Máximo Hernández / Entre el barro y la nieve

Máximo Hernández, 'Entre el barro y la nieve'Máximo Hernández, Entre el barro y la nieve. Poesía reunida, 738 pp.
Edición de Juan Luis Calbarro
Colección Mayor, 6
ISBN: 978-84-945158-8-0

Entre el barro y la nieve recoge la práctica totalidad de la obra publicada e inédita del poeta español Máximo Hernández. Los capítulos que lo componen son los siguientes: Desde la isla (escrito en 1983-1985), Ceremonial del tiempo (1985-1989), Ciudadano Humo (1990-1993), La Noche (diario popular independiente) (1994-1995), Matriz de la ceniza (1994-1997), La eficiencia del cielo (1997-1998), Zooilógico (1999-2000) y La conspiración del dolor (1997-2004); el libro inédito Y sin embargo, el agua… (2004-2008); y numerosos poemas inéditos sueltos agavillados bajo el título Exentos (1976-2016).

Introduce la obra una sección titulada «Hablando de Máximo Hernández», que incluye una introducción general a su poesía por Juan Luis Calbarro; una epístola en verso dirigida al poeta por Ángel Fernández Benéitez; sendos estudios de Eduardo Moga -sobre Matriz de la ceniza– y María Ángeles Pérez López -sobre Y sin embargo, el agua…-; y dos textos de Juan Manuel Rodríguez Tobal y Tomás Sánchez Santiago sobre La eficiencia del cielo; así como una amplia bibliografía.

Máximo Hernández, autor de honda raigambre existencial, nació en Larache, en el antiguo protectorado español de Marruecos, en 1953. Reside desde niño en Zamora, donde ha sido funcionario. Es autor de varios libros de poemas publicados: Cerimonial do tempo (Lisboa, 1998), Ciudadano Humo (Iria Flavia, 1999), Matriz de la ceniza (San Sebastián de los Reyes, 1999), por el que le fue concedido el premio José Hierro 1998, La eficiencia del cielo (Cambrils, 2000), Zooilógico (Barcelona, 2004) y La conspiración del dolor (Lanzarote, 2007); y de varias plaquettes. Ha estado presente en innumerables antologías poéticas.

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50 años de ‘Poesía canaria última’. Reflexiones de Jorge Rodríguez Padrón

La Fundación Martín Chirino rindió homenaje ayer al 50º aniversario de Poesía canaria última (1966-2016) en un acto íntimo, que reunió a muchos de los poetas de aquel manifiesto lírico y quienes, medio siglo después, reflexionan sobre el estado actual de la poesía en Canarias y su poder de influencia.

Este año se cumple medio siglo desde que aquella docena de poetas, unida por la amistad y una mirada poética común, inscribiese sus primeros versos en este manifiesto histórico, que la editorial Mercurio rescata en una nueva edición facsímil. Entre aquellos autores se encuentran dos de los hoy publicados por Los Papeles de Brighton: Jorge Rodríguez Padrón y José Luis Pernas. La presentación de esta nueva entrega ayer, en la sede de la Fundación Martín Chirino, reunió en un emotivo acto a muchos de sus autores, quienes, con una prolífica trayectoria literaria y poética a sus espaldas, reflexionan sobre el pulso de la poesía actual, de sus nuevos retos y peligros y, sobre todo, de su poder de influencia frente al frío que atraviesa la cultura, en Canarias y en el mundo, pese al aliento de aquellos poemas.

50 aniversario Poesía canaria última Fundación Chirino

«Este reencuentro, 50 años después, supone que seguimos vivos; no en el sentido físico, porque algunos poetas de Poesía canaria última ya han fallecido, sino en el sentido de que el grupo se mantiene cohesionado y, aunque cada uno tiene su voz y su estilo, el contacto no se ha perdido», manifestó ayer el poeta y crítico literario Jorge Rodríguez Padrón. «Creo que eso es lo más valioso: que se siga hablando de esto nos mantiene en ebullición». Medio siglo después, «quienes nacimos de esa matriz no hemos renegado de eso ni hemos rechazado la condición de que en aquel momento tuviéramos la necesidad de decir algunas cosas como últimos», añade el crítico.

