Palabras para José Luis Pernas

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Por JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN

Hay niñas (también niños; pero, en este caso, es niña y a qué tanto remilgo). Hay niñas –decía– que, por activistas (esto, hoy, un mérito para cualquier cosa), creen ser poetas y logran que editores sagaces y con cierto poder se decidan a recopilar “toda su obra”. ¿Obra? ¿Toda? ¿De qué estamos hablando? Pero si ni siquiera han comenzado a ser… Esto pinta mucho, y bien, en la España literaria que padecemos, tan destartalada entre la nadería infantil que digo y el espectáculo más bochornoso. Eso sí, la una y el otro pregonados a clarín tonante… Tal sucede, sin la menor duda, en nuestra pobre vida política; en nuestra desnortada cultura toda. No me he podido resistir; y me disculparán. Pero es que quiero hablar aquí de un libro de verdad; de un editor muy serio. Que ya está bien que nos quieran vender como liebres tantos gatos de nada. Insisto: un libro de verdad, que no es poco en estos tiempos. Un libro en el que pone verdad, su verdad, quien lo ha escrito. Libro, además, en donde reúne –sí– su obra toda, desde 1964 hasta hoy mismo. Y no limitada, precisamente, a unos poquitos poemas de aliño. Sobre José Luis Pernas (Las Palmas, 1943) recuerdo siempre el mejor juicio crítico que he leído. Se trata apenas de una frase; pero resume muy bien todo cuanto esta poesía es y significa. Frase del también poeta, y compañero de generación, Eugenio Padorno, en una carta que me escribiera desde París, hacia 1985. La transcribo, para empezar: los poemas de José Luis Pernas, me confesaba, “me [devolvieron] a la memoria de nuestros mejores años, si es que los tuvimos. ¡Maravilloso poder de tan sencilla palabra!”.

El problema, en consecuencia, lo tengo yo ahora. A ver qué puedo decir que no sea redundante. Pues los tres vértices de esta escritura concurren en dicha frase que, en apariencia, es espontánea exclamación; aunque, a poco que pensemos, se verá que es el resultado de una detenida y certera reflexión: escritura que pide ser mirada, por su singularidad; cuya fuerza se halla en la sencillez con la cual su palabra (lo esencial de la escritura; sobre todo, si poética) se da. Al menos algo podré matizar, me parece. Porque hay también otro rasgo característico de esta poesía, si bien derivado de aquellos, que acaba por otorgarle esa verdad sobre la cual he insistido tanto: si una palabra que se da, una confianza que se manifiesta: el verdadero compromiso de José Luis Pernas con este oficio nada banal (y mucho menos lúdico, como ahora se pretende) de la poesía. Que ya en aquel lejano 1964 Pernas se reconozca hombre aprendiendo; y que, al propio tiempo, considere que lo suyo, al decidirse por la poesía, será una siembra de corazón, nos advierte –desde el mismo principio– que lo mueve una voluntad de entrega sin concesiones. Y que no habrá de parapetarse en disimulo retórico alguno; ni tan siquiera cuando, como es lógico, introduzca rebeldía en su escritura. Una sobria profundidad, lo que alcanzamos siempre a través de sus poemas; una austera espontaneidad la que nos muestra. Ese verso suyo, breve pero denso, huye por igual –desde entonces, insisto– del fácil sentimentalismo y de las formulaciones aprendidas: el poema sólo necesita decirse, con total naturalidad; y es así como de leerlo: como cosa nuestra. Porque es consecuencia de un pensar previo al qué decir y al cómo decirlo.

