Los Papeles de Brighton en ‘El Mundo-El Día de Baleares’

CALBARRO, EDITOR DESDE INGLATERRA

Marcos Torío

Juan Luis Calbarro hizo las maletas para vivir en la brumosa Inglaterra y, de isla a isla, el gusto por la literatura mutó en un papel más activo. Desoyó «este momento de crisis» y tiró de «imaginación» para fundar Los Papeles de Brighton, una editorial que apuesta, en su arranque, por el ensayo y la poesía, géneros tradicionalmente alejados de los superventas.

Hacer dinero no era, ni de lejos, la prioridad del dirigente de UPyD que, sin embargo, ha optado por reducir los riesgos con un modelo editorial propio de emprendedores modestos, pero ajustado a los cambios del sector. No hay una gran tirada de los títulos, sino que se imprime según el cliente solicita el libro. «Este modelo de negocio me permite utilizar herramientas de edición muy sofisticadas directamente conectadas a la venta en línea y, así, sortear dificultades añadidas como el carísimo peaje de las distribuidoras. Imprimir atendiendo la demanda, por otro lado, abarata enormemente los costes. Todo ello permite hacer rentable un negocio que, de acuerdo con el sistema tradicional, y si no eres Planeta, hoy resulta prácticamente ruinoso», explica Calbarro sobre un método que le ha permitido atender «géneros minoritarios que merecen un lugar bajo el sol».

Más adelante, llegará la narrativa. Entonces, su criterio seguirá siendo «sólo la calidad, algo tan simple y tan difícil», unida a una concepción de la literatura alejada de los fastos y el pavoneo del creador exhibicionista. «Siempre me ha preocupado más el contenido de las obras literarias que la sociología de la literatura: todo eso de hacer la pelota a los críticos importantes, ir a las jornadas o frecuentar los saraos. No me impresionan los escritores-personaje, los que van de artistas, sino obras tal vez discretas pero serias, escritas laboriosamente en el silencio de un despacho», describe antes de apuntalar la idea: «No me interesan los autores que se codean con los influyentes, sino los que rinden homenaje a la palabra, los que prescinden del efectismo y de las modas, los que se centran en la obra. Nunca falla: las grandes obras suelen hablar calladas».

Por eso, Los Papeles de Brighton se dirige a «todo aquel que esté cansado de la literatura comercial y busque en la lectura ideas que despabilen la conciencia, imágenes y palabras que obliguen a pensar». Está convencido de que existe un público de estas características «mucho más amplio» de lo que se cree.

Calbarro opina que lo último que se necesita son «editores conformistas y profesionales de la subvención». Su visión se ejemplifica en un puñado de apuestas que incluye Siete sonetos piadosos de Carlos Juliá Braun, «una divertidísima plaquette de poemas satíricos de un poeta muy excéntrico»; Aguapié, el primer poemario de Luis Ingelmo; la recopilación Poesía incompleta (1994-2013) de Julio Marinas o Décimas de fiebre de Eduardo Moga, «uno de los mayores poetas españoles vivos».

El catálogo incluye también el ensayo Diez artistas mallorquines del propio Calbarro y tres títulos en cartera: Algunos ensayos de más, «una oportunísima reflexión sobre la memoria, la identidad, la democracia y la cultura» de Jorge Rodríguez Padrón; el poemario Destrucciones de Teresa Domingo Català y el primer volumen de la colección Academia: Leer para vivir de Juan Jiménez Castillo.

Carlos Jover se une a la nómina de autores con Bajo las sábanas, que el autor describe como novela y el editor opta por calificar de «cantar en prosa». Según Calbarro, se trata de «una apuesta feroz y atrevida, un libro de densa reflexión metafísica, pero también rabiosamente crítico con la realidad social» y que desarrolla «un universo psicológico abrumador, por momentos asfixiante». La apuesta es tan segura que concluye: «Carlos es un escritor maduro y un valor ya imprescindible de la literatura mallorquina».

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(Publicado en El Mundo-El Día de Baleares, 20 de marzo de 2014)

Eduardo Moga escribe sobre Los Papeles de Brighton en ‘Quimera’