Ante la certidumbre de que la poesía sigue perteneciendo a la «inmensa minoría», Rodríguez Padrón sostiene que «la perspectiva es cómo reacciona uno ante los cambios y retos que te plantea la historia en la forma de la escritura. Ahora entramos en un momento en el que lo que nos preocupa es cómo proyectar de aquí en adelante lo que hasta ahora hemos conseguido frente a lo que nos encontramos alrededor. ¿Qué podemos nosotros aportar a la poesía que se está haciendo o cómo podemos incluirnos en ese camino?», cuestiona.

Poesía canaria última

Rodríguez Padrón concluye que «la poesía, si algo puede aportar a este nivel, sería que es la forma literaria que más se resiste a las formas establecidas del lenguaje». «Entonces, como el discurso público es cada día más estrecho, más limitado, condensado en un titular o un eslogan repetido mil veces, la poesía sigue siendo fundamental», afirma, «porque lucha o debe luchar contra eso permanentemente. Mucha poesía de hoy está entrando en ese juego del lenguaje dado, que no mantiene la distancia suficiente para ir creando lenguaje y para ir haciendo que el lenguaje se enriquezca, que es la esencia primera de la poesía», afirma, con la complicidad de sus coetáneos, aliento de la poesía canaria última que se extiende hasta hoy.

(Extracto de la noticia publicada por La Provincia. Diario de Las Palmas, 2 de diciembre de 2016).

[A lo largo de 2016, Los Papeles de Brighton ha publicado Acaso el tiempo. Poesía reunida, de José Luis Pernas, y ha reeditado Algunos ensayos de más, de Jorge Rodríguez Padrón (primera edición de 2014)].

Isaac Gómez Calderón / La parábola del arcoíris

Isaac Gómez Calderón, La parábola del arcoíris, 128 pp.
Colección Minúscula, 8
ISBN: 978-84-945158-6-6

En los versos de La parábola del arcoíris late la sangre de Rimbaud y de Darío. Pero no es solo un poemario simbolista en pleno siglo XXI; se trata también de un texto filosófico, una colección de emblemas, una propuesta intelectual y creativa de gran complejidad. En palabras de su prologuista, Victoria Cirlot, «la belleza de este poemario deriva justamente del perfecto encuentro entre las vocales, las letras, las palabras, los versos y las figuras, las imágenes radiantes, un encuentro alcanzado gracias a la imaginación que cuando es verdadera, imaginatio vera como la llamaban los alquimistas, es exacta y precisa». Este esfuerzo por conjugar la pasión y la razón, por restituir un lenguaje en el que resuene la armonía de las esferas, constituye la madurísima opera prima de su autor.

Isaac Gómez Calderón (Valencia, 1979) ha publicado poemas en revistas como Fósforo, Ciberayllu o Lunas Rojas, en catálogos de arte y en la antología Poesía para nadie (Valencia, 2005). La parábola del arcoíris es su primer libro.

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Ángel Fernández Benéitez / Memoria del ave encanecida

Cubierta de 'Memoria del ave encanecida'
Ángel Fernández Benéitez, Memoria del ave encanecida, 78 pp.
Colección Minúscula, 7
ISBN: 978-84-945158-4-2

El prologuista de Memoria del ave encanecida, Eduardo Moga, escribe en su prólogo:

Ángel Fernández Benéitez es un autor entero y poroso, de inspiración clásica, voz serenamente articulada y relumbres naturales: su pasión por la naturaleza, contemplativa, pero también erótica, se manifiesta desde su primer hasta su último verso. Las inseguridades existenciales, entre las que la definición de la identidad, de la sustancia del ser individual, descuella con vigor, se proyectan en la descripción de un mundo asombroso y, a veces, empavorecedor.  

El libro que ahora aparece en Los Papeles de Brighton […] prolonga esta conjunción de tradiciones literarias e intereses expresivos. Los 55 grupos de cuatro cuartetas o redondillas en heptasílabos blancos que integran el poemario –hasta un total de 880 versos– funden un castellano granado, austero y, cuando conviene, arcaizante, lleno de resonancias clásicas, con otro brincador y hasta surreal, en el que trajinan metáforas puras y neologismos creacionistas, y que no rehúye lo oscuro.  