Podría añadir, si me dejo llevar por la pedantería, que en los poemas de Pernas la acción –la vida– domina siempre sobre esa pastosa adjetivación –simple máscara– a la que tan inclinada se ha mostrado siempre, y se muestra, la poesía española; en particular, la de aquellos años. De la misma manera, su imaginario no se limita a la reconstrucción nostálgica de los recuerdos (por más que los haya en sus poemas): una y otra vez, se desliza hacia las complejas derivas de la memoria. Les hablo –téngalo en cuenta– de cuando nuestro escritor apenas contaba unos veinte y muy pocos años. Que entonces ya habitaba su poesía, al igual que veremos una década después, una espontaneidad sentimental aunque domada juiciosamente con notable sabiduría; y una bien medida distancia con respecto al mundo, a las cosas y –de modo muy particular– en relación con el lenguaje. Porque su voz personal (nunca construcción literaria) seguía las pautas del poema, sus ritmos, para desembocar en el canto tras desprenderse de la narratividad dominante de su alrededor; su propósito, alcanzar así los límites del conocimiento y completar su propio reconocimiento, sin renunciar por ello a la carga emotiva natural que dicha experiencia lleva aparejada. Que por eso entra en su poesía, a partir de entonces, otro elemento, decisivo para consolidar aquella verdad vertebradora que la sustenta: me refiero a la vivencia dramática, conflicto con el mundo, que ya asoma, en 1984, año en que publica Oficio elemental.

El territorio de la niñez, no el de la infancia (en el que aún no hay palabra que lo sustente), ha sido siempre el suyo, el de su escritura: “ir hasta mí, despacio,/ palparme, aceptarme,/ entrar en mí./ Y allí reconocerme”. Pero, a partir del límite que hemos señalado, cuando se arriesga a cruzarlo, no tiene por qué dar de lado ni a la sensualidad –de tierra y cuerpo, de luz– camino a través de cual se reconoce, y se dice, la demasía que la vida propone entonces; ni tampoco a la muerte, en una convivencia muy sugestiva (“Estas cosas te digo,/ no para que te aprendas/ la vida de memoria,/ sino para que vuelvas,/ pequeño niño ido,/ de la región lejana de la muerte,/ del tiempo de los días infinitos”) que nos desvela entonces algo que allí está también, pero que ha permanecido latente, sin manifestarse, y que podríamos denominar –a riesgo de simplificar las cosas– su perspectiva insular. No hablo de una geografía reconocible, ni pienso en nostalgias que regresan… Estar en la isla viene a ser, en la poesía de José Luis Pernas, una forma de manifestación confesional del salto hasta esa otra ladera; y la incertidumbre del vano existencial que, en un momento dado, se abre y se le hace presente. En uno de sus poemas –apenas dos versos; para qué más– lo expresa con absoluta precisión. Ruego pongan atención a la sobrecogedora sencillez que encierra. “Estatua de sal” es el título; y dice así: “Si vuelvo la cabeza,/ veo la arena, el mar y un niño lejos”.

Hasta que José Luis Pernas publique Que no sea el olvido (en 2010), aquélla era la última Tule alcanzada por su escritura, en la búsqueda voluntariosa de verdad; y también en su empeño por hacer del poema el territorio en que dicha indagación se dilucide y manifieste. Con este libro, sin embargo, último de los hasta ahora publicados, se produce un verdadero vuelco en aquella manifestación natural de la experiencia, tan característica hasta entonces. Un cambio que repercutirá, sobre todo, en la vivencia dramática que había hallado sitio en su mundo poético: un verdadero seísmo existencial. La encrucijada ante la que entonces se encontrará nuestro escritor –nuevo límite que cómo, con qué recursos de lenguaje, podría superar– reafirma al poeta en su principio (la verdad) y en sus principios (fidelidad a una escritura que ha adquirido ya su propia respiración); y, al propio tiempo, me arriesgo a decir que por medio de ese sustento primero, la madurez existencial acrecienta su lucidez creadora. Pernas no cede, en ningún momento, al patetismo que las circunstancias podrían favorecer –y no sería de reptar por ello. No da pábulo a la menor concesión o servidumbre efectistas: la naturalidad de su escritura, el poder de la palabra por sí mismo, resultarán de una contundencia demoledora pues contribuyen a establecer la precisa y necesaria distancia para que el poema lo sea, sin recurrir a espúreas adherencias. Fijémonos, por ejemplo, en cómo “de indómitas están hoy las palabras./ No se dejan guiar, van a su aire,/ dicen lo que no quiero y sin embargo/ se hacen las locas, callan, disimulan// lo que debieran pregonar sin miedo”.

