios ni propuestas de compra a mi blog, creo que en este caso está justificado. Os adjunto, pues, la portada del libro y el primero de los textos con los que he colaborado en el volumen, y os indico también el enlace con Amazon, para que adquiráis tantos ejemplares como os apetezca. Yo animo a todos a hacerlo.

(En su blog Corónicas de Españia, 22 de mayo de 2016)

Arturo Muñoz sobre ‘Leer para vivir’, de Juan Jiménez Castillo

En el proceloso panorama de la educación en Baleares, la voz de Juan Jiménez Castillo se distingue con luz propia. Mientras otros se sirven de la educación a modo de coartada para divulgar convicciones ideológicas que apenas disimulan un proyecto político, Juan Jiménez procede de forma radicalmente diferente. En sus libros – y éste es el tercero que publica en tres años- se adentra rigurosamente en las deficiencias reales de la práctica docente diaria, y lo que es más importante todavía, propone formas efectivas de mejorarla. No es casualidad que llegue tan lejos, pues el lector comprobará que a un profundo conocimiento del marco teórico y sus tendencias, suma la experiencia real del terreno que pisa –el de las aulas – soslayado precisamente por algunos de los que más elevan el tono en temas educativos. Insisto: no es lo mismo valerse de la educación que servir a la misma.

Pese a que nadie ignora la trascendencia de la lectura como habilidad fundamental, las revelaciones que hace Juan Jiménez con su fino análisis, le dejan a uno pensativo. En lugar de repetir argumentos trillados a los que se recurre habitualmente como cortinas de humo –pedir sin más la implicación de las partes o atribuir toda deficiencia a los condicionantes económicos- nuestro autor centra su investigación en causas internas relativas al ejercicio profesional de la enseñanza en las aulas, sin atribuirlas, como se acostumbra muy a la ligera, a factores externos. Su testimonio de que en las escuelas de Baleares se dispone de un enfoque sobre cómo aprender a leer, pero no de un verdadero método de aprendizaje, confirma la sospecha de que no siempre ha triunfado el mejor modelo pedagógico posible, por enjundioso y sugerente que suene su nombre (Teberovsky). Si sumamos a esto que el mismo marco legal –la LOE- no impulsa el desarrollo de la lectura por no contemplarlo como objetivo finalista hasta la educación primaria -siendo factible adelantarlo al segundo ciclo de la educación infantil-, o que los equipos de las escuelas de Infantil y Primaria no siempre hayan acordado ni discutido qué es lo que más conviene a los niños, resulta patente que se deben hacer mejoras profesionales concretas. En nada se parece todo ello a hacer meras declaraciones de buenas intenciones.

En Leer para vivir, Juan Jiménez revela una situación paradójica. Pese a que nadie niega la trascendencia de adquirir la habilidad de la lectoescritura, resulta que ha triunfado en las escuelas la renuncia a ejercer el papel de verdadero estímulo que desarrolle el potencial de los niños en cuanto brota. Un potencial innato, que ve mermada su capacidad de crecimiento exponencial si no es aprovechado a tiempo, cuando no se malogra. La causa radica en el constructivismo, en un pseudoprogresismo mal entendido que idealiza y eterniza el juego, y en los efectos de lo que Basil Bernstein denominó pedagogías implícitas. Combinando la ironía del experto y el rigor del científico, Juan Jiménez analiza la suma de esos factores, y demuestra sus verdaderas consecuencias. Así pues, los juzga por sus resultados en lugar de por la magia retórica con las que son promovidos, como si la innovación que los caracteriza fuera un fin en sí mismo. No se aprende a leer hojeando, mirando o jugando con los libros -sino que se necesita una labor metódica previa- y, mucho menos todavía, se debe renunciar a las cartillas de lectura. La progresiva desaparición de estos materiales redunda en otra consecuencia indeseable: se extingue la provechosa posibilidad de colaboración de los padres, que ni tan solo pueden prolongar la labor del maestro en casa, fomentando el hábito y el placer de leer. Precisamente en este sentido, Juan Jiménez reivindica la experiencia positiva de las escuelas de padres. Y expone un programa por niveles en los que éstos formen parte de la comunidad educativa (maestros, niños y padres), adquiriendo estrategias prácticas fáciles de llevar a cabo.

Por último, una simple reflexión sobre los posibles defectos de las ciencias humanas frente a las ciencias naturales, que supuestamente los superaron hace siglos. Juan Jiménez Castillo está en el grupo de los que dignifican el estatus de la Pedagogía, inclinándola del lado de la ciencia y alejándola del de la propaganda, motivo por el que no siempre ha salido bien parada del ruido mediático de quienes más dicen defenderla. Los que hemos tenido en ocasiones anteriores la grata experiencia de descubrir -gracias precisamente a la lectura- obras y fuentes que las versiones deformadas de los hechos pretendían escamotearnos, tenemos con Leer para vivir, un ejemplo vivo de lo que su título anuncia. Y una prueba de cómo hay que proceder y por dónde empezar, si realmente se pretende mejorar la realidad educativa española.

(Prólogo del libro Leer para vivir, leído durante su presentación el 17 de octubre de 2014 y publicado en el blog de Arturo Muñoz el 25 del mismo.)