Los temas no se alejan de los que Ángel Fernández Benéitez ha devanado en sus anteriores entregas: el recuerdo y la melancolía; la soledad, compañera inevitable; el deseo de libertad, fruto del encarcelamiento existencial y aun físico; las dudas sobre la identidad, esa anguilosa desconocida; el amor, que siempre ronda, ansiado, frustrado, perdido o, más raramente, consumado; la naturaleza, que comparece en forma de pájaro, viento, árbol, cielo y fuego, espacio en el que el ser se derrama y se justifica, y la dimensión humana más próxima a ella: el agro, hecho de sombras, adobes y lentitudes; y el canto, que adquiere en este poemario un protagonismo singular, y que se describe como lo que sobrevive a todo, como lo que redime de todo. Memoria del ave encanecida es una larga exaltación de la poesía, a la vez que una sobriamente articulada reflexión sobre la vida, en la que convive cuanto oprime al poeta –asumido, no obstante, con serenidad solar– y cuanto lo impulsa a ser: a renacer. Y todo ello hilvanado en un discurso ferozmente trabado. Una dimensión colorista y musical, que se refleja en aliteraciones y sinestesias –y en ocasionales asonancias–, y apoyada en largos encabalgamientos, recorre el conjunto. 

Ángel Fernández Benéitez (Zamora, 1955) estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca y fue profesor de lengua española y literatura entre 1979 y 2013. Su labor literaria se centra fundamentalmente en la poesía; ha publicado Espirales (1980), A la orilla del júbilo (1989), Epistolio (1994), La conducta inocente (1998), El ajuar de la noche (2002), Cuaderno de otoño (2002), El sistema en la niebla (2004), La mar inmóvil (2007), Blanda le sea (2010) y Perdulario. Antología poética (1978-2013) (2015).

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Palabras para José Luis Pernas

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Por JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN

Hay niñas (también niños; pero, en este caso, es niña y a qué tanto remilgo). Hay niñas –decía– que, por activistas (esto, hoy, un mérito para cualquier cosa), creen ser poetas y logran que editores sagaces y con cierto poder se decidan a recopilar “toda su obra”. ¿Obra? ¿Toda? ¿De qué estamos hablando? Pero si ni siquiera han comenzado a ser… Esto pinta mucho, y bien, en la España literaria que padecemos, tan destartalada entre la nadería infantil que digo y el espectáculo más bochornoso. Eso sí, la una y el otro pregonados a clarín tonante… Tal sucede, sin la menor duda, en nuestra pobre vida política; en nuestra desnortada cultura toda. No me he podido resistir; y me disculparán. Pero es que quiero hablar aquí de un libro de verdad; de un editor muy serio. Que ya está bien que nos quieran vender como liebres tantos gatos de nada. Insisto: un libro de verdad, que no es poco en estos tiempos. Un libro en el que pone verdad, su verdad, quien lo ha escrito. Libro, además, en donde reúne –sí– su obra toda, desde 1964 hasta hoy mismo. Y no limitada, precisamente, a unos poquitos poemas de aliño. Sobre José Luis Pernas (Las Palmas, 1943) recuerdo siempre el mejor juicio crítico que he leído. Se trata apenas de una frase; pero resume muy bien todo cuanto esta poesía es y significa. Frase del también poeta, y compañero de generación, Eugenio Padorno, en una carta que me escribiera desde París, hacia 1985. La transcribo, para empezar: los poemas de José Luis Pernas, me confesaba, “me [devolvieron] a la memoria de nuestros mejores años, si es que los tuvimos. ¡Maravilloso poder de tan sencilla palabra!”.