¿Por qué si no, entonces, la escueta precisión del adjetivo; a qué los saltos o elipsis en la sintaxis del poema; o su rotundidad, esa enseñanza; por qué, si no, esa forma de ponerse que es exponerse (“Todo me dice sí,/ Me está llamando,/ Pero debo ser cauto/ Porque soy el guardián”); y por qué –en fin– la serie de sonetos, cuya libertad de composición y su remate vertiginoso nos llevan del canto al pensamiento y a la madurez, porque toda exaltación se frena y controla con muy buen tino? Espacio, esta estrofa con su plenitud, para las visiones, para las apariciones y para una materialización del movimiento, o de la acción existencial, en ese otro límite mucho más complicado de afrontar, hasta donde José Luis Pernas ha querido llevar, siempre de su mano, a su escritura que es (para mí lo más notable) su propia voz, perfectamente reconocible de principio a fin. Razón por la cual el poema que cierra el libro es aviso o señal dejados por el poeta, que advierten, a quienes con él lleguen hasta aquí, que el asunto no es de reír precisamente; ni siquiera para seguirlo cómodamente y dejar que la escritura se limite a corroborarlo: “No descartemos nunca ese veneno./ Quizá sea la llave/ Que abra por fin/ La puerta deseada”. Según entiendo, si es que entiendo, porque la poesía siempre me supera, con estas palabras, con estos versos, llega hasta nosotros, ahora mismo, la deriva de la memoria de Dante, una vez despojada de tanta literatura como le hemos echado encima nosotros, tan presuntuosos. Pegunten, si no me creen, a José Luis Pernas que de esto sé que sabe. Léanlo –intento decir.

La palabra de nuestro poeta, reunida y revisada ahora; con algunos otros poemas que nos advierten de lo que está por venir y hacia dónde se orienta, fue bien vista y mejor acogida por Juan Luis Calbarro, en Los papeles de Brighton. Editor pulcro y juicioso, Calbarro comenzó sus andanzas, hace ya algunos años, con la aventura de Perenquén, revista que no llegó a más, porque desde Fuerteventura, en donde residía, hubo de trasladarse a Palma de Mallorca, desde donde ahora lleva el timón de estos Papeles, que vieron la luz en Brighton pero que siguen, venturosamente, muy vivos. Debo subrayar el esmero y la diligencia –y mucho más el cariño– que ha puesto para que Acaso el tiempo nos haya reunido esta tarde aquí, en la Librería Lé, a cuyos responsables agradecemos su generosa acogida, y el haber podido acompañar a Jose Luis Pernas en el nacimiento de su nueva criatura. No me olvido del búho campestre que desde la portada del libro nos mira, gracias a la soltura y certero pulso de Helena García Muñoz.

(Texto de la presentación de Acaso el tiempo en la Librería Lé de Madrid, el 11 de mayo de 2016; reproducido en La Provincia, Las Palmas, 13 de mayo de 2016)

Crónica gráfica de la presentación en Madrid de ‘Acaso el tiempo’

Ayer, una emotiva lectura de José Luis Pernas, con la estupenda introducción de Jorge Rodríguez Padrón.

José Luis Pernas / Acaso el tiempo

JLP

 José Luis Pernas, Acaso el tiempo. Poesía reunida, 156 pp.
Prólogo de Jorge Rodríguez Padrón
Colección Mayor, 3 / Poesía
ISBN: 978-84-945158-0-4

Los Papeles de Brighton reanudan su actividad editorial con la publicación de la poesía reunida de un canario afincado en Madrid, José Luis Pernas: Acaso el tiempo. La obra de Pernas -dice su prologuista, otro ilustre isleño-, se caracteriza desde su primer poemario por «la mirada limpia del niño que, en cierta medida, no habrá de abandonarle nunca».