LOS PAPELES DE BRIGHTON

Eduardo Moga

Hay personas que llevan la literatura consigo. Pueden dedicarse a muchas cosas, pero nunca abandonan el consuelo de la lectura, el cuidado y el amor por la palabra, y, también, el gusto por la edición elegante y rigurosa. Una de esas personas es Juan Luis Calbarro, que ha sido crítico de arte y es, desde hace varios años, portavoz de UPyD en las Islas Baleares, pero que mantiene una multiforme trayectoria literaria, siempre al amparo de una concepción de la literatura alejada de la alharaca y el oropel y de toda sumisión a los fastos, a menudo vacíos, cuando no estúpidos, de la sociedad letraherida. Autor de plaquettes y dos espléndidos poemarios, Sazón de los barrancos (2006) y Museos naturales (2013), de biografías y ensayos literarios, como Apuntes sobre la ideología en la obra de César Vallejo (2013), y de compendios de críticas de arte y artículos políticos, ha dirigido también una revista literaria, Perenquén, la brevedad de cuya vida no desmiente una calidad sin fisuras y una inverosímil belleza. Calbarro vive ahora en Brighton, a donde lo han llevado cuitas familiares y un constante espíritu de exploración, y en la ciudad de Sussex, empujado quizá por la melancolía de las brumas o el carácter espartano de los ingleses, ha decidido crear una editorial. Con no demasiado atrevimiento, pero, sin duda, con irreprochable precisión geográfica, la ha bautizado como Los Papeles de Brighton. Los riesgos de un negocio así, dedicado sobre todo a la publicación de poesía y ensayo, y que más probablemente conducen a la quiebra que a la gloria, disminuyen gracias a un modelo de gestión nuevo, consistente en la edición digital a demanda, que reduce los costes de impresión y suprime los de almacenamiento y distribución. Tiene el inconveniente de que el libro no existe en librerías, y, por lo tanto, de que nadie lo comprará por encontrarlo en los estantes de novedades, sino por que sepa antes de su aparición. Ahí entra en juego, con un protagonismo decisivo, la actividad de publicidad y promoción que pongan en marcha tanto la editorial como el autor. Ciertamente, los libros de Los Papeles de Brighton no se verán en librerías, pero tampoco se ven apenas los publicados según el modelo tradicional; y, si lo hacen, es en un puñado de ellas y durante un tiempo brevísimo. Luego, con suerte, quedará un ejemplar en el fondo de la librería, si es que la librería tiene fondo, y, por fin, desaparecerá, fulminado irremisiblemente por el horror de todo editor: la devolución. Entonces, en el caso de que uno todavía tenga interés en comprarlo, solo podrá encargarlo, esto es, lo mismo que hará, desde el principio, con los libros de Los papeles de Brighton, con la desventaja de que tardará semanas o meses en recibirlo, si es que llegan a enviárselo, mientras que estos, remitidos por la misma plataforma digital en que se publican, estarán en su buzón en pocos días. En dos o tres meses de existencia, Los Papeles de Brighton ya han alumbrado cuatro volúmenes: Siete sonetos piadosos, del reverendo padre Carlos Juliá Braun, con un breve proemio del muy ilustrísimo y reverendísimo archimandrita católico greco-melquita de Sfakiá (Creta), Arkadios González, en cuya portada se reproduce el rostro del Éxtasis de Santa Teresa, de Bernini, que quizá justificaría su remisión al no menos ilustre ministro del Interior español, el cual ha declarado públicamente que Santa Teresa intercede en el cielo por España en estos tiempos recios, hermanándose así, en especulaciones ultraterrenas, con otro prócer de la intelligentsia internacional, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que manifestó estar convencido de que Chávez había persuadido al Espíritu Santo para que nombraran Papa a un cardenal argentino; Diez artistas mallorquines, una recopilación de críticas de arte del propio Juan Luis Calbarro; Poesía incompleta, de Julio Marinas, un volumen recopilatorio de la obra de este autor zamorano, tan sugerente como poco conocido; y Aguapié, de Luis Ingelmo, uno de los mejores traductores españoles actuales de literatura en lengua inglesa, pero también un narrador y un poeta de fuste, que sabe aunar lo metafísico y lo cotidiano, a Borges y a Bukowski. Pronto a aparecer [N. del E.: en el momento de esta publicación ya está a la venta] está asimismo Bajo las sábanas, de Carlos Jover, un desgarrado y, a ratos, hermosamente sucio libro de no sabemos muy bien qué, si poemas o relatos, o ambas cosas, o ninguna. Todos estos libros constituyen apuestas por una literatura anómala, agresiva en su contenido y en sus formas, pero ultimada a la sombra de un dignísimo recato, porque nada que valga la pena se hace con vociferación, y asumida por un editor que hace lo que siempre deberían hacer los editores: descubrir, atreverse, desconcertar.

