Arturo Muñoz sobre ‘Leer para vivir’, de Juan Jiménez Castillo

En el proceloso panorama de la educación en Baleares, la voz de Juan Jiménez Castillo se distingue con luz propia. Mientras otros se sirven de la educación a modo de coartada para divulgar convicciones ideológicas que apenas disimulan un proyecto político, Juan Jiménez procede de forma radicalmente diferente. En sus libros – y éste es el tercero que publica en tres años- se adentra rigurosamente en las deficiencias reales de la práctica docente diaria, y lo que es más importante todavía, propone formas efectivas de mejorarla. No es casualidad que llegue tan lejos, pues el lector comprobará que a un profundo conocimiento del marco teórico y sus tendencias, suma la experiencia real del terreno que pisa –el de las aulas – soslayado precisamente por algunos de los que más elevan el tono en temas educativos. Insisto: no es lo mismo valerse de la educación que servir a la misma.

Pese a que nadie ignora la trascendencia de la lectura como habilidad fundamental, las revelaciones que hace Juan Jiménez con su fino análisis, le dejan a uno pensativo. En lugar de repetir argumentos trillados a los que se recurre habitualmente como cortinas de humo –pedir sin más la implicación de las partes o atribuir toda deficiencia a los condicionantes económicos- nuestro autor centra su investigación en causas internas relativas al ejercicio profesional de la enseñanza en las aulas, sin atribuirlas, como se acostumbra muy a la ligera, a factores externos. Su testimonio de que en las escuelas de Baleares se dispone de un enfoque sobre cómo aprender a leer, pero no de un verdadero método de aprendizaje, confirma la sospecha de que no siempre ha triunfado el mejor modelo pedagógico posible, por enjundioso y sugerente que suene su nombre (Teberovsky). Si sumamos a esto que el mismo marco legal –la LOE- no impulsa el desarrollo de la lectura por no contemplarlo como objetivo finalista hasta la educación primaria -siendo factible adelantarlo al segundo ciclo de la educación infantil-, o que los equipos de las escuelas de Infantil y Primaria no siempre hayan acordado ni discutido qué es lo que más conviene a los niños, resulta patente que se deben hacer mejoras profesionales concretas. En nada se parece todo ello a hacer meras declaraciones de buenas intenciones.

En Leer para vivir, Juan Jiménez revela una situación paradójica. Pese a que nadie niega la trascendencia de adquirir la habilidad de la lectoescritura, resulta que ha triunfado en las escuelas la renuncia a ejercer el papel de verdadero estímulo que desarrolle el potencial de los niños en cuanto brota. Un potencial innato, que ve mermada su capacidad de crecimiento exponencial si no es aprovechado a tiempo, cuando no se malogra. La causa radica en el constructivismo, en un pseudoprogresismo mal entendido que idealiza y eterniza el juego, y en los efectos de lo que Basil Bernstein denominó pedagogías implícitas. Combinando la ironía del experto y el rigor del científico, Juan Jiménez analiza la suma de esos factores, y demuestra sus verdaderas consecuencias. Así pues, los juzga por sus resultados en lugar de por la magia retórica con las que son promovidos, como si la innovación que los caracteriza fuera un fin en sí mismo. No se aprende a leer hojeando, mirando o jugando con los libros -sino que se necesita una labor metódica previa- y, mucho menos todavía, se debe renunciar a las cartillas de lectura. La progresiva desaparición de estos materiales redunda en otra consecuencia indeseable: se extingue la provechosa posibilidad de colaboración de los padres, que ni tan solo pueden prolongar la labor del maestro en casa, fomentando el hábito y el placer de leer. Precisamente en este sentido, Juan Jiménez reivindica la experiencia positiva de las escuelas de padres. Y expone un programa por niveles en los que éstos formen parte de la comunidad educativa (maestros, niños y padres), adquiriendo estrategias prácticas fáciles de llevar a cabo.

Por último, una simple reflexión sobre los posibles defectos de las ciencias humanas frente a las ciencias naturales, que supuestamente los superaron hace siglos. Juan Jiménez Castillo está en el grupo de los que dignifican el estatus de la Pedagogía, inclinándola del lado de la ciencia y alejándola del de la propaganda, motivo por el que no siempre ha salido bien parada del ruido mediático de quienes más dicen defenderla. Los que hemos tenido en ocasiones anteriores la grata experiencia de descubrir -gracias precisamente a la lectura- obras y fuentes que las versiones deformadas de los hechos pretendían escamotearnos, tenemos con Leer para vivir, un ejemplo vivo de lo que su título anuncia. Y una prueba de cómo hay que proceder y por dónde empezar, si realmente se pretende mejorar la realidad educativa española.

(Prólogo del libro Leer para vivir, leído durante su presentación el 17 de octubre de 2014 y publicado en el blog de Arturo Muñoz el 25 del mismo.)

Juan Jiménez Castillo y Arturo Muñoz

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