José Luis Pernas nació en las Islas Canarias en 1943. En sus años universitarios de La Laguna (Tenerife), y con el grupo de poetas que poco después tendrá presencia pública en la antología Poesía canaria última (Las Palmas, 1966), contribuye al nacimiento de la colección Mafasca en 1963. Al año siguiente se traslada a Madrid, donde continúa sus estudios de Ciencias Físicas en la Universidad Complutense y donde reside ininterrumpidamente desde entonces. En 1967 obtiene el Premio Litoral (Málaga) y, en 1983, el Gredos (Arenas de San Pedro).

Su obra publicada incluye Hombre aprendiendo (Las Palmas: Mafasca, 1964), Cuaderno de urgencia (Madrid: Facultad de Ciencias de Madrid, 1965), Vértigo 6 y medio (Las Palmas: Mafasca para Bibliófilos, 1976), Renacimiento (Madrid: Taller de Ediciones JB, 1977), Oficio elemental (Madrid: Ayuntamiento de Arenas de San Pedro, 1984) y Que no sea el olvido (Las Palmas: Anroart, 2010): cuadernos breves, de corta tirada y difusión muy irregular, razón por la cual decide revisarlos, reordenarlos y reunirlos hoy –junto a una serie de inéditos– en Acaso el tiempo.

Comprar: € 15,60.

Eduardo Moga sobre ‘Destrucciones’, de Teresa Domingo Català

DESTRUCCIONES

Eduardo Moga

Teresa Domingo Català vive en Tarragona, una de esas provincias que no parece existir para la poesía, pero que, en cambio, alberga una nutrida comunidad de autores, tanto en castellano -lo que tiene un mérito singular, dadas la condiciones socioculturales del lugar- como en catalán. Entre los primeros, por ahí andan, sin dejar de dar guerra, a pesar del silencio, o incluso del desdén, en que los mantienen las diferentes capitalidades que hay que sufrir en este país, Ramón García Mateos, Alfredo Gavín, Juan López-Carrillo, Ramón Oteo, Juan Carlos Elijas, Manuel Rivera, Enrique Villagrasa o la propia Teresa Domingo, entre otros. Yo la había conocido hacía algún tiempo ya, en recitales o encuentros poéticos, pero había sido un conocimiento fugaz, de esos que se hacen, a trompicones, en los actos literarios. Sin embargo, no fue hasta hace cuatro años, a finales de 2010, cuando tuve la posibilidad de detenerme un poco más en su obra y en su persona. Teresa me pidió que presentara en Barcelona Luzbel de penumbra, un excelente poemario que había publicado en El Gaviero, la editorial de la llorada Ana Santos. Yo no hacía mucho que había publicado en la misma editorial Los haikús del tren, y aquella coincidencia reforzó nuestra aproximación. Presentamos Luzbel de penumbra en la sala gótica de la librería Catalonia, hoy desaparecida: otra realidad que añoramos.

Eduardo Moga y Teresa Domingo Català

Desde entonces, he seguido con interés la trayectoria de Teresa, que se desarrolla en tres ámbitos fundamentales: la poesía, la poesía erótica y el teatro. Publica ahora un nuevo poemario, Destrucciones, en Los Papeles de Brighton, el benemérito sello de Juan Luis Calbarro, en el que yo también he dado a conocer mis Décimas de fiebre: una nueva confluencia editorial. Sorprende de Teresa, en primer lugar, la versatilidad, y no solo por su dedicación a la literatura dramática: en su faceta estrictamente lírica, encontramos coplas, sonetos, poemas experimentales, piezas satíricas, proclamas eróticas y ahora, en Destrucciones, poemas en prosa. Son treinta y siete, sin título -solo identificados por números romanos-, que componen una obra compacta, de extraordinaria coherencia. El poema en prosa constituye una piedra de toque para todo escritor, porque obliga a repensar las estrategias poéticas: porque exige nuevos asedios de la palabra y una adecuación singular del pensamiento al flujo de la escritura. Los mecanismos constructivos, las apoyaturas de los ritmos y de los pies clásicos, las convenciones de la retórica, a las que todos estamos hechos, no sirven -al menos, no de forma inmediata- para la composición de poemas en prosa. Escribirlos supone un desafío, y Teresa Domingo se lo ha impuesto con la deliberación del creador que busca caminos, no sé si nuevos, pero sí otros, vías intransitadas, territorios desconocidos: ese atrevimiento la acredita como poeta, aunque tantee, incluso aunque fracase.

