Eduardo Moga sobre Jorge Rodríguez Padrón

CON JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN Y JUAN LUIS CALBARRO

Eduardo Moga

He quedado a comer hoy con Jorge Rodríguez Padrón y Juan Luis Calbarro en un restaurante llamado Giraffe, cerca de la estación de Victoria. Juan vuelve hoy de España, con sus hijos, Coral y Miguel, y desde Gatwick, en lugar de virar a Brighton, al sur, lo ha hecho a Londres, al norte, para reunirse con nosotros. Jorge, por su parte, tiene a un hijo en la ciudad desde hace años, y viene con frecuencia a visitarlo. En 2007, tuvo la amabilidad de presentar mi poemario Cuerpo sin mí en la escuela de letras Hotel Kafka, de Madrid; luego, incluso le ha dedicado a mi poesía alguna consideración crítica, que le agradezco fraternalmente. No obstante, no hemos tenido demasiado trato estos últimos años, y me apetece mucho charlar con él. Juan le enseña primero un ejemplar de Algunos ensayos de más, que Jorge acaba de publicar en Los Papeles de Brighton. Prosigue, así, una trayectoria crítica admirable, en la que Jorge se ha significado, con especial énfasis, por el análisis de la literatura canaria y de la literatura hispanoamericana, aunque, nos cuenta, ha abandonado las consideraciones locales -por amplias que sean, como las de la poesía del otro lado del Atlántico- para embarcarse en exámenes universales, como la influencia oriental en el surgimiento del Romanticismo. De Jorge me admira, con frecuencia, esa capacidad que tiene para establecer nexos, más aún, órbitas, una capacidad que, a lo largo de mi vida, en España, solo he constatado en unos pocos humanistas, como José María Valverde o Martí de Riquer (que no es casualidad que firmaran juntos una impagable historia de la literatura universal). Valverde, por ejemplo, de quien fui alumno, podía urdir una clase empezando por Antonio Machado, saltar (sin acrobacias: pertinentemente) a Ludwig Wittgenstein, darse desde el austríaco una vuelta por, digamos, las danzas de la muerte medievales, remontarse hasta el Libro de los Salmos, brincar otra vez, pero dando la impresión de que se deslizaba, hasta Marx, y aterrizar nuevamente en nuestra época, de la mano de César Vallejo, todo ello sin perder el hilo, ni recurrir a ripios docentes, ni alterar la voz. Así también Jorge Rodríguez Padrón, aunque, por una de esas frecuentes crueldades españolas (que son, en realidad, desidia y malquerencia, hijas de este intratable país de cabreros que seguimos siendo), su obra crítica -fundada, también, en un estilo singularísimo, de bucles y ramificaciones que se exploran a sí mismos- es aún menos conocida de lo que debiera. Como he escrito en algún sitio, me asombra que un ensayista de su calidad no disfrute de una presencia mayor, y hasta privilegiada, en las tribunas literarias españolas, y eso es algo que solo puedo calificar como un desperdicio: nuestro país, que se conoce que va sobrado, se permite cosas así. Pero Jorge no es solo un escritor grave, sino también un hombre lleno de humor, y tanto Juan como yo disfrutamos de él en la comida. El repaso a los personajes y personajillos que componen la farándula poética es ineludible, y nos aplicamos a él con jubiloso ahínco. Le dedicamos a los literatos canarios una atención especial. Es lógico: Jorge es canario y conoce muy bien a los autores de las islas. Yo cuento que no he tenido suerte con los poetas canarios, gente susceptibilísima y espiritualísima, con los que no he podido (o sabido) conectar, aunque siempre haya alguna excepción, como Ricardo Hernández Bravo, a quien los tres consideramos una persona y un poeta excelentes, y un gran amigo. También hablamos de cierto vate grancanario con quien a menudo se confunde a Jorge, para su aflicción. Dicho poeta, cuya lista de premios sobrecoge (entre los que se cuenta alguno tan pintoresco como la Medalla de Oro de la Cultura China), y que ha llegado a postularse para el Premio Nobel, ha publicado dos volúmenes de una epopeya monstruosa, un “canto universal a las islas canarias”, aunque minúscula en relación con su proyecto global: componer una epopeya sin precedentes en la historia de la literatura (sic), de más de 100.000 versos, ante la que palidecerían La Odisea La Ilíada, que solo tienen 5.000 y 12.000 versos, respectivamente. El océano de la literatura, ciertamente, está habitado por criaturas extrañas. Pienso en este émulo archipelágico de Gilgamesh, dedicando veinte años -eso afirma que le llevará culminar el proyecto- a pergeñar algo tan anacrónico como un poema épico nacional, un género enterrado desde hace siglos en los sótanos de la historia, y se me abren las carnes. ¿Quién puede estar tan trastornado de grandeza como para hacer algo así? ¿Quién puede creer que eso le abrirá las puertas de la gloria? La conversación, por fortuna, no se queda en este friqui del endecasílabo, y sigue desarrollándose por todos los rincones del panorama poético patrio. Nos reímos, desde luego, pero también nos entristecemos un poco, que es lo que siempre ocurre con la sátira. Tomamos postres, tomamos tés (ellos; yo sigo fiel al café) y, por fin, reídos, vaciados, nos despedimos y nos abandonamos a la lluvia, que vuelve a caer, mansa, después de una mañana de sol acariciante.

jorge2 Eduardo Moga

(Del blog de Eduardo Moga, Corónicas de Ingalaterra)

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