Portada de Quimera, 364 (marzo 2014)

(Publicado en Quimera. Revista de Literatura, 364, marzo de 2014; reproducido en el blog de Eduardo Moga, Corónicas de Ingalaterra)

Eduardo Moga sobre sus ‘Décimas de fiebre’

Así se titula mi último libro, que acaba de aparecer en Los Papeles de Brighton, la editorial que ha creado en el Reino Unido mi buen amigo, el poeta y crítico Juan Luis Calbarro, otro friqui de la literatura, como yo, y anglófilo declarado. He dicho que «acaba de aparecer», y no es exactamente así: el libro solo aparece si se compra. Hasta ese momento, es solo una realidad virtual, una anticipación, una posibilidad. Los Papeles de Brigthon, como ya he explicado en este mismo blog, es una editorial digital a demanda, es decir, edita los libros y los cuelga en una plataforma digital, Amazon, donde quedan a la espera de quienes los compren. Cuando este hecho prodigioso -la compra- se cumple, el libro se imprime materialmente y se le envía al adquirente por correo postal, a la dirección que haya indicado, sin coste adicional: en unos pocos días el volumen está en su casa. Un sistema así, obviamente, ahorra los costes más onerosos para cualquier editorial: el gasto excesivo de papel, el almacenamiento y, sobre todo, la distribución. Poco a poco, aunque cada vez con más fuerza, lo digital va penetrando en un modelo de negocio que difícilmente le sobrevivirá, por su mucha mayor agilidad, difusión y economía, y, en general, en un mundo, el de la cultura, asentado en inventos de hace siglos, si no milenios, como el papel y la imprenta.

Eduardo Moga

Décimas de fiebre es un conjunto de 56 espinelas escritas en 2012. ¿Por qué elegí esta forma estrófica? Pues por la misma razón por la que antes había firmado conjuntos de sonetos o de poemas romanceados, un libro de sextinas –Seis sextinas soeces– y hasta un volumen de haikus –Los haikús del tren-: porque me gustan las formas que miran hacia sí mismas, como minúsculos ouróboros, el «pequeño y perfecto espacio» que delimitan, en palabras de Fernando de Herrera. Me seduce el encaje hermético del poema: ese clic que hace cuando uno abrocha, con exactitud, cada verso, cada rima. Constituye también un desafío encerrar en un molde tan exiguo un pensamiento o una acción: hacerlo requiere una domesticación de la sensibilidad y, a la vez, una ductilidad de la inteligencia que no están en mí de manera natural, y que se me antojan muy saludables. Además, en mi caso, las estrofas cerradas son terapéuticas. Yo tengo una malsana tendencia al poema largo, al derramamiento y aun al exceso. Y lo torrencial, si no está bien encauzado, es siempre un peligro. Las formas breves me ciñen, más aún, me encadenan, pero eso está bien: actúan como un cíngulo o corsé que refrena mi pasión por decir. Un buen amigo, José Ángel Cilleruelo, aunque no padece mi mal, suele utilizar estructuras matemáticas para construir muchas de sus obras, que funcionan al modo de mis estrofas tradicionales: libros de siete capítulos, poemas de siete versos y versos de siete sílabas; o bien poemas en prosa de cien palabras, o de cien caracteres. Cosas así. Las fronteras algebraicas son límites, pero también estímulos. La necesidad de satisfacer unos requisitos formales es mayéutica: reclama la idea, y ayuda a alumbrarla. Por eso José Ángel se ayuda de esos mecanismos, y yo de sonetos, sextinas o espinelas. En Décimas de fiebre se conjuntan cuatro líneas creativas: la satírica, la descriptivo-paisajística, la amorosa y la existencial. En mí siempre ha habido una tendencia natural a la sátira: suelo reparar primero, en las personas y las cosas, en lo más digno de reproche, en lo más risible o insustancial. También me sucede cuando me miro al espejo. Algunas veces, esa inclinación congénita se refuerza por la necedad mayúscula del o de lo observado, en cuyo caso el poema es inevitable, y seguramente cruel. Sin embargo, también aquí he de controlarme, porque la burla inmoderada acaba dañando a quien la profiere: el principal satirizado por la sátira es el satírico. Uno no puede ser poeta solo para zaherir a lo demás. Y, si lo hace, es que no es poeta del todo. Por eso mis invectivas responden a una querencia que no puedo ocultar, y que, a la vista de algunos, me parece sobradamente justificada, pero solo constituyen, solo pueden constituir, una porción limitada de lo que escribo. Por descriptivo-paisajísticos me refiero a un conjunto de poemas que solo pretenden dar cuenta instantánea de lo que sucede: de una escena, una imagen o un acontecimiento fugaz, pero en cuya fugacidad, precisamente, radica una insospechada solidez: la certeza de que esa realidad es permanente, e indestructible, en su propia evanescencia, y en mi memoria. En ellos cuento la aventura de una abeja que liba una flor en mi balcón, o de unos rayos de sol que se filtran por entre los árboles en un parque de Barcelona, o de una camarera que me sonríe al entregarme el café que me tomo (que me tomaba) por la mañana, antes de entrar en el trabajo. Son poca cosa, pero me bastan. En cuanto a los poemas de amor, no podían faltar: el amor -su resistencia, su recuerdo, su ausencia, su esplendor- es uno de los pocos báculos con que contamos en este caminar desvencijado hacia la  muerte, y su deriva erótica nos ayuda a recrear sus mejores consecuciones. Finalmente, las espinelas existenciales solo pretenden abundar en lo que llevo escribiendo desde siempre: la incomprensión del ser, la incomprensión de ser, y la angustia de la muerte: de no ser. Hacerlo no me satisface especialmente, pero, como el vizconde de Valmont, no puedo evitarlo. Uno escribe lo que es, y eso es lo que, para bien o para mal, a mí me define: el terror a la nada y el correspondiente, y estremecido, amor a la vida.