Pero en Destrucciones no fracasa: resuelve el reto de esta forma distinta de hacer poesía, menos evidente, más sembrada de trampas y oquedades, con la brillantez que ya había acreditado en sus libros anteriores. Su autora ha escrito del poemario que «traduce el intenso sufrimiento de la destrucción de la identidad (…). El dolor de la muerte del yo, el intenso terror de sentir cómo se fragmenta el interior de un ser humano y se destruye… Las únicas salidas a la desesperación son el estoicismo y la literatura: resistir es la única opción». Teresa Domingo afirma este propósito y esta salvación con lúcida intensidad: su forma de relatar el desmoronamiento de la conciencia, la anulación del ser, no se aparta de su estilo, sino que lo acentúa, lo radicaliza. En toda su obra, la poeta se ha expresado con violenta energía, con espíritu sangrante. Su palabra ama lo material, o, mejor dicho, lo matérico. La metáfora constituye un instrumento esencial para la expresión de ese afán torturado, de esa voluntad de hincar en el verbo todo el peso del cuerpo y del sentimiento, de arrancar de las entrañas del lenguaje un sentido nuevo y un sonido desnudo. Teresa no se anda con levedades ni con dulzonerías. Su decir es desagarrado, hiriente (porque ella está herida), anatómico, femenino, turbulentamente musical; y también chirriante, porque la poesía ha de chirriar a veces, como chirrían los grillos, o los pájaros, o los motores de las máquinas, o el pensamiento, o la vida. Uno se mete en sus versos como quien mete las manos en una masa muy espesa, aromática, pero también acre; una masa que, además, cambia de color: a veces es negra, a veces arcoirisada, pero siempre del color de la sangre. Los poemas de Destrucciones son bofetones armoniosamente dados, con equilibrio y dolor. Este es uno de ellos:

XXI

Se alían el cieno y la penumbra. Germina la desolación como un edificio abandonado. Se abisma el amor, sus garfios retroceden. El verano aumenta el terror con su fluidez. Los niños fluyen, el miedo se acrecienta. Viajo con calzador, describo la muleta. La vida se superpone en su vasto vergel y se transforma, el corazón se aterra. Crece en mí la hierba de la destrucción, la siento crecer en mi cuerpo mutilado, la siento crecen en la cruz, en el hoyo, con la brutalidad del asesinato de César. Se alza en mí la crueldad y los viejos visten mi coraza, ahora solo espero el alivio, el consuelo de la noche. Nocturna, soy como una estrella muerta en el regazo de su madre. Mi sangre estalla entre las venas y parpadea unos segundos antes de morir. Me reflejo en el origen, en la consunción. Soy pura lava que desciende hasta el barranco que tiembla en su intensidad y después se apaga, suicida. Soy la Mesías del Anticristo, la consejera del Apocalipsis. En mí, sucede. Vivo en la fragua. Allí me despedazan. Soy materia ígnea, sebo. Sobrevivo entre metales, entre terrores y me siento calcinar por la hoz incandescente de la vibración selvática.

(Del blog de Eduardo Moga, Corónicas de Ingalaterra)

Un poema de ‘Destrucciones’, de Teresa Domingo Català, en la web de Juan López-Carrillo

El poeta Juan López-Carrillo ha tenido la amabilidad de dar en su web noticia de la publicación del último poemario de Teresa Domingo Català. En una entrada de su blog reproduce el poema final de Destrucciones.

Podéis visitarlo aquí:

Juan Lopez-Carrillo