El problema, en consecuencia, lo tengo yo ahora. A ver qué puedo decir que no sea redundante. Pues los tres vértices de esta escritura concurren en dicha frase que, en apariencia, es espontánea exclamación; aunque, a poco que pensemos, se verá que es el resultado de una detenida y certera reflexión: escritura que pide ser mirada, por su singularidad; cuya fuerza se halla en la sencillez con la cual su palabra (lo esencial de la escritura; sobre todo, si poética) se da. Al menos algo podré matizar, me parece. Porque hay también otro rasgo característico de esta poesía, si bien derivado de aquellos, que acaba por otorgarle esa verdad sobre la cual he insistido tanto: si una palabra que se da, una confianza que se manifiesta: el verdadero compromiso de José Luis Pernas con este oficio nada banal (y mucho menos lúdico, como ahora se pretende) de la poesía. Que ya en aquel lejano 1964 Pernas se reconozca hombre aprendiendo; y que, al propio tiempo, considere que lo suyo, al decidirse por la poesía, será una siembra de corazón, nos advierte –desde el mismo principio– que lo mueve una voluntad de entrega sin concesiones. Y que no habrá de parapetarse en disimulo retórico alguno; ni tan siquiera cuando, como es lógico, introduzca rebeldía en su escritura. Una sobria profundidad, lo que alcanzamos siempre a través de sus poemas; una austera espontaneidad la que nos muestra. Ese verso suyo, breve pero denso, huye por igual –desde entonces, insisto– del fácil sentimentalismo y de las formulaciones aprendidas: el poema sólo necesita decirse, con total naturalidad; y es así como de leerlo: como cosa nuestra. Porque es consecuencia de un pensar previo al qué decir y al cómo decirlo.

Podría añadir, si me dejo llevar por la pedantería, que en los poemas de Pernas la acción –la vida– domina siempre sobre esa pastosa adjetivación –simple máscara– a la que tan inclinada se ha mostrado siempre, y se muestra, la poesía española; en particular, la de aquellos años. De la misma manera, su imaginario no se limita a la reconstrucción nostálgica de los recuerdos (por más que los haya en sus poemas): una y otra vez, se desliza hacia las complejas derivas de la memoria. Les hablo –téngalo en cuenta– de cuando nuestro escritor apenas contaba unos veinte y muy pocos años. Que entonces ya habitaba su poesía, al igual que veremos una década después, una espontaneidad sentimental aunque domada juiciosamente con notable sabiduría; y una bien medida distancia con respecto al mundo, a las cosas y –de modo muy particular– en relación con el lenguaje. Porque su voz personal (nunca construcción literaria) seguía las pautas del poema, sus ritmos, para desembocar en el canto tras desprenderse de la narratividad dominante de su alrededor; su propósito, alcanzar así los límites del conocimiento y completar su propio reconocimiento, sin renunciar por ello a la carga emotiva natural que dicha experiencia lleva aparejada. Que por eso entra en su poesía, a partir de entonces, otro elemento, decisivo para consolidar aquella verdad vertebradora que la sustenta: me refiero a la vivencia dramática, conflicto con el mundo, que ya asoma, en 1984, año en que publica Oficio elemental.

El territorio de la niñez, no el de la infancia (en el que aún no hay palabra que lo sustente), ha sido siempre el suyo, el de su escritura: “ir hasta mí, despacio,/ palparme, aceptarme,/ entrar en mí./ Y allí reconocerme”. Pero, a partir del límite que hemos señalado, cuando se arriesga a cruzarlo, no tiene por qué dar de lado ni a la sensualidad –de tierra y cuerpo, de luz– camino a través de cual se reconoce, y se dice, la demasía que la vida propone entonces; ni tampoco a la muerte, en una convivencia muy sugestiva (“Estas cosas te digo,/ no para que te aprendas/ la vida de memoria,/ sino para que vuelvas,/ pequeño niño ido,/ de la región lejana de la muerte,/ del tiempo de los días infinitos”) que nos desvela entonces algo que allí está también, pero que ha permanecido latente, sin manifestarse, y que podríamos denominar –a riesgo de simplificar las cosas– su perspectiva insular. No hablo de una geografía reconocible, ni pienso en nostalgias que regresan… Estar en la isla viene a ser, en la poesía de José Luis Pernas, una forma de manifestación confesional del salto hasta esa otra ladera; y la incertidumbre del vano existencial que, en un momento dado, se abre y se le hace presente. En uno de sus poemas –apenas dos versos; para qué más– lo expresa con absoluta precisión. Ruego pongan atención a la sobrecogedora sencillez que encierra. “Estatua de sal” es el título; y dice así: “Si vuelvo la cabeza,/ veo la arena, el mar y un niño lejos”.