Varias décimas de Décimas de fiebre ya han visto la luz en algunas publicaciones. La muestra más amplia -ocho composiciones- apareció en el núm. 360 de Quimera, correspondiente a noviembre de 2013: allí puede apreciarse lo que son, o lo que aspiran a ser. Y no quiero cerrar esta entrada sin mencionar que el libro cuenta con un prólogo de Juan Manuel Macías, que atendió mi ruego con su amabilidad y buen hacer acostumbrados. Para quien esté interesado en el libro, me remito a Amazon y a la propia editorial. Un libro, cualquier libro, siempre depende de sus lectores, pero en este, como en todos los publicados digitalmente, esa dependencia es física. Ojalá pueda encarnarse en papel muchas veces.

(Del blog de Eduardo Moga, Corónicas de Ingalaterra)

Eduardo Moga (en prosa y verso), por Juan Manuel Macías

Como el sueño y la vigilia, el verso y la prosa no dejan de ser meras convenciones. Los primeros, para entender nuestro catálogo sucesivo de noches y de días; y los segundos, como límites y formas de la escritura, el texto y las artes gráficas. «Y, si no –vendría a decir con más razón que un santo Juan Ramón Jiménez– que se lo pregunten a un ciego». Precisamente, el poeta Eduardo Moga, hábil y audaz viajero por los infinitos puntos que unen las dos orillas, acaba de regalarnos a sus lectores, casi sin solución de continuidad, un libro de versos y otro de prosas, y por ambos circula a su albedrío (para escucharla más que para verla) la siempre difícil, contradictoria y rara poesía. Sirva esta apresurada nota que aquí cuelgo para saludarlos.

El libro de versos se titula Décimas de fiebre y está editado por Los Papeles de Brighton, joven e interesante proyecto editorial puesto en marcha por el escritor y crítico Juan Luis Calbarro, a quien, de paso, deseamos desde aquí mucha suerte y éxitos en este viaje. Un volumen compuesto por –nada menos– cincuenta y cinco décimas espinelas, esa estrofa de arte menor cuyos delicadísimos cascabeles hicieron sonar con tanta gracia poetas del 27 como Jorge Guillén, Cernuda o Gerardo Diego. Las décimas de fiebre del poeta barcelonés no les van a la zaga:

Tengo años cuarenta y nueve,
que es lo mismo que decir
media vida sin reír
o tengo cuarenta y nieve.
No Eduardo: me llamo llueve,
y me inquina una tormenta
meticulosa, una lenta
casi nada que me guía,
con precisión de gumía,
a un ataúd de cincuenta.

Para este libro, buen ejemplo de que el arte, al igual que la naturaleza, también escoge a veces la simetría, un servidor ha tenido el honor de escribir un breve prólogo. Por lo demás, en este enlace pueden acceder a la editorial para adquirir el libro directamente. Imperdible:

https://lospapelesdebrighton.com/2014/02/12/eduardo-moga-decimas-de-fiebre/

El libro de prosas, La pasión de escribil [Relato de tres viajes a hispanoamérica] está editado, con su cuidado y pulcritud habituales, por la sevillana Isla de Siltolá, la benemérita, imprescindible editorial del poeta Javier Sánchez Menéndez. Un volumen que se imanta a las manos vertiginosamente,  y al que cuesta Dios y ayuda colocarle el marcapáginas. Narración tan caudalosa como grata, de extensos pero precisos y biselados horizones, donde Moga consigue llevar en volandas al lector de ola en ola, de la intensa pulsión lírica a la ironía más mordaz, sucesivamente, como un moderno Cabeza de Vaca sin navío, que da cumplida crónica ante su atónito auditorio de los naufragios que pueblan ese curioso mar conocido como «la vida literaria».

(Del blog de Juan Manuel Macías, Las diosas y las nubes)

Entrevista con Julio Marinas en Onda Cero Zamora

El poeta habla de su/nuestro libro, Poesía incompleta (1994-2013):