Juan Jiménez Castillo y Arturo Muñoz

Eduardo Moga sobre ‘Destrucciones’, de Teresa Domingo Català

DESTRUCCIONES

Eduardo Moga

Teresa Domingo Català vive en Tarragona, una de esas provincias que no parece existir para la poesía, pero que, en cambio, alberga una nutrida comunidad de autores, tanto en castellano -lo que tiene un mérito singular, dadas la condiciones socioculturales del lugar- como en catalán. Entre los primeros, por ahí andan, sin dejar de dar guerra, a pesar del silencio, o incluso del desdén, en que los mantienen las diferentes capitalidades que hay que sufrir en este país, Ramón García Mateos, Alfredo Gavín, Juan López-Carrillo, Ramón Oteo, Juan Carlos Elijas, Manuel Rivera, Enrique Villagrasa o la propia Teresa Domingo, entre otros. Yo la había conocido hacía algún tiempo ya, en recitales o encuentros poéticos, pero había sido un conocimiento fugaz, de esos que se hacen, a trompicones, en los actos literarios. Sin embargo, no fue hasta hace cuatro años, a finales de 2010, cuando tuve la posibilidad de detenerme un poco más en su obra y en su persona. Teresa me pidió que presentara en Barcelona Luzbel de penumbra, un excelente poemario que había publicado en El Gaviero, la editorial de la llorada Ana Santos. Yo no hacía mucho que había publicado en la misma editorial Los haikús del tren, y aquella coincidencia reforzó nuestra aproximación. Presentamos Luzbel de penumbra en la sala gótica de la librería Catalonia, hoy desaparecida: otra realidad que añoramos.

Eduardo Moga y Teresa Domingo Català

Desde entonces, he seguido con interés la trayectoria de Teresa, que se desarrolla en tres ámbitos fundamentales: la poesía, la poesía erótica y el teatro. Publica ahora un nuevo poemario, Destrucciones, en Los Papeles de Brighton, el benemérito sello de Juan Luis Calbarro, en el que yo también he dado a conocer mis Décimas de fiebre: una nueva confluencia editorial. Sorprende de Teresa, en primer lugar, la versatilidad, y no solo por su dedicación a la literatura dramática: en su faceta estrictamente lírica, encontramos coplas, sonetos, poemas experimentales, piezas satíricas, proclamas eróticas y ahora, en Destrucciones, poemas en prosa. Son treinta y siete, sin título -solo identificados por números romanos-, que componen una obra compacta, de extraordinaria coherencia. El poema en prosa constituye una piedra de toque para todo escritor, porque obliga a repensar las estrategias poéticas: porque exige nuevos asedios de la palabra y una adecuación singular del pensamiento al flujo de la escritura. Los mecanismos constructivos, las apoyaturas de los ritmos y de los pies clásicos, las convenciones de la retórica, a las que todos estamos hechos, no sirven -al menos, no de forma inmediata- para la composición de poemas en prosa. Escribirlos supone un desafío, y Teresa Domingo se lo ha impuesto con la deliberación del creador que busca caminos, no sé si nuevos, pero sí otros, vías intransitadas, territorios desconocidos: ese atrevimiento la acredita como poeta, aunque tantee, incluso aunque fracase.

Pero en Destrucciones no fracasa: resuelve el reto de esta forma distinta de hacer poesía, menos evidente, más sembrada de trampas y oquedades, con la brillantez que ya había acreditado en sus libros anteriores. Su autora ha escrito del poemario que “traduce el intenso sufrimiento de la destrucción de la identidad (…). El dolor de la muerte del yo, el intenso terror de sentir cómo se fragmenta el interior de un ser humano y se destruye… Las únicas salidas a la desesperación son el estoicismo y la literatura: resistir es la única opción”. Teresa Domingo afirma este propósito y esta salvación con lúcida intensidad: su forma de relatar el desmoronamiento de la conciencia, la anulación del ser, no se aparta de su estilo, sino que lo acentúa, lo radicaliza. En toda su obra, la poeta se ha expresado con violenta energía, con espíritu sangrante. Su palabra ama lo material, o, mejor dicho, lo matérico. La metáfora constituye un instrumento esencial para la expresión de ese afán torturado, de esa voluntad de hincar en el verbo todo el peso del cuerpo y del sentimiento, de arrancar de las entrañas del lenguaje un sentido nuevo y un sonido desnudo. Teresa no se anda con levedades ni con dulzonerías. Su decir es desagarrado, hiriente (porque ella está herida), anatómico, femenino, turbulentamente musical; y también chirriante, porque la poesía ha de chirriar a veces, como chirrían los grillos, o los pájaros, o los motores de las máquinas, o el pensamiento, o la vida. Uno se mete en sus versos como quien mete las manos en una masa muy espesa, aromática, pero también acre; una masa que, además, cambia de color: a veces es negra, a veces arcoirisada, pero siempre del color de la sangre. Los poemas de Destrucciones son bofetones armoniosamente dados, con equilibrio y dolor. Este es uno de ellos:

XXI

Se alían el cieno y la penumbra. Germina la desolación como un edificio abandonado. Se abisma el amor, sus garfios retroceden. El verano aumenta el terror con su fluidez. Los niños fluyen, el miedo se acrecienta. Viajo con calzador, describo la muleta. La vida se superpone en su vasto vergel y se transforma, el corazón se aterra. Crece en mí la hierba de la destrucción, la siento crecer en mi cuerpo mutilado, la siento crecen en la cruz, en el hoyo, con la brutalidad del asesinato de César. Se alza en mí la crueldad y los viejos visten mi coraza, ahora solo espero el alivio, el consuelo de la noche. Nocturna, soy como una estrella muerta en el regazo de su madre. Mi sangre estalla entre las venas y parpadea unos segundos antes de morir. Me reflejo en el origen, en la consunción. Soy pura lava que desciende hasta el barranco que tiembla en su intensidad y después se apaga, suicida. Soy la Mesías del Anticristo, la consejera del Apocalipsis. En mí, sucede. Vivo en la fragua. Allí me despedazan. Soy materia ígnea, sebo. Sobrevivo entre metales, entre terrores y me siento calcinar por la hoz incandescente de la vibración selvática.

(Del blog de Eduardo Moga, Corónicas de Ingalaterra)