Hasta que José Luis Pernas publique Que no sea el olvido (en 2010), aquélla era la última Tule alcanzada por su escritura, en la búsqueda voluntariosa de verdad; y también en su empeño por hacer del poema el territorio en que dicha indagación se dilucide y manifieste. Con este libro, sin embargo, último de los hasta ahora publicados, se produce un verdadero vuelco en aquella manifestación natural de la experiencia, tan característica hasta entonces. Un cambio que repercutirá, sobre todo, en la vivencia dramática que había hallado sitio en su mundo poético: un verdadero seísmo existencial. La encrucijada ante la que entonces se encontrará nuestro escritor –nuevo límite que cómo, con qué recursos de lenguaje, podría superar– reafirma al poeta en su principio (la verdad) y en sus principios (fidelidad a una escritura que ha adquirido ya su propia respiración); y, al propio tiempo, me arriesgo a decir que por medio de ese sustento primero, la madurez existencial acrecienta su lucidez creadora. Pernas no cede, en ningún momento, al patetismo que las circunstancias podrían favorecer –y no sería de reptar por ello. No da pábulo a la menor concesión o servidumbre efectistas: la naturalidad de su escritura, el poder de la palabra por sí mismo, resultarán de una contundencia demoledora pues contribuyen a establecer la precisa y necesaria distancia para que el poema lo sea, sin recurrir a espúreas adherencias. Fijémonos, por ejemplo, en cómo “de indómitas están hoy las palabras./ No se dejan guiar, van a su aire,/ dicen lo que no quiero y sin embargo/ se hacen las locas, callan, disimulan// lo que debieran pregonar sin miedo”.

¿Por qué si no, entonces, la escueta precisión del adjetivo; a qué los saltos o elipsis en la sintaxis del poema; o su rotundidad, esa enseñanza; por qué, si no, esa forma de ponerse que es exponerse (“Todo me dice sí,/ Me está llamando,/ Pero debo ser cauto/ Porque soy el guardián”); y por qué –en fin– la serie de sonetos, cuya libertad de composición y su remate vertiginoso nos llevan del canto al pensamiento y a la madurez, porque toda exaltación se frena y controla con muy buen tino? Espacio, esta estrofa con su plenitud, para las visiones, para las apariciones y para una materialización del movimiento, o de la acción existencial, en ese otro límite mucho más complicado de afrontar, hasta donde José Luis Pernas ha querido llevar, siempre de su mano, a su escritura que es (para mí lo más notable) su propia voz, perfectamente reconocible de principio a fin. Razón por la cual el poema que cierra el libro es aviso o señal dejados por el poeta, que advierten, a quienes con él lleguen hasta aquí, que el asunto no es de reír precisamente; ni siquiera para seguirlo cómodamente y dejar que la escritura se limite a corroborarlo: “No descartemos nunca ese veneno./ Quizá sea la llave/ Que abra por fin/ La puerta deseada”. Según entiendo, si es que entiendo, porque la poesía siempre me supera, con estas palabras, con estos versos, llega hasta nosotros, ahora mismo, la deriva de la memoria de Dante, una vez despojada de tanta literatura como le hemos echado encima nosotros, tan presuntuosos. Pegunten, si no me creen, a José Luis Pernas que de esto sé que sabe. Léanlo –intento decir.

La palabra de nuestro poeta, reunida y revisada ahora; con algunos otros poemas que nos advierten de lo que está por venir y hacia dónde se orienta, fue bien vista y mejor acogida por Juan Luis Calbarro, en Los papeles de Brighton. Editor pulcro y juicioso, Calbarro comenzó sus andanzas, hace ya algunos años, con la aventura de Perenquén, revista que no llegó a más, porque desde Fuerteventura, en donde residía, hubo de trasladarse a Palma de Mallorca, desde donde ahora lleva el timón de estos Papeles, que vieron la luz en Brighton pero que siguen, venturosamente, muy vivos. Debo subrayar el esmero y la diligencia –y mucho más el cariño– que ha puesto para que Acaso el tiempo nos haya reunido esta tarde aquí, en la Librería Lé, a cuyos responsables agradecemos su generosa acogida, y el haber podido acompañar a Jose Luis Pernas en el nacimiento de su nueva criatura. No me olvido del búho campestre que desde la portada del libro nos mira, gracias a la soltura y certero pulso de Helena García Muñoz.

(Texto de la presentación de Acaso el tiempo en la Librería Lé de Madrid, el 11 de mayo de 2016; reproducido en La Provincia, Las Palmas, 13 de mayo de 2016)